HIRSI ALI CONTRA EL ISLAM

Un libro incómodo

Radical en su propuesta, esta somalí exiliada tiene mucho para decir.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Foto Galaxia Gutenberg/Pomaire

AYAAN HIRSI Ali es una mujer contra el Islam. Nacida en Somalia en 1969, perteneciente a una familia islámica ortodoxa, nada hacía suponer el cambio radical que iba a tener su vida. De niña, igual que millones de mujeres en el mundo, sufrió la ablación genital, una práctica sanguinaria que no se limita al continente africano (si bien registra ahí sus mayores índices) ni se circunscribe a la religión musulmana (pero está ampliamente difundida entre sus practicantes). En la adolescencia, luego de varios traslados por Arabia Saudita, Etiopía y Kenia debido a la situación política de su padre y a la guerra civil, Hirsi Ali se fanatizó al punto de defender organizaciones extremistas como Los Hermanos Musulmanes y apoyar en 1989 la fátwa que el ayatolá Jomeini dictó contra el escritor Salman Rushdie condenándolo a muerte.

Distinta fue su reacción tres años después cuando el padre le concertó un matrimonio con un primo musulmán radicado en Canadá. En el viaje a ese país Hirsi Ali aprovechó una escala en Alemania para huir hacia Holanda y pedir asilo humanitario. Lo obtuvo, aprendió el neerlandés, estudió la carrera de Ciencia Política y llegó a ser diputada en el Parlamento holandés. Su occidentalización fue en progreso hasta desvincularse del Islam y convertirse en una apóstata. Eso, sus declaraciones feministas y el apoyo incondicional a la libertad de expresión la colocaron enseguida en el mismo lugar que Rushdie. Hace tiempo que la cabeza de Hirsi Ali tiene precio, y se lo dejaron claro cuando un extremista islámico asesinó en 2004 a su amigo el cineasta Theo van Gogh, con quien ella había colaborado en el guión de un cortometraje crítico hacia el Islam, Sumisión.

La suma de estos datos biográficos ayuda a entender quién es esta mujer y por qué se planta ante el mundo —desde la relativa seguridad de Harvard, donde dicta clases— con la consigna de reformar el Islam. Que suena utópica, hay que decirlo.

RELOJES ATRASADOS.

Reformemos el Islam se asume como un libro incómodo, tanto para musulmanes como para occidentales. Para los primeros porque cuestiona los principios básicos de su fe, arremete contra sus textos sagrados, su profeta y autoridades, y para Occidente porque lo acusa de mirar para otro lado y escudarse en el multiculturalismo para apañar costumbres aberrantes y abusos de todo tipo, principalmente contra las mujeres (también contra homosexuales, practicantes de otras religiones, etc.).

Hirsi Ali sostiene que el Islam se ha quedado en el tiempo, sin reconocer los cambios mundiales en materia de derechos humanos que otras religiones han sabido ver y aceptar. Un breve repaso por prácticas sumarias admitidas en mucho país islámico da cuenta de eso: lapidaciones, latigazos, decapitaciones, amputaciones, crucifixiones, etc., son castigos prescriptos por la ley musulmana, y aplicados hoy de la misma manera que mil años atrás. Una mujer puede ser lapidada sin más por casarse contra la voluntad de sus padres, por cometer o sospechar que comete adulterio, por pasear sola sin compañía masculina, por usar celular, ir vestida contra alguna norma o manejar un vehículo. Si uno piensa que esos ejemplos disparatados son la excepción, o si cree que esas atrocidades ocurren por el capricho misógino de gobiernos déspotas o grupos terroristas, ahí es donde Hirsi Ali da otra visión. Para ella la existencia misma de grupos como Al Qaeda, Boko Haram o el Estado Islámico son reacciones retrógradas y religiosas al desafío de la modernidad. Donde la mirada occidental mayoritaria asegura que los extremistas no representan al Islam y tilda de islamófobo al que piense que sí, ella sostiene lo contrario.

