relatos de eduardo sacheri

Generalizada confusión

Evocando los días de su infancia en el barrio Castelar del gran Buenos Aires.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Eduardo Sacheri

LOS DUEÑOS DEL MUNDO, de Eduardo Sacheri. Alfaguara, 2015. Montevideo, 174 págs. Distribuye Penguin Random House.

MEJOR CONOCIDO por su novela La pregunta de sus ojos, que llevada al cine con el título El secreto de sus ojos en 2010 obtuvo el Oscar a la mejor película extranjera, el escritor argentino Eduardo Sacheri (1967) ha publicado varias novelas y entre sus libros de relatos, este volumen que evoca los días de su infancia en el barrio de Castelar, ubicado al oeste del gran Buenos Aires.

"Tal vez no exista ningún período de la vida tan profundamente personal, tan íntimo, tan mentiroso en el recuerdo como éste —decía Juan Carlos Onetti—. Decir la infancia implica sin remedio un fracaso equivalente a contar los sueños". No fue el caso de muchos escritores que salieron airosos del desafío: Faulkner, Kipling, Gregor von Rezzori, Haroldo Conti, entre otros, pero es el de Sacheri, que ha querido homenajear a sus amigos de la niñez con la evocación de sus travesuras en el barrio y se ha plegado al sentimiento de los recuerdos sin otra ambición que recuperar anécdotas.

Los partidos de fútbol en la calle, las carreras de bicicletas, los juegos de pirotecnia a fin de año, las aventuras en las vías del ferrocarril y las guerras de pedradas, las primeras audacias y vergüenzas que compartieron los niños de las clases medias argentinas antes de abandonar las calles y quedar atrapados en la soledad de los apartamentos, ocupan los relatos del libro con figuras y tipologías bien reconocibles. Un mundo de gente, varias generaciones, han vivido experiencias similares a las de Sacheri, pero eso no las vuelve atractivas ni sugerentes. Solo cuando introduce fugaces ironías, especialmente en dos relatos sobre el primer amor, la prosa cobra algún vuelo literario.

Que el autor se encargue de repetir que ha cambiado los nombres de los protagonistas pero los hechos, triviales todos, son reales, enuncia la pretensión de compartir lo que ha quedado ligado al núcleo más intransferible de su infancia desde que perdió al padre, cuando tenía diez años. Es un acontecimiento infeliz mencionado en las últimas páginas, junto al agradecimiento a todos los amigos que lo ayudaron a sobrellevarlo. Pero esa historia quedó afuera del libro y del lector. Dentro, domina una generalizada confusión. Y es que un cuento no es una anécdota. Una anécdota se convierte en un cuento cuando media la esencial ambigüedad que revela lo que calla, por su conflicto, por el retrato, por las sombras que dibujan las palabras, que es por donde ingresa el lector ya no solo a los misteriosos territorios de la infancia sino a las historias de la literatura.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)