coleccionismo y coleccionistas

Para llenar el vacío

Juntar cosas con método no es cosa nueva. La idea se remonta al Renacimiento.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Philipp Blom

ES UNA entretenida historia del coleccionismo europeo y estadounidense desde el siglo XVI a la actualidad. Aunque siempre hubo colecciones, y en el Quatrocento italiano los ricos y poderosos como Pedro de Médicis crearon los studioli (cuartos que albergaban piezas de colección privadas), los coleccionistas buscaban principalmente rodearse de objetos bellos que contemplar. Pero las profundas transformaciones culturales y económicas que se produjeron en el siglo XVI (entre ellas la expansión del comercio y la llegada a Europa de "cosas que los antiguos nunca conocieron") determinaron un creciente interés por el estudio de la naturaleza. De pronto el mundo apareció repleto de maravillas (animales, plantas y minerales) que había que investigar empíricamente, y la colección de dichas maravillas resultaba el mejor punto de partida para describirlas y clasificarlas. La intención era crear "una enciclopedia completa de la naturaleza". Primero en Italia y rápidamente en el resto de Europa se produjo una explosión de grandes colecciones (una lista de mediados de siglo XVI, que no abarcaba toda Europa, registró 968) que se diferenciaban de los studioli en dos aspectos principales: estaban dedicadas al estudio y en muchos casos pertenecían a personas que no formaban parte de las capas más altas de la sociedad. Los nuevos coleccionistas solían ser poco o nada selectivos y entre ellos muchos se sentían fascinados por las rarezas y las monstruosidades. Por otra parte, como su objetivo era el fomento del conocimiento los propietarios comenzaron lentamente a abrir sus colecciones a públicos cada vez más amplios. Por ejemplo, las colecciones anatómicas como las del holandés Frederik Ruysch, que se proponían en última instancia enfrentar a los espectadores a la vanidad de la existencia ("Recuerda que vas a morir", rezaba un letrero colgado de uno de los seis esqueletos expuestos a los visitantes), incluía espectáculos como las disecciones públicas de criminales ejecutados e indigentes ahogados en los canales de Leiden. La tendencia a popularizar las colecciones llevó dos siglos después, con la Ilustración, a la creación de los grandes museos estatales.

El historiador Philipp Blom (Alemania 1970) no sólo describe la evolución histórica del coleccionismo sino que también incluye datos biográficos de los coleccionistas, desde Rodolfo II de Habsburgo a Alex Shear, un estadounidense que coleccionaba objetos representativos del espíritu de los EEUU de la década de 1950, pasando por Casanova, que coleccionaba mujeres, o por Sir Thomas Phillipps, que pretendía "tener un ejemplar de todos los libros del mundo". Blom no es coleccionista, pero conoció algunos en su infancia (empezando por su abuelo, que era bibliófilo y anticuario) que despertaron su interés por las personas dominadas por la pasión de "tener y conservar" (ese el título original del libro). Aunque Blom no defiende explícitamente ninguna tesis, queda claro que para él el coleccionismo es una metáfora de la existencia, un intento condenado al fracaso de perpetuar y perpetuarse. No es casual que reproduzca en detalle la conversación que tuvo con un ex coleccionista en un café de Viena en 1997. Éste había regalado ese día gran parte de su biblioteca y confesó sentir "una maravillosa sensación de alivio". Y luego añadió: "Voy a obsequiarle con una frase importante: coleccionar es llenar el vacío".

EL COLECCIONISTA APASIONADO, de Philipp Blom. Anagrama, 2014. Barcelona, 371 págs. Distribuye Gussi.

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