NOVELA DE MANUEL RIVAS

Galleguísimo

Pocas veces una novela provoca tanto, renovando afectos que parecían pasados de moda.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Manuel Rivas

El libro El último día de Terranova es, entre otras muchas buenas cosas, un homenaje a los libros, y por eso también un homenaje a la evolución moral del bípedo que mira la línea del horizonte y se hace preguntas. Un homenaje a la cultura, una carrera de postas donde los seres humanos nos relevamos generación a generación, pero también nos ponemos las peores zancadillas. A estas alturas, todo artista debería saber —y admitir agradecido— que es heredero de una tradición. Por eso Rivas usa en su novela un alud de citas y alusiones literarias, presentadas tan bien que el lector, cuando cierra el libro, aunque esté satisfecho, queda con mucho bueno por leer o releer. Entre esas alusiones se repite aquello del cross a la mandíbula, que usara Roberto Arlt para indicar qué clase de libros quería escribir. La verdadera belleza pega durísimo, pero no usa golpes bajos.

SAUDADE GALLEGA Y UNIVERSAL.

A muchos lectores rioplatenses les vienen, al leer a Rivas, unas ganas tremendas de ser gallegos, sin por ello renunciar a las propias raíces. En estas costas del Plata no hay que treparse mucho al árbol genealógico para sentir saudade migratoria.

Rivas es galleguísimo. Difunde y defiende con pasión y eficacia la cultura popular y letrada de su pueblo, tan ninguneada en España y también en Uruguay. Y toma partido con vehemencia en luchas que en su tierra llevan siglos, por el bando ilustrado y humanista que no desprecia el habla y el saber de los humildes, arrollado muchas veces por el poder y la codicia. Pero es universal, como Terranova, la librería donde confluyen —permitidos o no por el franquismo— libros de todos los temas y lenguas.

Esta novela es también muy rioplatense. Gracias a Garúa, principal personaje femenino, una argentina escapada de la Triple A, el escuadrón de la muerte creado por José López Rega. Pero también por los muchos personajes con familiares en estas tierras, o por los libros que llegan a Terranova desde Buenos Aires, escondidos en el doble fondo de las valijas, por estar prohibidos.

Terranova es de Comba y Eliseo, cuyo padre, pescador de altura, muriera en Terranova, tuberculoso, trabajando para que su hija pudiera cumplir su sueño de ser librera. También es de Amaro Fontana, marido de Comba, quien en tiempos de la República fuera un catedrático, experto en la Odisea, pero también ferviente galleguista. Los heredará Vincenzo, hijo de Comba y Amaro, que renguea por haber tenido la polio cuando niño. Será, salvo por un capítulo, el narrador de la novela. Cuando el relato comienza, en 2014, es inminente el cierre de la librería, porque el inmueble alquilado ha sido vendido, igual que muchos en esa parte de La Coruña, a una gran empresa inmobiliaria.

La novela trata de largos amores y resistencias, del intento personal y colectivo de salvar algo en el desastre y aferrarse a ello para sobrevivir. Al principio, cuando la República, se ha soñado un futuro mejor que fue truncado por la Guerra y la dictadura. Y así es que siguen estos personajes, añorando lo que no tuvieron, como el "Croto", que siente "morriña" de la Argentina a la que se fueron su padre y sus hermanos, pero él nunca vio.

En Los libros arden mal, de 2006, la palabra escrita era un arma contra la opresión. Y a la larga vencía: al final de la novela, el protagonista devuelve a la actriz María Casares un libro de su padre, el político republicano y galleguista Santiago Casares Quiroga, salvado de la quema falangista. Este libro es más sombrío: al final Terranova se salva, pero de casualidad. La cultura podría perder la batalla.

Sombrío es también el parecer de Rivas acerca de la transición española, pero de otro modo, a veces más sutil pero siempre brutal. Hay policías corruptos, burócratas coimeros y empresarios con negocios sucios y de los otros que siguen teniendo el poder, con o sin Franco.

Rivas es un escritor militante. Toma partido por la República contra Franco, y no le busca excusas a su régimen, que para eso ya hay otros. Sería injusto pedirle que defendiera a su enemigo. Pero no todo es monstruoso en la otra vereda. El confidente de la policía que ha espiado Terranova por décadas se humaniza cuando su hija desarrolla un cáncer. Verdelet, amigo de juventud de Amaro, que aunque ha cambiado de bando para trepar y es un cómodo funcionario del régimen, no quiere ser un criminal y revela a Fontana, para que lo haga saber al exilio español, que si hay epidemia de poliomielitis es porque dos sectores franquistas se disputan la coima en la importación de la vacuna. Y no esconde las lacras de algunos enemigos de Franco: sabe que Stalin también liquidaba poetas, y lo escribe bien claro.

EL POETA QUE NARRA.

Rivas, que ha publicado diez libros de poesía, no deja de ser poeta cuando se pone a narrar. Por eso en sus relatos pesa tanto la presentación de los personajes, la manera de hablar de cada uno, los climas que se crean en torno a ellos, muy a menudo mediante anécdotas que se apartan por un momento del hilo narrativo para retomarlo luego, enriqueciendo la perspectiva del lector atento. A este modo de contar no le conviene un manejo lineal de la temporalidad, por lo que la acción va y viene básicamente entre cuatro períodos cruciales: el "presente" de 2014, con Terranova por cerrarse; los años previos a la Guerra Civil, plenos de esperanzas, a menudo ingenuas; los '50, con la sorda y tenaz resistencia cultural al franquismo, por un lado, y la polio de Vincenzo por otro; los años de la primera transición española, entre la muerte de Franco y el "Tejerazo" —golpe de Estado fallido— al que se opuso el Rey Juan Carlos, años que coinciden con los de nuestras dictaduras y en los que la vida de Vincenzo es sacudida por la presencia de Garúa. Uno de los méritos mayores de la narrativa de este gallego es el modo en que enlaza la Historia con las historias pequeñas de sus personajes, sin llegar a caer en simbolismos facilongos.

Son opciones narrativas, lo mismo que los muchos asuntos que deja sin resolver, apenas sugeridos, en ese misterio tan fértil para la imaginación del lector, como los últimos años de Eliseo en París, o el destino final de Garúa. Opciones, no encubrimiento de la falta de oficio. Cuando quiere, por ejemplo, mantener algo en secreto y revelarlo en el modo preciso, lo logra sin problemas, como en el caso de la explicación real de los viajes que cuenta el tío Eliseo.

Una lectura apresurada podría juzgar que Rivas es un narrador sentimental, algo que para algunos es mala palabra. Lo es, pero que eso sea malo está por verse. Sensiblero no es.

Rivas plantea en esta novela un tema que le es recurrente: el acecho de lo peor del hombre sobre lo mejor, o por decirlo de otro modo, la demolición de librerías, tabernas y otros lugares de contacto humano para que tal o cual sociedad anónima lave sus narcodólares erigiendo un nuevo centro comercial. Pero lo hace para cantarle a su contracara: el hombre defendiendo en desventaja lo mejor de su herencia.

En una apuesta riesgosa, Rivas vuelve a temas y a recursos ya empleados en otros trabajos. Podría a estas alturas haber empezado a repetirse y cansar. Pero eso no pasa. Bien podría ocurrir, algún día, pero el futuro dirá.

EL ÚLTIMO DÍA DE TERRANOVA, de Manuel Rivas. Alfaguara, 2016. Buenos Aires, 276 págs. Distribuye Penguin Random House.

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