CUENTOS DE SAMANTA SCHWEBLIN

Historias misteriosas y abiertas

Los siete cuentos de "Siete casas vacías" revelan a una de las mejores narradoras de la actualidad.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Samanta Schweblin

La casa es escenario por excelencia, real y simbólico, de la literatura universal, y un repaso breve de títulos que contienen esa palabra acerca obras ineludibles. No es casual que en muchas la casa aparezca asociada a algún modo de prisión o tormento: Casa de muñecas de Ibsen, "La caída de la casa Usher" de Poe, La casa de Bernarda Alba de García Lorca, Casa de campo de Donoso, La casa verde de Vargas Llosa, "La casa inundada" de Felisberto Hernández o "Casa tomada" de Cortázar, por citar unas pocas. Siete casas vacías, último libro de cuentos de la argentina Samanta Schweblin (n. 1978, radicada en Berlín) también asocia ese espacio con el descalabro, el vaciamiento, la locura y la muerte. La presente edición incluye un relato ganador en 2012 del Premio Juan Rulfo ("Un hombre sin suerte", reproducido en El País Cultural), y sin esa historia el volumen había sido presentado en 2015 al IV Premio internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero y lo ganó. Multipremiada y multibecada (recién nominada al premio Man Booker por su novela Distancia de rescate), Schweblin tiene una notoria capacidad para crear historias novedosas, contarlas de una manera austera y sin embargo dejarlas misteriosas y abiertas.

RAREZAS.

En el primer parlamento del primer cuento de este libro un personaje dice "nos perdimos" y marca la tónica del volumen: gente que se pierde en el más profundo sentido del extravío, gente que no sabe a dónde va. "Nada de todo esto" como introducción al libro es un relato raro: una mujer voyeur, obsesionada hasta lo patológico con las casas de los demás, sale habitualmente con su hija a recorrer, fisgonear y criticar zonas residenciales, en el entendido tácito de que no siempre los ricos saben cómo vivir. En una de esas incursiones el auto embarra el césped de una casa, la dueña sale a ver qué pasa y la intrusa se mete en la propiedad con el pretexto, quizá real, de sentirse mal. Lo que en principio parece el retrato de dos mujeres —madre e hija— algo desviadas de la "normalidad", consigue virar a otro punto con el final sorpresivo que le da Schweblin, transformándolo en una declaración de corte socio-ideológico cuando ubica a la dueña de la casa en el lugar de la otra, que es el lugar de la necesidad.

El segundo cuento, "Mis padres y mis hijos" —Schweblin suele titular sencillo— también parte de una situación anómala en la valoración vulgar: llevando consigo a sus padres ancianos un hombre separado visita a sus hijos pequeños, que viven con la mamá y otro hombre, y de pronto los abuelos hacen algo que podría calificarse de inconsciente, perverso o inmoral, un acto que reclama la intervención de la policía. En la mayoría de estos cuentos hay un "agente del orden" en sentido amplio, una figura de autoridad que devolvería las cosas al deber ser: ambulancia, policía, marido, vecino cuerdo, etc., y también hay alguien que comprende la situación desde otro ángulo.

Esto es clarísimo en el ejercicio más impactante del libro, "Un hombre sin suerte". En el día de su octavo cumpleaños una niña ve desplazado su protagonismo cuando su hermana menor se intoxica con lavandina y los padres la llevan al hospital. El evento la coloca en un lugar de vulnerabilidad con un extraño que en apariencia ejecuta todos los pasos de una conquista pedófila: averiguar si está sola, invitarla a un helado, generarle confianza, autovictimizarse, establecer un secreto compartido, seducirla desde la inteligencia, el elogio, el humor. El cuento tiene la virtud de no decantarse por una explicación ni juzgar a sus personajes, dejando un margen generoso de interpretaciones excluyentes, pero a la vez dejando claro que el proceso de seducción de ida y vuelta entre ambos se completa, a lo mejor porque no se ejecuta. Si el morbo está sobre todo en la cabeza del lector, como ha dicho Schweblin en alguna oportunidad, hay que decir que su construcción del campo semántico induce a eso. En el caso de "Un hombre sin suerte" el código vestimentario contrapuesto —bombacha blanca/bombacha negra con corazones— es bastante elocuente.

