novela de Andrea di Candia

Humor y drama

Es su segunda ficción, y se titula Cadena de frío. Reproducimos el segundo capítulo.

Andrea Di Candia
Andrea di Candia

La primera novela de Andrea di Candia, La partida, resultó premiada en el concurso del Ministerio de Educación y Cultura y considerada Revelación 2015 por el jurado del Premio Bartolomé Hidalgo. En esta nueva novela, Cadena de frío, publicada por editorial Fin de Siglo en 2017, la autora pone en escena a Mario y Estrella, dos seres extraños que por diversas circunstancias se ponen en contacto, en una narrativa donde no falta el humor, el drama y el grotesco, generando en el lector una particular mirada de extrañamiento. Va a continuación el segundo capítulo de Cadena de frío:

El jueves 9 de mayo Mario había salido de su trabajo a las 17.35, casi diez minutos más tarde de su horario habitual. Caminó apurado las dos cuadras que separan la vieja casona de la Morgue Judicial de la parada del ómnibus. Unos metros antes de la esquina vio por primera vez al 526, su ómnibus, arrancar sin él. Un sudor frío le recorrió la espalda. En los años que llevaba trabajando allí, nunca el 526 había pasado antes de 17.45. Varios minutos después, sí. Eso lo contrariaba mucho, aunque finalmente se había acostumbrado. Pero que pasara antes era inconcebible. Intentó correr y las piernas le parecieron dos troncos pesados. Mal augurio, pensó. Cuando creyó que se iba a desmayar, escuchó una voz que le resultó conocida. Era Estrella, la cajera del supermercado de su barrio que lo saludó con mucho aspaviento. Cuando iba a hacer las compras, Mario siempre se colocaba
en la cola donde cobraba Estrella. Ella lucía en su pecho generoso un pequeño carné plastificado, y así Mario supo que lo atendía Estrella Morales. En el supermercado apenas lo saludaba, lo que le permitía
pasar casi desapercibido, y a la vez podía mirar por el rabillo del ojo el escote y los colores, que a él le parecían insólitos, con que Estrella se pintaba los labios carnosos. A veces era rojo bermellón, o naranja intenso. Otras, rosado tenue, con unos brillitos que titilaban con la luz artificial. Una vez se los había pintado de negro y otra, incluso, de un azul verdoso.  Cuando Estrella se acercó, desconcertado, Mario apenas logró balbucear su fastidio por el ómnibus perdido y el apuro por llegar a casa. Esta vez Estrella no dijo, seca: «siguiente», como le escuchaba cada domingo, y mucho menos el monto final a pagar. Hablaba como si por fuera de su trabajo se permitiera dar rienda suelta a un montón de palabras atascadas.
Le dijo que había acompañado a su padre al dentista, que después de muchos años el padre tendría finalmente su propia dentadura y no la que su madre había dejado al morir que se le descalzaba en cada bocado. Mario quedó capturado solo por el rosa chillón con que ella había pintado sus labios. Al notar su interés, Estrella comenzó a hablar más fuerte, y a escupir una lluvia fina de saliva. Mario ya no pudo escuchar. En realidad no habría escuchado de todos modos. Sin saliva, quizás hubiese retenido alguna idea. ¿Serían esas minigotitas frescas también rosadas? ¿Estaría su propia cara ahora toda llena de pequeños lunares chillones? ¿Tendría Estrella los dientes limpios, con las cuarenta cepilladas de rigor de cada lado? Seguro que no. Ella llevaba en la mano un tubo de garrapiñada. Yolanda le había contado de una epidemia que había ocasionado un garrapiñero enfermo
de tuberculosis, que soplaba las bolsas para llenarlas de maní azucarado. Mario no podía detener todas las preguntas aterradoras desatadas en su
mente. Sacó un pañuelo con sus iniciales bordadas, lo mojó con un poco de alcohol gel que siempre llevaba en el bolsillo interior derecho del saco y se lo pasó por la cara cuatro veces mirando fijo la boca de Estrella, como si de ese modo pudiese frenar la llovizna. Ella lo miró boquiabierta mientras Mario, sin despedirse, guardaba el pañuelo y le hacía señas al siguiente ómnibus que se acercaba.

Ella quedó algo decepcionada, aunque fascinada por la prolijidad y blancura del pañuelo, y él alarmado por los restos amarronados que notó en las muelas de Estrella, así que ya instalado en el ómnibus decidió hacer otro repasito con alcohol gel. Nunca se sabe, pensó.

El viaje le resultó más largo que de costumbre. Si bien en cada consulta al reloj en las paradas claves para él comprobó que el tiempo del recorrido era el correcto, cada cuadra le parecía una eternidad. Para colmo, su asiento favorito nunca se vació, así que no tuvo más remedio que hacer el viaje parado, pensando en los efectos de tan desgraciadas coincidencias. Las cuadras hasta su casa las caminó lo más rápido que pudo. No quería preocupar a Yolanda. Se acordaba de un día de paro de transporte en que tuvo que volver a pie. Pero Yolanda lo sabía desde la mañana, así que tenía previsto que Mario se demorara al menos dos horas en regresar. Lo de hoy era imperdonable. Al llegar no la vio regar las plantas, como todos los días, o saludarlo de lejos con el repasador que guardaba en el bolsillo del delantal, entonces apuró más el paso. Desde el portoncito entornado le
pareció ver detrás del cantero sus zapatos, unos «abrigapasitos» que él le comprara para su cumpleaños número ochenta. Se acercó corriendo. Estaba tirada detrás del macizo de malvones, con la regadera todavía en la mano y la mueca de una sonrisa. La miró como si ella le estuviera jugando una broma. Enseguida supo que no. Él conocía bien la cara de la muerte.
La levantó como a una ramita seca y la abrazó con suavidad por temor a quebrarla. De su garganta brotó un gemido animal y se quedó balanceándose con ella hasta que de la casa de al lado llegó Miriam.

De los asuntos del velorio se ocupó Miriam. Él solamente contestó que sí a todas sus preguntas y sacó un fajo de billetes del cajón de las medias para pagar la sala velatoria y las cuarenta rosas blancas. Fue también Miriam la que avisó a la morgue la muerte de la madre del funcionario Mario Rolando Castro.

La autora.

Andrea di Candia (Montevideo, 1963) es psicóloga, psicoanalista e integrante de la Escuela Freudiana de Montevideo. Participó en varios talleres literarios, entre ellos Adastra, coordinado por Rosario Peyrou y Carlos María Domínguez. Colaboró con el libro de relatos Ranas, renacuajos y algún que otro príncipe azul

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