MITos sobre los sexos

Hombres y mujeres, juntos, en el mismo planeta

El libro Mitomanías de los sexos busca acercar, para un público general, el debate en torno a los lugares comunes que ellas y ellos utilizan para referirse al sexo opuesto.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Eleonor Faur y Alejandro Grimson

EN 1992, el psicólogo estadounidense John Gray encontró una metáfora espacial y rendidora para señalar las dificultades de relación entre hombres y mujeres. Su best seller Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus era una guía de interpretación y una traducción emocional de las palabras y actitudes del sexo opuesto, que partía de diferencias biológicas y presupuestos tradicionalmente admitidos. Tanta fuerza tuvo como libro de autoayuda para parejas en crisis, que la afirmación del título se convirtió en un estereotipo inobjetable.

Mitomanías de los sexos: Las ideas del siglo XX sobre el amor, el deseo y el poder que necesitamos desechar para vivir en el siglo XXI de la socióloga Eleonor Faur y el antropólogo Alejandro Grimson, se propone analizar y desarmar una serie de lugares comunes, afirmaciones tendenciosas y mitos convenientes (como ese de que las mujeres somos de un planeta y los hombres de otro) que limitan o impiden el objetivo de que todos los sexos vivan en el mismo planeta en condiciones igualitarias, equitativas y felices. Faur y Grimson parten de un conjunto de ideas básicas: que lo determinante en la división sexista es lo cultural y no lo biológico; que el mundo está en un momento de transición a ese respecto; y que hay que trabajar mucho desde lo lingüístico para que las diferencias no impliquen desigualdades.

Desde el lugar de las ciencias sociales Mitomanías de los sexos deconstruye conceptos que todos hemos oído y/o expresado: “la violencia de género es un asunto privado”, “no seré feliz pero tengo marido”, “los varones necesitan sexo más a menudo que las mujeres por cuestiones biológicas”, “las mujeres tienen un instinto maternal”, “los hombres son más racionales”, “el feminismo es el machismo al revés”, “la cultura occidental es menos machista que la oriental” y un largo etcétera de supuestos.

—Si los hombres, al igual que las mujeres, tuvieran la capacidad de embarazarse y parir, ¿creen que este libro sería necesario?

Eleonor Faur: Con tu pregunta hay un supuesto muy fuerte y es que el nudo crítico de la desigualdad de género tiene que ver con la capacidad reproductiva de las mujeres, y que a partir de ahí es que se construyen todas estas mitomanías. Es decir, a partir de una diferencia real se construyen estas desigualdades en la forma de vivir, en el trabajo, en la casa y en las relaciones sociales. Es un supuesto que comparto pero no creo que la desigualdad la genere la diferencia en sí misma sino la lectura de esa diferencia. Cómo pensamos esa diferencia y cómo se han construido ciertas bases de las relaciones sociales, donde históricamente se sostuvo que es mejor que las mujeres no trabajen, no participen de la política, etc., porque necesitamos de esa alma caritativa que parece predispuesta por naturaleza al cuidado de los otros. Son ideas muy arraigadas y ancestrales que están en la filosofía de Rousseau y de Aristóteles, que son parte de la cuna del pensamiento occidental. En la vida pública todavía hay rezagos de esa ideología sobre la capacidad reproductiva de las mujeres. Creo que sería fantástico que los hombres compartieran esa dicha de poder parir y seguramente así las relaciones sociales y de género serían bastante diferentes.

Alejandro Grimson: En los últimos años, a través de la lucha contra la violencia de género se visibilizó toda una problemática vinculada con la desigualdad, con derivaciones tan singulares como lo que ocurrió por ejemplo en febrero de 2017 en la Argentina, donde un grupo de mujeres estaba tomando sol sin corpiño y vino la policía a decirles de manera muy autoritaria que eso estaba totalmente prohibido. Esa instancia fue grabada y terminó en un gran debate público y una movilización que se llamó “el tetazo” vinculada a la libertad de las mujeres de vestirse de la manera en que quieran, etc. Es vital impulsar el debate y la lucha contra la violencia de género, que en realidad deriva de esto que planteaba Eleonor: hay una diferencia biológica, y hay una construcción de significado a partir de esa diferencia que determina —en el caso de las creencias machistas más recalcitrantes— esa noción de que la mujer es propiedad de algún hombre. Noción que está detrás de la mayor cantidad de actos de violencia.