Su tesis es que el extremismo islámico tiene un origen religioso, y que está amparado y propiciado en los textos sagrados, desde el Corán a los hadices donde se recogen las enseñanzas de Mahoma. La única manera, por tanto, de cambiar el curso de la historia, es reescribir la doctrina islámica. Es decir, ponerla de cabeza y reformular cinco puntos básicos estableciendo que: 1) el Corán y la figura de Mahoma sean pasibles de interpretación y crítica, 2) se priorice la vida y no la vida después de la muerte (idea medular del terrorismo suicida), 3) se limite la sharía o ley islámica, que regula prácticamente toda la vida de un individuo por encima de lo que pueda establecer la ley secular, 4) se elimine la consigna "ordenar lo que está bien y prohibir lo que está mal" que no deja nada librado a la decisión personal o al disentimiento, y 5) se acabe con el llamado a la yihad (que no es solo lo que Occidente traduce como "guerra santa", pero también es eso).

Hirsi Ali reconoce que ella no es ningún Lutero para conseguir esos cambios, pero la declaración de modestia no le impide proponer que contra viento y marea la reforma es posible, e incluso sugerir que Internet puede ser a la misma lo que la imprenta fue a la reforma protestante.

LA TERCERA VÍA.

Está claro a quiénes no va dirigido Reformemos el Islam. Excepto para reafirmar la condena a muerte que pesa sobre su autora, ningún ortodoxo se molestaría en leer este libro. ¿Quiénes serían entonces los encargados de hacer posible el cambio? Hirsi Ali distingue tres tipos de musulmanes, de acuerdo a una clasificación interesante que toma en cuenta el derrotero biográfico de Mahoma, quien pasó de pregonar pacíficamente su credo monoteísta en la ciudad de La Meca a imponerlo por la conquista armada en la ciudad de Medina. En primer lugar están los que Hirsi Ali denomina "musulmanes de La Meca", el grupo más numeroso, constituido por creyentes que no rechazan del todo la modernidad occidental pero les cuesta convivir con ella. Luego están los "musulmanes de Medina", fieles que defienden la shahada o profesión de fe de forma terminante ("no hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta"), así como la sharía y la yihad en términos de expansionismo multinacional. De este grupo nacen los fundamentalistas. Y en tercer lugar estaría el grupo predispuesto a la reforma, compuesto por críticos y estudiosos que promueven la revisión y el debate, situados a medio camino tanto de la apostasía como del fanatismo.

El libro de Hirsi Ali es claro, entusiasta, y tendencioso. No ignora pero rechaza la visión geopolítica que conecta el fenómeno del terrorismo islámico con la injerencia de Estados Unidos y el bloque de poder occidental en el mapa del mundo. No analiza la complejidad del tablero de ajedrez que es Medio Oriente, donde dictadores seculares y déspotas religiosos se disputan cada centímetro de tierra, y donde monarquías absolutistas como la de Arabia Saudita permiten ciertas libertades en su territorio pero colaboran con petrodólares para los grupos yihadistas y a la vez mantienen una excelente relación con EEUU, cuya política exterior confronta a esos grupos y/o los utiliza. En ese sentido Reformemos el Islam adolece de cierto simplismo. No suena convincente que el mundo se arregle por la enmienda de un libro sagrado o que el terrorismo termine porque dejen de prometerle a sus reclutas un paraíso con ríos de oro, vírgenes a discreción y una certificación visceral de buen musulmán, por más atractivo que estos elementos den a la muerte.

Por otro lado conviene considerar la propia complejidad de la autora, que sin duda conoce de lo que habla y también está arriesgando su vida por algún tipo de paraíso, solo que apoyada por las armas del lenguaje esgrimidas desde Harvard y con datos proporcionados por los think tanks (laboratorios de ideas) del "imperio". Así que uno nunca sabe. Larga vida a Hirsi Ali.

REFORMEMOS EL ISLAM, de Ayaan Hirsi Ali. Galaxia Gutenberg, 2015. Barcelona, 279 págs. Tr. de Iván Montes, Irene Oliva y Gabriel Dols. Distribuye Pomaire.

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