POÉTICAS

No lugar

Cuando el poeta cae en la nada.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Eduardo Milán

Morir en no lugar, cosa de poeta, quien crea sin crear el no lugar del poema, no lugar.

No es un juego de palabras sino una paradoja: el París comunero disparando al tiempo con rostro de reloj, rostro del tiempo cruzado por agujas. O mejor: la que se constituía con los comuneros de 1871 disparando a los relojes, tiempo nuevo o nada. Matar el tiempo, cosa de inútil, nada que hacer, tonto chajá confundido con cormorán bañado en petróleo si realmente fuera real ese descubrimiento de petróleo en Uruguay. El chajá engañado por los estertores de La Gran Farra —si todo fuera como no fue— huyera yuyo afuera hacia la costa. Bajar la guardia, chajá no. Equivale al cambio de clima cuando las grullas vuelan en verano. Cuando la monarca a toda hora va del Ártico a Vallarta y no cuando la monarca va del Ártico a Vallarta, locura del toda hora, locura del siempre sí. La poesía, lugar sin sí. El poema entra deseoso a construirse un lugar en el espacio-tiempo llamado poesía. Imposible, se encuentra tatú de hoyo tapado. Si en Siberia hubiera habido menos infierno Mandelstam estaría aquí. Ahora es muy tarde, hace mucho ya, son muchos tiempos interactuando al mismo, todas las cosas que no aparecen juntas pero podrían aparecer ese día del fin, el día del fin de las cosas como están sobre la tierra. El hundimiento no es una huella: es una cosa cualquiera que cruza el límite, atraviesa suelo abajo sin dejar nada al alcance de la mano, entra al dominio del frío, capas de fuego cristalizado. Cosa de poeta esa paradoja, la existencia en imágenes que las palabras fabrican, el sonido que pueden producir, con la nitidez de un real muy real. Y la palabra pasa a través del ruido enrulado en sortijas —ese humo que nunca será hombre— de una visibilidad de ballena levantándose del peso del agua, superior en levedad si al subir respira hondo, Moby Dick blanca de página perseguida va dejando al océano de blanco perseguido. La cosa fue así: todo el lenguaje una gran selva y al ocaso de las cosas el lenguaje, selva todavía, abre claros que van apareciendo —hacer aparecer— lo que sólo en el lenguaje está. Montañas del Tíbet, Tulum, Punta del Este, lugares de Paraíso: en el poema sólo si el lenguaje los hace aparecer abriendo claros, hablando oscuro. ¿Y el morir en no lugar? No hay remedio, un poeta cae en la nada que se había preparado en esa interferencia de morir antes. Vi tabernas al borde del camino con Bernart de Ventadorn sentado adentro, acantilados por donde no caer repletos de profundidad, hueco de cuevas, Berlín Oeste lindando con Berlín Este, menos de medio siglo para un estado de bienestar. Ningún poema por ninguna parte.

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