Ensayos de Virginia Woolf

Lucidez sobrehumana

La notable escritora inglesa también se lució en el ensayo

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Carlos Rehermannvie sep 5 2014

POR MÁS que fue un francés, Montaigne, quien hizo respetable el género ensayo y le dio nombre, y Gracián y Feijóo lo practicaron con soltura en castellano, el idioma en el que alcanzó la excelencia es el inglés. Allí la denominación más corriente para el género es personal essay. Se trata de un texto breve, destinado a lectores no especializados, en el que se descuenta la información básica necesaria para su comprensión, y donde predomina el dictamen de un sujeto bien definido: el autor del texto.

Samuel Johnson, Charles Lamb, Thomas Carlyle, Walter Pater, Thomas de Quincey e infinidad de autores cuyos nombres no son familiares fuera del espacio anglosajón llevaron el género a cumbres dignas de la poesía. El desarrollo de la prensa escrita, sobre todo en Gran Bretaña durante los últimos doscientos años, produjo una demanda extraordinaria de ensayistas. La noticia no predominaba en las páginas de los diarios del siglo XIX. Los dos géneros que prevalecían eran el personal essay y las ficciones cortas o por entregas. Aun hoy los diarios británicos y estadounidenses tienen una proporción alta de ensayos en comparación con diarios de otros idiomas.

Si bien el sentido del ensayo -comunicar ideas originales acerca de cierta realidad a una comunidad bien definida pero al mismo tiempo de variada formación- se realiza plenamente en el periodismo escrito, el perfil de los mejores ensayistas está íntimamente relacionado con la literatura. No sólo en lo que se refiere a la retórica como al asunto; es allí donde se puede encontrar la versión más pura del género.

ENSAYO: MUJER

Virginia Woolf es la primera gran ensayista mujer de la historia. La necesidad, de alguna forma indigna, de escribir "mujer" toca el centro de la preocupación que llevó a Virginia Woolf a concretar algunas de sus mejores piezas ensayísticas.

Al escribir "Montaigne es el primer gran ensayista de la historia" no hace falta añadir "varón". Es que antes de Virginia Woolf hubo grandes ensayistas, todo ellos varones. Por qué, entonces, no decir: "Virginia Woolf fue una de las grandes ensayistas de la historia". La respuesta a esta pregunta está en sus ensayos, ejemplos de una firme agudeza y capacidad para iluminar las zonas más enmascaradas de la realidad de su tiempo. Los ingredientes de su maestría provienen de su amplio conocimiento literario, y de su notable capacidad para la autopercepción, en su caso definido por el hecho de ser mujer, así como también por su extracción social y educación: "Nosotros los highbrow (...) tenemos que ganarnos la vida; pero cuando hemos ganado lo suficiente para vivir, vivimos. Por el contrario, los middlebrow, cuando han ganado lo suficiente para vivir, continúan ganando lo suficiente para comprar".

Con frases certeras, la escritora fotografía, diagnostica y explica la idiotez culterana que el siglo XX llevó a la cumbre, mientras el consumismo obsesivo de la pequeña burguesía se va apoderando del planeta de forma inexorable. Ella misma se coloca en el paisaje (junto con sus pares) para que quede claro desde dónde está escribiendo. Más adelante, en el mismo artículo, explica que los highbrow y lowbrow deberían unirse para acabar con la peste del middlebrow.

Claro que quienes más aprovecharán los ensayos de Virginia Woolf serán quienes mejor conozcan la cultura literaria de habla inglesa. Conocer la obra de James, de Carlyle o de Forster permitirá un mayor aprovechamiento. Pero el lector que no conozca a los autores de los que en ocasiones escribe Woolf se sentirá estimulado a aprender más sobre ellos. La buena escritura siempre motiva la exploración de otros textos.