—¿Creen que el Estado debe jugar algún rol para frenar esa dinámica?

A.G.: El Estado tiene que tener un rol decisivo, y de hecho lo ha tenido en distintas sociedades. Por un lado en las políticas públicas vinculadas a la educación y a las políticas culturales, y en un plano muy específico a la legislación. Nosotros mostramos en el libro cómo hay una interacción muy fuerte entre los cambios legislativos y los cambios sociales y culturales. Donde hay legislación es más sencillo ir buscando mayor igualdad de derechos. Claro que es un proceso de interacción complejo, no es que vos establecés una ley y esa ley automáticamente “genera”. La sociedad reacciona de modos diversos, y las políticas públicas necesitan ser evaluadas y analizadas en función de los objetivos. ¿Cuál es el objetivo de esa ley? Ampliar la igualdad de derecho. Por ejemplo cuando se modifica la ley de licencia de maternidad/ paternidad y vos le das plena libertad a las parejas, lo más seguro es que terminen en el lugar de siempre: la mujer se toma toda la licencia de maternidad y los hombres casi nada; y entonces la ley se vuelve a modificar para establecer que el hombre sí tiene que ampliar la cantidad de días que se toma. Si no, hasta que por ley eso no se modifique no va a cambiar, y de ahí derivan otro montón de problemas, por ejemplo toda la mitología de que las mujeres son menos convenientes como empleadas porque son más caras porque se embarazan, porque son las que llevan a los chicos al pediatra, porque faltan al trabajo cuando los chicos tienen fiebre, etc. O sea, es un círculo vicioso que si no se corta en un punto —y sería ideal que hubiera políticas de Estado que lo cortaran— nunca se va a revertir.

—¿Estos cambios se perciben de forma diferente en sociedades del primer mundo y las sociedades latinoamericanas o rioplatenses?

E.F.: Hay diferencias porque son culturas distintas, con formas particulares de transitar los cambios. Pero no son diferencias lineales. En contextos de mayor igualdad, como los países nórdicos, también hay estudios que muestran la persistencia de ciertos patrones de desigualdad. La ley de identidad de género en Argentina se jacta con razón de ser de las más progresistas del mundo. Pero no es de un día para otro que esos cambios se trasladan y verifican en la realidad, en lo cotidiano.

—Lo preguntaba sobre todo pensando en el subtítulo del libro, que habla del pasaje del siglo XX al siglo XXI, y sabemos que aun viviendo cronológicamente en el mismo siglo, la gente de nuestros países no vive toda en el mismo siglo. Me da la impresión de que quizá las sociedades europeas de pronto son más homogéneas en ese sentido.

A.G.: Pienso que a veces corremos el riesgo de ver de manera homogénea a las sociedades europeas o del Norte. Tenemos ahora el ejemplo de los Estados Unidos de Donald Trump, donde el problema de la misoginia pisa fuerte, y uno dice: “bueno, evidentemente hay distintas temporalidades y distintas culturas al interior de la política estadounidense”. Si uno ve las discusiones sobre matrimonio igualitario en España se da cuenta de que tampoco hay un consenso generalizado. De maneras distintas, suceden cosas similares en algunos países de América Latina donde efectivamente hay distintas temporalidades. El subtítulo de nuestro libro, Las ideas del siglo XX sobre el amor, el deseo y el poder que necesitamos desechar para vivir en el siglo XXI, es más bien metafórico. Hablamos en general de ideas del pasado que deberíamos desechar para construir un futuro más igualitario. ¿Por qué tomar el siglo XX? Porque cuando empezó el siglo XX las mujeres no podían votar, no podían ser elegidas, no podían estudiar medicina, etc. Y en el siglo XXI hay un camino de mayor igualdad aunque al mismo tiempo aparezcan reacciones muy virulentas. Por un lado tenemos la efervescencia por la lucha por la igualdad de género, pero al mismo tiempo posturas reaccionarias como los nuevos discursos biologizantes que intentan volver a decir: esto no es histórico, no es social, esto tiene que ver con las neuronas y las hormonas y la forma del cerebro de mujeres y varones. No estamos hablando de la biología como ciencia, porque la biología como ciencia justamente demostró que esto es falso, pero sí estamos hablando de los usos que se hacen de la biología para naturalizar algo que obviamente es social porque si no fuera social no podría haber cambiado en 100 años.

