Jorge Edwards sobre Roudinesco y el padre del psicoanálisis

Un Freud moderno, contradictorio, desconcertante

Una nueva biografía del descubridor del inconsciente -que aporta nuevas fuentes no estudiadas hasta ahora- aparece en Francia, país donde Freud sigue siendo muy respetado y leído. Salió también en español en el sello Debate.

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Sigmund Freud

El Freud de Roudinesco es moderno, contradictorio, desconcertante, íntimo, particular, universal. Roudinesco describe con soltura, con pleno dominio, la manera de trabajar del profesor, su sistema, sus hábitos, sus rutinas, y hasta sus caprichos y sus errores. Su libro es un gran retrato del personaje, de una época, del siglo XX.

Freud fue un hombre de cultura clásica, un conocedor de los pensadores y artistas griegos y latinos. Elaboró su teoría sobre el complejo de Edipo porque admiraba el teatro de Sófocles. Pero también conocía en profundidad a Shakespeare. Hamlet, como Edipo, como Leonardo Da Vinci, como Moisés visto por Miguel Ángel, son piezas elementales del pensamiento freudiano.

La biografía de Roudinesco va de lo general a lo particular. Analiza el concepto de "felicidad" que desarrolló la Ilustración francesa y lo examina en sus personajes centrales y en sus desviaciones: en Voltaire y en el Marqués de Sade. Sigmund Freud admira a Voltaire, pero trata de entender el caso doloroso de Sade. Después recibe noticias de la modernidad de su época, de Ítalo Svevo y de James Joyce. Alguien le explica que Zeno, el gran personaje de Svevo, solo se pudo construir como entidad de ficción a partir de un estudio del psicoanálisis. Pero Freud era distante, escéptico, y no se desviaba nunca de su camino. Parece que no leyó a Svevo y no se interesó demasiado en la obra de Joyce. En cambio, amaba al Thomas Mann de las historias bíblicas, que en parte coincidían con sus visiones personales de Moisés y del judaísmo. Y era un entusiasta de la obra novelesca de Dostoievsky, a quien interpretó en profundidad y sin concesiones. También fue un lector extraordinario de los narradores románticos alemanes. Para mi gusto, su ensayo sobre "El hombre de arena", de E. T. A. Hoffmann, es uno de los más lúcidos y más reveladores sobre una literatura que ya podríamos llamar moderna. Es un gran ensayo sobre el doble y sobre la dualidad. Lo familiar, lo hogareño, se abre de repente a dimensiones inquietantes. Ese "hombre de arena" es el ogro, el cuco de las historias infantiles. Es amigo del dueño de casa, parece un hombre pintoresco y amable, pero anda con un saco donde colecciona ojos de niños. Y tiene una relación indirecta con la fabricación de Olimpia, la muñeca animada, la Copelia de los primeros ballets modernos. El cuento de Hoffmann pertenece a la misma estirpe de "Frankenstein", la novela de Mary Shelley. La idea asombrosa y oscura de crear seres humanos a partir de la nada, que tiene orígenes renacentistas, pero también antiguos, bíblicos, griegos, egipcios, es uno de los temas que apasionaron a Sigmund Freud.

La lectura ingenua, primaria, no científica, puede ayudar a encontrar el sentido de las cosas. Mi interés en Freud, como es natural, es más literario que científico. Pero encuentro un tema constante, de indudable fondo literario y poético: el pensamiento de Freud se encuentra a cada paso con la dualidad, con la idea de la contradicción interna. En este sentido, Freud, hombre de cultura universal y de curiosidad inagotable, se acercaba a nociones orientales, que enfocaban el tema de la identidad con criterios no ortodoxos. De ahí su apasionado interés en nociones opuestas: Eros y Tánatos, es decir, la vida, el amor, y su gran contrario, la muerte. Algunos prefieren hablar del principio de vida y el principio de muerte, en constante lucha en el psiquismo humano. En otras palabras, el eros, la aspiración vital, el instinto de conservación, no lo explican todo. También existen fuertes elementos autodestructivos en la mente, en la psicología profunda, y suelen reflejarse en las sociedades humanas, sin excluir la vida política.

