NOVELA DE FRÉDÉRIC BEIGBEDER

Intrusión y homenaje

El triángulo amoroso integrado por Oona O'Neill, J.D. Salinger y Charlie Chaplin es materia explosiva para una novela, y más si está bien escrita.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Frédéric Beigbeder

EN 1940, mientras el mundo estaba en guerra, la noche neoyorkina hervía de vida y ofrecía bares como el Stork Club para que se llenaran de humo y juventud. Allí iba la ninguneada hija del dramaturgo Eugene O’Neill, una belleza de quince años llamada Oona, acompañada de su millonaria amiga Gloria Vanderbilt y de Truman Capote, un rubio gay y fisgón que aún no había publicado nada, pero tomaba nota. También iba Jerome David Salinger, que por entonces era conocido como "Jerry", tenía veintiún años y un cuento publicado en la revista Story y estaba destinado a ser el gran escritor oculto de Estados Unidos. Hubo un flechazo inicial entre Oona y Jerry, pero no pasó de besos castos y la chispa solo prendió en él, que al año siguiente se enroló en el ejército y participó activamente en la Segunda Guerra Mundial. Mientras tanto, la bella Oona se enamoraba de un famoso treinta y seis años mayor, con quien terminaría casándose y teniendo ocho hijos: Charlie Chaplin. Nadie negará que es una historia novelesca por donde se la mire.

Frédéric Beigbeder (n. 1965) la cuenta a su manera en Oona y Salinger, que no es en rigor novela ni biografía ni crónica, pero tiene algo de todas y resulta un producto tan frívolo y dramático como los tiempos y los seres que retrata. Beigbeder recoge mucho material de libre acceso en la red, así como datos extraídos de distintas biografías, autorizadas y no (de Oona, Salinger, Chaplin, Capote), y también textos de historiadores reconocidos de la Segunda Guerra Mundial (Antony Beevor, Raul Hilberg). Y cuando no puede acudir a la documentación —caso de las cartas entre Oona y Salinger, custodiadas por los herederos de ambos— sencillamente la inventa, igual que hace con las conversaciones de amor de las que nadie fue testigo.

GLAMOUR Y GUERRA.

Ex publicista, admirador de Bret Easton Ellis y de Michel Houellebecq, Beigbeder sabe cómo vender un producto. Ya de pique un triángulo amoroso entre famosos durante la Segunda Guerra Mundial se vende fácil, pero aquí tiene el aditivo de la presentación: una narración desestructurada y vertiginosa, saltos de época, fronteras difusas entre realidad y ficción, un autor que se incluye con su propia historia, etc. Pesa y mucho el atractivo propio de los personajes. Destaca Oona, desde la belleza juvenil de la tapa, su capacidad para la réplica y su seductora candidez, hasta su vejez de aparente mendiga en limusina por la Nueva York de los ochentas. El retrato de Salinger prefigura y explica al hombre huraño y de pocas pulgas en que acabaría convirtiéndose, provocando lástima por su insistencia amorosa y admiración por su desempeño en la guerra. Y Chaplin, que se lleva el premio mayor pero (según Beigbeder) vivió tan feliz con su última esposa que después de los cincuenta y cuatro solo rodó películas malas. Hay varias afirmaciones de este tipo, apresuradas y tan poco comprobables como indesmentibles, como la que sujeta la invisibilidad de Salinger a su trauma de guerra o su posterior interés por mujeres muy jóvenes al hecho de que su enamorada se casara con alguien que le triplicaba la edad.

Lo cierto es que el libro nace de su admiración genuina por el autor de El guardián entre el centeno y por su adolescente inigualable, Holden Caulfield. En 2007 Beigbeder fue hasta Cornish con la intención de entrevistar a Salinger y rodar un documental sobre él, pero claudicó a último momento, y fue una foto de Oona en el restaurante preferido del escritor lo que lo puso en camino de esta historia. Y seguramente luego se le cruzó el fantasma de Capote (1924-1984), porque hay mucho de afán de cotilleo y divertimento aquí, y el modelo del sureño está a la orden.