INTERSEXUALIDAD

—Clasificamos a los sexos en un sistema binario hombre/mujer y eso deja afuera un segmento de población con una genitalidad diferente, un tema que ustedes abordan. ¿Como consideran las intervenciones de la medicina para borrar las diferencias?

E.F.: En principio es una no aceptación de formas que existen en la naturaleza, de expresiones que realmente se manifiestan. No hay dos sexos sino cinco, y lo que muestran esas intervenciones es que ha habido además un esfuerzo por hacer encajar a la humanidad en esa polaridad hombre/mujer, y donde no encaja se trató de alterar esa composición física sin la decisión del sujeto al que se estaba interviniendo. Esa es una práctica que está claramente fuera del marco de los derechos. Por lo menos hay que esperar a que la persona quiera ser intervenida antes de tratar de “normalizar” a toda costa. Porque además esa “intersexualidad” que corporalmente afecta a un porcentaje menor de la población humana, nos afecta a casi todos en materia de psiquismo: nuestros cerebros combinan dimensiones de lo femenino y lo masculino en un 90 % de los casos.

—Mirando el índice del libro se nota que hay más mitos sobre “minas” que sobre machos. ¿Por qué?

E.F.: Es verdad, no lo había notado. Sobre las “minas” han construido muchos mitos los hombres, pero las mujeres también hemos construido muchos mitos sobre nosotras mismas, hablando de cómo somos o cómo deberíamos, sobre todo en relación a los hombres. Una película de Disney que para mí fue relevante en ese sentido es Los increíbles, donde hay toda una re-versión de los estereotipos de género bajo la forma de los superpoderes que adquieren los hombres y las mujeres. Los personajes masculinos reflejan patrones más tradicionales: rapidez, fortaleza, poderes increíbles cuando se enojan. Las mujeres, en cambio, se vuelven invisibles, o elásticas, para poder atender todas las cuestiones domésticas y superheroicas en el mismo momento. La película captaba el sueño de lo que una quisiera ser, elástica para poder trabajar, atender a los chicos, hacer las compras, ir al gimnasio, etc., y eso mostraba que las imágenes que las mujeres estábamos teniendo sobre nosotras mismas corrían mucho más la frontera de lo imaginable.

—En un estudio hecho en Colombia que citan en el libro se maneja la idea de que el donjuanismo y el poder de mando serían las mitomanías masculinas más difíciles de desarmar. ¿Se puede extender esa idea a otras sociedades?

A.G.: No, claro, no se puede, en cada sociedad hay cosas más duras y más blandas. Quizás en general los varones cedemos más los puntos tradicionales del machismo en lo que tiene que ver con nuestros hijos que en lo que tiene que ver con las parejas o con el poder. Hoy podés ver en cualquier punto de la ciudad a padres de treinta o cuarenta años haciendo cosas que por ahí sus padres no hacían, llevando el cochecito, cambiando los pañales. Hoy hay muchos cambiadores de pañales unisex en shopping centers en Buenos Aires. Hace veinte años había solo en baños de mujeres. Ese cambio señala que los varones pudieron en mayor medida romper esa barrera porque era una barrera para ellos mismos, no podían disfrutar algo maravilloso de la vida, los hijos. Es más difícil en otras zonas del quehacer doméstico, por ejemplo lavar los platos, donde ya no hay algo tan claro para disfrutar salvo que disfrutes de una vida igualitaria. Entonces, la cuestión de la paternidad se movió. Pero las estadísticas e investigaciones muestran que hay sectores más inamovibles.

—Y en el caso de las mujeres que siguen o que seguimos en ese círculo vicioso de las mitomanías ¿por qué creen que lo hacen? ¿Hay un beneficio secundario en el estar afín con esas ideas?

E.F.: Hay diversidad de situaciones, yo creo que en algún lugar íntimo, muchas mujeres disfrutamos mucho aquello de vernos o creernos más empáticas con los otros. “Yo sí pienso en los chicos, yo sí se escuchar a mis amigos, sé cuidar a mis padres...”. Ahí radican parte de los mitos que muchas mujeres aún sostenemos. Emocionalmente –es una opinión- ese es un beneficio secundario.

—La escritora feminista francesa Virginie Despentes (Teoría King Kong, Fóllame, Vernon Subutex) afirma que es “muy difícil el ejercicio del feminismo dentro de la heterosexualidad”. ¿Comparten esa declaración?

