NOVELA DE CARLOS MARÍA DOMÍNGUEZ

Ficción y realidad

Arturo Despouey, el gran crítico uruguayo, cobra vida en esta ficción a través de una confesión encubierta (real) del propio Despouey.

Carlos María Domínguez
Arturo Despouey

No pasaba desapercibido. Un tipo trajeado con polainas blancas, bombín y aires de superioridad caminando por las calles de Montevideo en la década del 30 era sinónimo de excentricidad. Luego, si ingresaba así al hall de cualquier sala de cine provocaba, cuando menos, sorpresa. O burla. Si proyectaban la película Sombrero de copa (Top Hat, 1935) con Fred Astaire y Ginger Rogers, podía ocurrir lo que ocurrió: luego de la función salió bailando a la calle y siguió una cuadra entera con los pasos de tip tap, entre escándalo de bocinas y transeúntes con la boca abierta que miraban las payasadas como salidas de un universo paralelo. Si esos espectadores luego leían su crónica periodística sobre la película, publicada en la prensa de tiraje masivo, encontrarían una ametralladora de juicios lapidarios del tipo "Cuando el cine nos ofrece uno de estos grandes éxitos populares, en vez de participar del general regocijo, yo me echo a temblar". Señalaría repeticiones, malas imitaciones de películas anteriores, o falta de verosimilitud. O mostraría condescendencia hacia los bailarines ("...algunas paraditas nuevas que Ginger Rogers y Fred Astaire pegan cada vez mejor"). Era la reseña de un erudito, y también la de un gran provocador: "Que venga Dios y lo diga. Pero Dios está muy ocupado por regla general, de modo que lo digo yo en su nombre"

El personaje en cuestión se llamó Arturo Despouey, es considerado el fundador de la crítica cinematográfica uruguaya (un país con dos millones que vendía seis millones de entradas de cine al año), y reconocido por Homero Alsina Thevenet como su maestro. Si HAT llegó a escribir en Marcha en 1945 que "nunca haremos reproches de su innegable excentricidad (no siempre prescindible) sin antes puntualizar la admiración a que se hizo acreedor. Fue uno de los escasísimos talentos auténticos que Montevideo ha producido en este siglo", era porque Despouey preparaba sus crónicas con minucia y dedicación, consciente de que tenía que saber de fotografía, política, interpretación dramática, arqueología, ballet, historia, música, cine, sociología, pintura y jazz. Por si eso fuera poco fue novelista, un excelso conferencista, traductor, dramaturgo, escritor, locutor de la BBC en Londres durante la Segunda Guerra Mundial, y corresponsal de guerra desembarcando con las tropas aliadas en Normandía con el grado de Teniente.

Y además, era tartamudo.

Manuscrito inédito.

Uruguay no ha sido generoso con sus genios paradójicos. No lo fue con Real de Azúa (otro tartamudo), quien acaba de ser objeto de una notable biografía tardía de Valentín Trujillo, ni lo fue con Arturo Despouey. Reconstruir semejante vida llena de peripecias, histrionismo y giros inexplicables (dejó la crítica cinematográfica tras ser uno de los primeros en pisar un campo de exterminio nazi en Alemania), a la cual se suman panoramas emocionales y afectivos complejos, parece ser tarea sobrehumana en un país donde la escala siempre pesa.

Intuyendo esto Despouey escribió una larga confesión encubierta, una novela autobiográfica en tres partes que nunca se llegó a publicar y que debía llevar por título "Quijote 44", escrita en los últimos años de su vida (falleció en Jaén en 1982). Ahí él se revela escribiendo en tercera persona bajo el nombre de Guy Delatour. Tras el fallecimiento de Despouey dicho manuscrito sobrevivió en manos de Hugo Rocha, el tercero del trío de amigos (Rocha, HAT, Hugo Alfaro), pero tuvo un devenir azaroso. Si alguna vez ese manuscrito pasó por la redacción de El País Cultural y tuvo sus reseñas (en el No. 752 por Ángeles Blanco, y en el No. 1176 por Carlos María Domínguez), siempre quedó un dejo de frustración. No parecía ser un material de irresistible atractivo para lectores y/o editoriales. Permaneció, entonces, como una rareza inédita.

Carlos María Domínguez entendió el problema. Como autor de novelas y cuentos de larga trayectoria, biógrafo y colaborador permanente de El País Cultural desde hace casi tres décadas, la intuición le indicó que si Despouey había elegido la ficción para expresar su intimidad, para explicar ese periplo vital tan paradójico como azaroso, otra novela podía cobijar al errante manuscrito. Una novela dentro de otra novela. Domínguez entonces rescató al personaje Carlos Brauer de su aclamada La casa de papel, y lo puso a discutir el manuscrito, abrirlo, explicarlo, ponerlo en su contexto. El libro se titula El idioma de la fragilidad y revela, de una vez por todas, la confesión disimulada.

ESPÍAS Y SUBMARINOS ALEMANES.

El idioma de la fragilidad pone al personaje Brauer buscando conjurar varios asuntos: la trama planteada por Despouey en "Quijote 44" relatando la partida de Montevideo en 1942, el largo viaje en barco hasta Liverpool, y los primeros tiempos en Londres; la infancia y vínculos familiares que definieron el tormentoso universo afectivo de Despouey; el alcance intelectual de su legado como crítico, escritor y dramaturgo; y el vínculo con quienes más lo admiraban y con el universo cultural montevideano que nunca terminó de aceptarlo como hijo pródigo.

Domínguez rescata todas estas facetas y se las apropia literariamente. El idioma..., entonces, es una novela con muchas novelas dentro, donde destaca el periplo de Guy Delatour despidiéndose de Montevideo, abordando casi secretamente un barco para evitar al espionaje alemán, y las aventuras a bordo. Allí destaca su relación con un círculo de pasajeros que en pocos días será íntimo, y donde no faltan las femmes fatales ni los espías, como tampoco la amenaza constante del torpedo alemán que los enviará sin piedad al fondo del océano (de hecho, frente a las costas de África, e integrado a un convoy, Delatour/Despouey será testigo del horrendo hundimiento de otros barcos con pasajeros). El viaje, entonces, tiene un contexto de incertidumbre que aquí asume peripecias de vértigo, por el conflicto bélico. Sin perder verosimilitud. Si Brauer no discute a fondo esa verosimilitud es porque el texto cobra vida en los detalles, con destellos de brillantez y giros sorprendentes. La sincera confesión, entonces, se impone; encuentra su lugar natural, siempre con énfasis en la trama.

Porque todo él, su confesión, sus excentricidades parecen parte de un rodaje. Si alguien dijo que su amigo HAT, que también tuvo sus excentricidades, se movía como parte de la trama de una película (alcanza recordar la mirada que cruzan él y Marlene Dietrich en una famosa foto tomada por Héctor Devia), eso lo hermana con su maestro Despouey. Porque las ficciones que éste miraba en las salas de cine eran su pasión, y muchas veces las confundía con su vida. Que luego Despouey les diera sentido en sus críticas, clamando a todas voces que "el derecho a opinar exige la obligación de saber" habla de una ética que no se puede perder: la del crítico que busca elevar el nivel crítico de su comunidad contra el viento, las mareas y la vulgaridad. Rescatar esa ética contando una vida de novela, y hacerlo con una narración que atrapa y sorprende, con toques intensos de fino humor, configura un hecho literario poco común. Porque aporta sentido.

EL IDIOMA DE LA FRAGILIDAD, de Carlos María Domínguez. Tusquets, 2017. Buenos Aires, 260 págs. Distribuye Planeta.

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