Exposición “Poéticas del silencio” sobre los desaparecidos

Ser o no ser: Hamlet también es uruguayo

Varios artistas plásticos de renombre, entre ellos Luis Camnitzer, Dumas Oroño, Federico Arnaud, Ernesto Vila y Raquel Bessio, abordan el tema de los desaparecidos uruguayos. Para ellos la cuestión pasa por resolver una gran encrucijada.

Obra de Ernesto Vila
Obra de Ernesto Vila
Marta Kopl
Marta Kopl
Rafael Sanz
Rafael Sanz
Juan Angel Urruzola
Juan Angel Urruzola
Pablo Conde
Pablo Conde
Poéticas del Silencio, vista general
Poéticas del Silencio, vista general
Poéticas del Silencio, vista general
Poéticas del Silencio, vista general
Poéticas del Silencio, vista general
Poéticas del Silencio, vista general

El próximo 20 de mayo se realizará la vigésima Marcha por los Desaparecidos, conocida también como Marcha del Silencio. Como cada año en esta fecha, miles de hombres y mujeres marcharán para exigir que se aclaren las desapariciones forzadas de por lo menos 174 personas detenidas por las fuerzas armadas (según cifras oficiales) durante la dictadura cívico-militar.

Para conmemorar este aniversario la muestra Poéticas del silencio (20 años de marchas) en el Centro de Exposiciones SUBTE de Montevideo exhibe obras de Federico Arnaud, Raquel Bessio, Oscar Bonilla, Luis Camnitzer, Pablo Conde, Rubens Fernandez Tudurí, Anhelo Hernandez, Alma Kohn, Raquel Lejtreger, Dumas Oroño, María Estela Peri, Martha Passeggi, Mario Sagradini, Rafael Sanz, Jorge Soto, Juan Ángel Urruzola y Ernesto Vila.

A través de los trabajos expuestos el espectador transita por diversas y variadas formas de abordar el tema, no solamente a causa de la diversidad de lenguajes plásticos, sino también debido a la relación distintiva que cada artista tiene hacia ese vacío histórico o caja de Pandora de la cual no cesa de emanar desasosiego, cantidad de preguntas y sentimientos en constante ebullición que no encuentran hasta ahora ni respuesta ni paz. De esa manera cada obra refleja y representa una manera particular de recrear la experiencia individual del ser humano sensible y socialmente responsable frente a la herida abierta de la desaparición.

LLENAR EL VACÍO

En algunos casos la experiencia es realmente íntima, como en la videoinstalación de Federico Arnaud, cuyo padre fue asesinado durante la dictadura en circunstancias que nunca se aclararon. Allí el espectador accede a un primer espacio en donde puede leerse información de la prensa de la época acerca del caso, así como también a un texto que describe el proyecto. En el segundo espacio se proyecta, sobre una gran pantalla, el vía crucis que el hijo realizó a lo largo de la costa del río Uruguay, en medio de la noche, desde el lugar en donde fuera hallado el coche de la víctima hasta el sitio en donde se encontró el cadáver. Al mismo tiempo, en un pequeño monitor puede verse un video en donde Arnaud, en el lugar exacto del hallazgo, está acostado en la misma posición en que encontraron a su padre.

La instalación de Jorge Soto presenta un abordaje muy distinto, donde la impunidad del crimen es cuestionada por los datos neutros y precisos, esos que provienen de los números. En un muro de la sala se proyectan 193 contadores que según el artista representan a cada uno de los desaparecidos. En ellos los números corren marcando exactamente la cantidad de segundos transcurridos entre el momento de la desaparición y el instante en que el espectador mira la obra. Algunos contadores, que representan a quienes fueron encontrados y a los niños restituidos a sus familiares, se encuentran detenidos. Pero en la inmensa mayoría los segundos aún corren y seguirán corriendo, configurando cifras que crecerán irreversiblemente hasta que esas personas aparezcan.

Pablo Conde vuelve a elementos recurrentes de su obra para construir una metáfora poética y siniestra de la desaparición, donde valijas que contienen cielos resquebrajados se hunden en el suelo. El artista ha transformado una vez más el estado de la materia circundante al lograr que las baldosas negras de la sala se conviertan en ciénaga, en este caso una ciénaga mineral del terror o del olvido que se lleva a su interior aquello que podría estar abierto y aún ser transparente.

“volver<=>desaparecer” es el nombre de la instalación que Mario Sagradini ha distribuido sobre cuatro muros, en cada uno de los lados de la sala y entre las obras de los demás expositores. Consiste en cuatro frases de “Volver”, el conocido tango de Gardel, escritas con hojas de oro (dorado a la hoja) en letras de molde. Los textos, pequeños en relación al espacio blanco que los rodea, en algunos casos están escritos de tal modo que obligan al espectador a aproximarse para descifrarlos, y en otros resaltan con mayor nitidez, en un juego sutil entre la percepción de lo que se descubre y aquella que se produce al primer golpe de vista. A lo largo de la muestra el espectador vuelve a encontrarse con estos muros en donde reconoce los versos del tango y el efecto es de una crudeza paradójica, resultado de una delicada mutación semántica en donde las palabras, fuera de la canción, hablan de lo que no se puede olvidar.

RECUPERAR LA CONDICIÓN.

Sería imposible reseñar en este espacio la totalidad de las obras, algunas asombrosas en su descabellada realidad (el retrato perfecto y en color del presidente de facto y dictador Gregorio “Goyo” Álvarez, luciendo la banda presidencial y flanqueado por las borrosas fotos en blanco y negro de los desaparecidos, obra de Urruzola), otras envueltas en la vital ternura de la resistencia (los tejidos de las presas de Punta de Rieles en la obra de Passeggi) y otras conmovedoras en su elocuencia silenciosa (la serie de retratos de las madres de desaparecidos en las fotos de Peri).

Al igual que en estos veinte años de marchas repletas de jóvenes que no vivieron bajo la dictadura, las obras de esta muestra parecen indicar que el olvido no puede imponerse a partir de conveniencias políticas, que la verdad es terca y que su ausencia es una carga que impide el desarrollo de una sociedad justa. Como escribe Rulfo (Raúl Álvarez, coordinador artístico del Subte) en el folleto de la exposición, “los artistas aquí presentes no encasillan su trabajo bajo lema partidario alguno sino bajo una ética de la responsabilidad individual”. A diferencia de otros temas recurrentes en el arte nacional, el de los desaparecidos -y de todo lo que le está asociado como fueron los crímenes de lesa humanidad- forma parte de una reflexión que amalgama la responsabilidad humana a la conciencia histórica, un tema que sitúa a cada artista en la elaboración de un relato de la identidad individual y colectiva, de lo que fuimos y continuamos siendo, y que busca, en el fondo, consciente o inconscientemente, una depuración del ser social.

En lo más profundo, la obsesión por el tema que muchos artistas han mostrado durante los decenios posteriores a la dictadura está motivada por la preocupación de lo que somos hoy y de lo que podremos ser mañana si no somos capaces de resolver esta encrucijada. Como en el parlamento de Hamlet, para estos artistas el problema parecería estar entre “ser o no ser”, o en otras palabras, en vivir bajo la dignidad de la verdad o vegetar en la negación, aquella que les quita a los desaparecidos su condición de seres humanos.

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