E.F.: Yo no. Hoy uno puede leer una pregunta así, como la tuya, en un diario y no sentirse tan interpelado, pero hasta hace pocos años había varios estigmas sobre las feministas, por ejemplo pensar que todas eran lesbianas, y que una mujer que se enamorara de un hombre cedía un poco un sitial de dominación. Puedo entender lo que dice Despentes, pero hoy, que ya llevo varios años de trabajar estos temas también puedo decir con convicción que soy heterosexual y feminista, sin ningún problema.

“VULVA” EN LUGAR DE “CONCHA”

—¿Por qué cuando ustedes citan en el libro un abuso verbal muy conocido lo refieren así: “cuando una mujer camina por la calle, en cualquier esquina pueden vociferarle que le lamerán la vulva”? ¿Por qué razón no utilizan la terminología real?

A.G.: Uno de los grandes desafíos que tuvimos fue el de hacer un libro legible para todos y todas, un libro que ayude a pensar y no que genere problemas. Quizá en esa búsqueda es que tuvimos esa elección, acertada o desacertada, pero tenía que ver con esta preocupación: ¿cómo comunicamos? Detrás de todo el libro hay una pregunta, que el público dirá si hemos logrado o no responder, que es cómo logramos que se entienda que queremos abrir caminos hacia la libertad tanto de varones como de mujeres para pensar cómo sería una sociedad menos desigual. Yo me considero un feminista imperfecto en el sentido de que tengo una concepción y después tengo las características positivas y negativas de cualquier ser humano, que es imperfecto por naturaleza.

—“La gente miente con el sexo tanto como con el dinero” es una cita que ustedes recogen. Mentir con el dinero parece que se va a complicar en la medida en que el control bancario sobre el individuo se impone. No así mentir sobre el sexo. ¿Por qué creen que la gente miente en particular sobre ese aspecto de la vida?

A.G.: Nos referimos a lo que declara la gente en lo cotidiano, hay gente que gana menos o que inventa o que alardea de más, y con la sexualidad pasa lo mismo, hay silencios sobre cosas que se hacen y otros alardean de manera despampanante sobre cosas que no hacen. Son dos maneras de mentir muy similares. Cuando vos sos investigador sería importante saber cómo funciona de verdad la sociedad… pero son zonas casi inaccesibles, tenés que ir viendo cómo se van modificando las sociedades y las culturas.

—¿Qué pasa con las personas que no adscribimos a esas mitomanías o que creemos que no adscribimos? ¿Tendremos incorporadas otras que no estamos viendo?

A.G.: Esa que acabás de decir es una: “yo no soy mitómano”. En el sentido de que ninguna persona se considera a sí misma mitómana, siempre es algo externo lo que lo explica. Como antropólogo yo tengo herramientas que me permiten tomar una distancia metodológica de aquello que estoy investigando y en lo que estoy a la vez involucrado. Es un ejercicio para el cual nos preparan cuando estudiamos. El libro no proporciona una lista final de mitomanías, por supuesto que debe haber más. La realidad es mucho más compleja. Lo que sí decimos es que si nos tomamos el trabajo de pensar cómo hablamos y cómo concebimos las relaciones entre hombres y mujeres podemos ver que hay otra manera de vivir, hay otra vida y está, es ésta.

—En los hechos, movimientos colectivos como “Ni una menos”, aparte de instalarse en la visibilidad y generar un debate, ¿qué han logrado?

E.F.: Dos cuestiones centrales. Por un lado, expandir una perspectiva que no acepta la violencia contra las mujeres como un hecho dado, que permite no sólo mayor compromiso colectivo sino además, la desnaturalización de situaciones de violencia entre quienes viven esa situación en sus relaciones. Por otro, se comenzó a instalar el tema en la agenda política y tomó un mayor impulso en los medios. Por ejemplo, en 2015, durante el debate previo al ballotage en la Argentina, los dos candidatos a la presidencia aludieron a las políticas que impulsarían para luchar contra la violencia de género. Hace pocos años era impensable que candidatos a la presidencia tomaran este u otro tema de género en sus discursos. Hoy no pueden omitirlo. Son pasos insuficientes, pero importantes. Queda el desafío de otorgar presupuestos adecuados a las políticas, formar a quienes las llevan adelante y expandir sus alcances para empezar a vislumbrar resultados positivos.

MITOMANÍAS DE LOS SEXOS, de Eleonor Faur y Alejandro Grim- son. Siglo Veintiuno, 2016. Buenos Aires, 290 págs. Distribuye América Latina.

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