Otros textos, sin tener el mismo vigor, resultan atractivos por la rareza anecdótica encajada en hechos simples y puntuales y por las reacciones internas de los personajes: una mujer tira la ropa de su hijo muerto en el jardín de su vecina ("Para siempre en esta casa"); otra sale en la noche a buscar remedios para su suegra y mientras recuerda la crisis matrimonial de esta va reconociendo la propia ("Cuarenta centímetros cuadrados"); en medio de un conflicto de pareja una señora recién bañada y en bata se va de su casa buscando una sensación efímera ("Salir").

RECORRIDO VISUAL.

Schweblin hizo la carrera de Imagen y Sonido en la UBA y esa preparación cinematográfica se advierte en su narrativa, despojada de comentarios superfluos y tiempos estancados y dotada de movimiento, imagen y sonido. "La respiración cavernaria", el relato más largo y el único escrito en tercera persona (si bien con la subjetiva del personaje principal), es el más moroso y denso del volumen, pero esos calificativos ajustan a una historia que los está pidiendo. Lola es una anciana con Alzheimer que está esperando morirse y fabrica listas sobre lo que tiene que hacer día a día y sobre las cosas inútiles que la rodean y que tiene que embalar en cajas. El síndrome de Diógenes que se vislumbra no es solo de objetos (nunca lo es) y el deterioro de Lola abarca su matrimonio de cincuenta y siete años de duración y el barrio mismo donde vive, poblado de chicos que para la protagonista son drogadictos y delincuentes, un dato que puede ser una consideración temerosa propia de la vejez o un informe de la realidad. Es interesante cómo Schweblin nos va metiendo en el universo de su personaje, cómo nos dosifica la información que los demás poseen (un médico, una vecina) logrando que sintamos un peso aproximado de ese deterioro cognitivo fulminante.

Como en los restantes cuentos de este libro, los objetos tienen un importante valor funcional y simbólico. Aquí se trata de la chocolatada que el marido compra y esconde —quizá como homenaje y recuerdo de un hijo muerto—, y de la llave fija que le presta a un vecino nuevo. En otros era la bombacha, la salida de baño, la ropa de un muerto, una azucarera, un anillo de bodas. Así, dentro del despojamiento general y la asepsia descriptiva de Schweblin, los pocos objetos mencionados cobran un protagonismo especial. En general se trata de ropa o elementos vinculados al cuerpo o a lo cotidiano y que revisten en el presente o en el recuerdo un alto contenido emocional. En una entrevista para el programa cultural "Café Chéjov" (disponible en Youtube) Samanta Schweblin decía que al comenzar su carrera de escritora rechazaba o intentaba desmarcarse de lo que consideraba eran los temas femeninos por excelencia (el amor, la familia, la maternidad, etc.), pero que ya en su segundo libro de cuentos, Pájaros en la boca (2009) se dio cuenta de que estaba escribiendo sobre ellos porque eran lo que le importaba, aunque lo abordara desde el costado del extrañamiento y la monstruosidad. En Siete casas vacías, el horror de lo familiar y lo amoroso circula a sus anchas como esa respiración ruidosa de Lola en "La respiración cavernaria". Es un horror medido —se detiene un paso antes, por ejemplo, del que elabora la argentina Mariana Enríquez—, viene de muy adentro y suele ser irreconocible para el propio sujeto, pero se expresa hacia afuera de un modo directo e inevitable.

SIETE CASAS VACÍAS, de Samanta Schweblin. Páginas de espuma, 2015. Madrid, 123 págs. Distribuye Gussi.

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