Truman Capote fue testigo directo de la relación entre su amiga Oona y su envidiado Salinger. Los mostró sin miramientos en una obra escandalosa y póstuma que lo enemistó con todo el mundo, Plegarias atendidas (1987), una novela en clave donde ventilaba las miserias de la alta sociedad en frases como esta: "Oona tenía un novio misterioso, un chico judío con una madre en Park Avenue, Jerry Salinger. Quería ser escritor, y le escribió a Oona cartas de diez páginas mientras estuvo en el ejército, en ultramar. Eran una especie de cartas de amor, muy tiernas, tiernísimas. Lo cual es demasiada ternura. Oona solía leérmelas y cuando me preguntó qué pensaba, le dije que a mí me parecía que debía de ser un chico que lloraba con mucha facilidad. Pero lo que quería saber era si yo pensaba que era alguien brillante y con talento, o nada más que un imbécil".

Probablemente ni Capote ni Beigbeder pudieron leer esas cartas, pero el francés imagina su contenido y en el reino de lo apócrifo brilla con luz propia. Levanta un Salinger resentido y celoso y una Oona condescendiente y decidida a vivir su vida. La exigencia de veracidad comprobable que le exigiríamos a una biografía la canjeamos con gusto por una mentira verosímil: si no tuvieron los tensos diálogos de enamorados que les endilga Beigbeder habrán tenido otros parecidos; y lo mismo con aquellos (tan o más interesantes) que pudieron haber tenido Salinger y Hemingway, rudos y vulnerables en sus papeles de guerra, en las dos veces que se cruzaron.

Ginebra, 2014.

Chaplin en 1977 y Oona en 1991 terminaron sus días en Suiza, y ahí es donde Beigbeder finaliza su libro, hablándonos de su propio romance y boda con una mujer bastante menor, a quien se lo dedica. No es la primera vez que se pinta a sí mismo, en realidad es un rasgo permanente que ya había cultivado en la novela que lo hizo famoso, 13,99 euros (2000) y más todavía en Una novela francesa (2009). Antes había sentado una cátedra bastante cínica sobre la relación amorosa en El amor dura tres años (1997), y ahora muestra ese sentimiento bajo una luz más prometedora y compasiva, y —literariamente hablando— enamorado de su propio enamoramiento, lo cual no es buena cosa. De hecho, vueltos a leer los diálogos amorosos entre los personajes (entre Salinger y Oona y entre ésta y Chaplin) hay un exceso de caramelo que quizá provenga más de la cosecha personal del autor que de los personajes mismos. No se sabe, y en la medida en que Oona y Salinger es un pastiche atractivo que se sostiene en sus figuras principales, tampoco importa demasiado.

El punto a favor es que, aun con consistencia de programa de chimentos donde cabe de todo (de frases trilladas de Mae West a listas de parejas desparejas) Beigbeder concibe lo medular de esta historia con humor y desparpajo para las instancias románticas, y con precisión para los eventos dramáticos. Por ejemplo cuando fabula al detalle las situaciones bélicas que vivió Salinger (el desembarco en Normandía, la terrible batalla del bosque de Hürtgen, o la liberación del campo de exterminio Kaufering IV) y resume así esa experiencia: "no está muerto, pero ya no pertenece al mundo de los vivos. Su reclusión empieza ahí. Su aislamiento no es una elección de dandi, sino un daño colateral de su campaña de liberación de Francia y Alemania: Salinger es un romántico en 1940, un espía en 1943, un bipolar en 1945, y luego un agorafóbico y un gerontófobo hasta la muerte". El propio Salinger apenas trasuntó todo eso en algunos cuentos antológicos ("Un día perfecto para el pez plátano", "Para Esmé, con amor y sordidez", "Soft-Boiled Sergeant"). El mix de Beigbeder, intrusión y homenaje, nos acerca impúdicamente lo que Salinger veló durante toda su vida. Y por contraste, quizá, nos hace volver a su obra con una admiración mayor, si esto fuera posible.

OONA Y SALINGER, de Frédéric Beigbeder. Anagrama, 2016. Barcelona, 293 págs. Trad. de Francesc Rovira. Distribuye Gussi.

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