Algunos de sus ensayos nunca estuvieron destinados a la publicación, como los que forman su Diario. Otros están construidos de acuerdo a unas estrategias más propias de la narración de ficción, como los que escribió para la revista Good Housekeeping sobre la vida cotidiana en Londres (recopilados en Londres, Lumen, 2005). Allí crea personajes y situaciones, aunque al mismo tiempo transparenta esa estrategia, de modo que siempre se pueden leer como ensayos.

Quizá su pieza más conocida (aunque en estos tiempos ansiosos es probable que sólo por el título) sea "Una habitación propia", escrito a partir de dos conferencias de 1928. La invitaron para hablar de "las mujeres y la novela", y como resultado escribió uno de los textos que mejor manifiestan el carácter de la cultura europea desde el Renacimiento hasta hoy, de total vigencia casi un siglo después. La habitación propia es la condición para que una mujer pueda escribir una novela, claro, pero no es un reclamo propio -que ella no necesitaba, debido al espacio que se había ganado entre sus colegas varones, entre ellos su esposo Leonard Woolf- sino una observación que incluso otras mujeres en su condición no pudieron formular: Escribe en "Una habitación propia": "Así fue cómo me encontré andando con extrema rapidez por un cuadro de hierba. Irguióse en el acto la silueta de un hombre para interceptarme el paso. Y al principio no comprendí que las gesticulaciones de un objeto de aspecto curioso, vestido de chaqué y camisa de etiqueta, iban dirigidas a mí. Su cara expresaba horror e indignación. El instinto, más que la razón, acudió en mi ayuda: era un bedel; yo era una mujer. Esto era el césped; allí estaba el sendero. Sólo los fellows y los scholars pueden pisar el césped; la grava era el lugar que me correspondía. Estos pensamientos fueron obra de un momento. Al volver yo al sendero, cayeron los brazos del bedel, su rostro recuperó su serenidad usual y, aunque el césped es más agradable al pie que la grava, el daño ocasionado no era mucho".

Es notable cómo deja en evidencia sus propios procesos de descubrimiento. En la conferencia "Profesiones para mujeres" cuenta lo que le ocurrió cuando recibió el primer pago por un trabajo periodístico: "en vez de gastar ese dinero en pan y manteca, en el alquiler, en medias y zapatos, o en pagar la cuenta de la carnicería, fui y me compré un gato: un hermoso gato, un gato persa".

Después de comprar el gato se dio cuenta de que el universo estaba en armonía con el hecho de que una mujer fuera a comprarse un gato con lo que ganaba por escribir un artículo. El problema era otro: no es posible tomarse en serio un trabajo cuya retribución termine destinándose a la compra de un gato persa.

UNA LECTURA PROVECHOSA.

La lectura de los ensayos de Virginia Woolf, incluso cuando el tema es muy específico, es siempre provechosa. Su mirada curiosa y original se parece a la del súper héroe, que no recibe rayos de luz, sino que los emite. Para explicar a Forster, por ejemplo, como al pasar ilumina la historia de la novela definiendo categorías de novelistas: "En líneas generales podemos definir (a los novelistas) entre los predicadores y maestros -encabezados por Tolstoi y Dickens- por un lado, y los artistas puros -encabezados por Jane Austen y Turgueniev- por el otro" (en "Las novelas de E. M. Forster").

Según ha escrito su esposo y editor, los artículos que Virginia enviaba para publicar habían sido revisados y reescritos varias veces. En una ocasión, encontró nueve versiones revisadas de una reseña. Su escritura era resultado de un proceso riguroso, cuidadoso y controlado.

Acosada por una enfermedad mental que la alejaba de sí misma durante períodos cada vez más largos, Virginia decidió suicidarse. En una carta dirigida a su esposo, en cuyo texto pueden percibirse los efectos de su enfermedad, muestra sin embargo que es capaz de conocerse a sí misma. Ese texto es síntesis de lo que fueron todos los textos de su vida: resultado y fuente de una lucidez casi sobrehumana.

LA MUERTE DE LA POLILLA Y OTROS ENSAYOS, de Virginia Woolf. La bestia equilátera, 2013. Buenos Aires, 272 págs. Distribuye Gussi.

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