El Sigmund Freud de Elisabeth Roudinesco es un hombre ordenado, de una capacidad de trabajo absolutamente excepcional, de costumbres rutinarias. Podríamos hablar de "costumbres burguesas", si el adjetivo no estuviera desprestigiado. En sus mejores tiempos, desde comienzos del siglo XX hasta los años veinte y tantos, atendía a ocho pacientes diarios durante alrededor de cincuenta minutos a cada uno y seis días a la semana. Sus honorarios eran altos, propios de la jerarquía médica superior de Viena y de las grandes capitales europeas, y sus derechos de autor llegaron a ser importantes. Era capaz, sin embargo, de cobrar poco y hasta de trabajar en forma gratuita en casos especiales. Tuvo pacientes célebres, y Roudinesco analiza en detalle algunos de sus tratamientos. Era aficionado a las óperas de Mozart y compraba objetos pequeños de las más diferentes culturas en las mejores tiendas de anticuarios. Los necesitaba como fuentes de placer y como estímulos para su curiosidad universal. Conocía a fondo la Biblia y las grandes tradiciones judías, pero no le gustaba la minucia ni el espíritu de reglamento. Cuando se casó con Martha Bernays, de familia judía que había sido rica y que estaba en decadencia económica, le prohibió celebrar el sabbat y cocinar de acuerdo con las reglas religiosas. El profesor era sobrio, pero aficionado a los vinos de calidad, y consumía algo de droga en forma ocasional, según él por razones médicas. Tuvo muchos hijos en la primera etapa de su matrimonio y después de probar diversos métodos anticonceptivos, decidió practicar la más completa abstinencia carnal a partir de los cuarenta años de edad. Era un intenso fumador y encendía un cigarrillo detrás de otro durante sus consultas. Algunos de sus pacientes se quejaron porque no les ofrecía tabaco a ellos. Otros testigos afirmaron que podía ser indiscreto y hablar de las enfermedades mentales de otros. He conocido a psiquiatras indiscretos y no me extraña demasiado: a veces las historias ajenas son de un interés difícil de resistir. Era un personaje más bien formal, aficionado a guardar las formas externas. No le gustaba, por ejemplo, que algunas personas, colegas de medicina o de psiquiatría, intelectuales, parientes, llegaran a visitarlo con vestimentas descuidadas. Roudinesco piensa que sufrió con el desmoronamiento de los imperios centrales a consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Le gustaba la Viena de finales de siglo, la de Gustav Mahler, Brahms y tantos otros, y no se resignó a su decadencia.

Tampoco comprendió esa decadencia, y eso lo llevó a equivocarse en un primer momento con respecto al nazismo. Cuando los nazis quemaron libros suyos, dijo que el mundo había progresado, puesto que en la Edad Media lo habrían quemado a él. Pero después comprendió que el asunto no era para bromas. Había creído que la ciudad de Viena, con su vieja cultura, con sus grandes músicos, artistas, pensadores, lo protegería, sin darse cuenta de que los austríacos, en su decadencia, podían ser tanto o más fanáticos del nazismo que los alemanes. Tuvo que salir a la carrera de Viena a Londres, en junio de 1938, después de engorrosos trámites y de firmar una declaración oficial en que decía que él y su familia "no habían sido importunados".

Los detalles de esta biografía son extraordinarios. Es literatura histórica de primer orden. Pero el enfoque global, el de la novedad revolucionaria, en el sentido intelectual y científico, de la obra freudiana, también lo es. La relación de Sigmund Freud con Charcot, que provoca sus primeras reflexiones sobre la histeria, y en particular sobre la histeria femenina, es iluminadora. Después llegaría a la conclusión de que Hamlet era el gran histérico de la literatura europea. Freud tenía una libertad intelectual, una apertura de espíritu, asombrosas. Se equivocaba y sabía rectificar a tiempo. Al leer su biografía, uno adquiere la impresión de una inteligencia en movimiento constante, que se asombra a cada rato, que descubre, profundiza, inventa. En último término, fue un gran intérprete de la mente moderna, de sus recovecos, sus misterios. El descubrimiento del inconsciente suponía un cambio de época. Propuso en su obra un paisaje mental, un lado oscuro y un lado luminoso. Nunca fue unilateral, sectario, dominado por una ideología rígida. Creaba su ideología él mismo y era capaz de rectificarla a su debido tiempo, con la serenidad y la lucidez indispensables.

(El Mercurio/GDA)

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