EMMANUEL CARRÈRE SOBRE PABLO Y LUCAS

De la fe a la fantasía

Novela que trata de dos criaturas inclasificables del primer Cristianismo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Emmanuel Carrère

EMMANUEL Carrère (París, 1957) es considerado uno de los escritores más importantes de la literatura francesa contemporánea. Con una ya abultada obra que sus críticos se obligan dificultosa y obstinadamente a calificar como no ficción, autoficción, memoria o biografía, la temática de sus últimos libros se ubica siempre a medio camino entre el testimonio o la investigación y la narrativa a secas, con un único narrador que desde una tenaz primera persona se empeña en colocar al propio Carrère dentro de las historias que desarrolla. Y si bien sus primeros títulos (El bigote, Una semana en la nieve) habían transitado exclusivamente por el terreno de lo ficticio, una serie de personajes y tramas fueron alumbrando la necesidad de una estrategia que no es novedosa (Carrère no se cansa de citar A sangre fría, de Truman Capote, como uno de sus libros de cabecera) pero que sí ha resultado en su caso muy eficaz.

Haber sido testigo directo del tsunami que azotó las costas de Sri Lanka en 2004 provocó la escritura de De vidas ajenas; el seguimiento del caso de Jean-Claude Romand, un individuo que por 18 años simuló ser un médico de renombre al servicio de la OMS y que, cuando se sintió en peligro de ser descubierto por su familia, asesinó a su esposa, sus dos hijos y sus padres en 1993, fue el eje central de El adversario; el nazi ucraniano Eduard Limónov, enemigo feroz de Putin, poeta, dandi en New York y París, criminal de guerra en Sarajevo y fundador del Partido Nacional Bolchevique, fue el protagonista de su libro Limónov.

Estos títulos, escritos con vértigo y con brillo, protagonizados por individuos de por sí dramáticos y colocados al borde de lo humanamente creíble o tolerable, son ahora el antecedente de una nueva apuesta de Carrère, quien sin salirse de su estilo decidió contar la historia de dos personajes singulares: los santos Pablo y Lucas, figuras claves del cristianismo, en sus penosos y accidentados peregrinajes evangelizadores durante la segunda mitad del Siglo I de la era cristiana.

El Reino trata, pues, de estas dos criaturas inclasificables, pero trata también de la crisis religiosa padecida por el propio escritor, quien a principios de los 90 pasó por una súbita y voraz conversión al catolicismo. Eso lo llevó a concurrir a misa todos los días, a tomar la comunión, a casarse por iglesia y a bautizar a sus dos hijos pequeños. Durante tres años Carrère se dedicó también a estudiar textos sagrados y una interminable biblioteca a propósito de Jesús, sus actos y su doctrina, todo resumido en casi una veintena de cuadernos que muchos años más tarde se decidió a revisar.

UN CATÓLICO APASIONADO.

El libro se abre desde el punto de vista de un agnóstico radical que hace suya la sentencia de Jorge Luis Borges, quien opinaba que la teología no era otra cosa que una rama de la literatura fantástica. Pero de inmediato, Carrère dedica las primeras cien páginas a narrar su peripecia como católico apasionado, a pesar de las dudas que siempre le generan episodios como el de la resurrección o los milagros, al punto de que ese extenso capítulo se titula "Una crisis. París, 1990-1993". Rememora, de ese periodo, algunas personas que le influyeron fuertemente, que le acercaron material de lectura, que le ayudaron a entender momentos oscuros o complejos de los evangelios, aunque él parece estar siempre poniendo en una misteriosa balanza lo perdido y lo ganado en toda práctica religiosa, como si ella dependiera, más que de la simple fe, de un extraño equilibrio económico: ¿cuánto doy?, ¿cuánto recibo?, ¿cuánto me ofrecen?, ¿cuánto estoy dispuesto a devolver?

Simultáneamente, durante esos tres años Carrère escribiría una biografía novelada de Philip K. Dick (1928-1982), Yo estoy vivo, vosotros estáis muertos, reconociendo explícitamente que, más allá de su admiración literaria, el interés por el autor de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? se basaba sobre todo en sus delirios paranoides y en la autoexclusión a la que se sometió durante buena parte de su existencia. Como si estas también fueran características que el propio Carrère estaba viviendo en ese tiempo.

Finalmente, en la Pascua de 1993 escribe la última entrada de sus cuadernos, en la que se interroga sobre la pérdida de la fe y en la que se reconoce inmerso en "el momento de la duda más grande", que le sigue generando la resurrección de Jesús. Y concluye con esta línea: "Te abandono, Señor. Tú no me abandones".

LA FASCINACIÓN.

Las restantes 400 páginas de El Reino suponen una suerte de seguimiento de los pasos del judío Pablo (antes de nombre Saúl, rabino, feroz represor de los primeros cristianos, convertido tras una aparición de Jesús) por Grecia, Judea y Roma, y de su discípulo, el médico macedonio Lucas, luego encargado de la escritura de uno de los cuatro evangelios y de los "Hechos de los Apóstoles". La pintura de ambos es controversial, apoyada tanto en los textos de los que fehacientemente se sabe que son autores o en testimonios veraces sobre sus estadías y labores, así como en una serie de conjeturas ante las cuales el propio Carrère se reconoce obligado a la invención narrativa, a la síntesis aleatoria, a la conclusión errante.

Lentamente va desnudando un proceso cargado de disputas, enfrentamientos, contradicciones. Cada tanto compara las vicisitudes de la incipiente iglesia, sus referentes más notorios (Santiago, Juan, Pablo) y sus enfrentamientos, con las movidas que diecinueve siglos después ocurrirían en el Soviet Supremo entre Stalin y Trotsky. Y siempre, a cada paso de sus agonistas, Carrère se va poniendo también él como ejemplo de sujeto creyente, más o menos próximo, más o menos evocativo de su período de crisis, más o menos convencido de su propio agnosticismo. Quizás esta última actitud se vaya tornando reiterativa con el paso de las páginas y enlentezca su lectura; quizás Carrère no haya tenido la suficiente confianza en su lector como para no tener que repetirle y comparar sus estados emocionales con los hechos que se desenvuelven detrás de las figuras de estos fundadores.

De todos modos, no debemos olvidar que ese pudor sincerado por haber creído alguna vez que alguien pudo regresar de entre los muertos "me intriga, me fascina, me descoloca, me perturba", tal como reconoció en una entrevista reciente. "Escribo este libro", confesó entonces, "para no creerme que sé más, no creyéndolo, que aquellos que sí lo creen y que yo mismo cuando lo creía. Escribo este libro para no darme la razón". Luego, en otra entrevista dijo: "La idea de Dios no tiene ningún lugar en mi vida". Y en otra agregó: "Sigo prefiriendo una lucidez triste que una ilusión feliz."

EL REINO, de Emmanuel Carrère. Anagrama, 2015. Barcelona, 516 págs. Distribuye Gussi.

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