GARCÍA MÁRQUEZ EN EUROPA COMUNISTA

La experiencia del asombro

Crónica de viajes para volver a disfrutar al gran Premio Nobel.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Gabriel García Márquez

EN JUNIO de 1957 Gabriel García Márquez (1927-2014) había publicado La hojarasca y malvivía en París después de haber sido corresponsal para el diario El Espectador de Colombia, cuando su amigo Plinio Apuleyo Mendoza regresó de Medellín con su hermana Soledad, compró un Renault 4 usado y lo invitó a cruzar la Cortina de Hierro. Dos años antes, durante un viaje a Viena, había visitado Varsovia y Praga sin conocimiento de sus editores, y tomado notas que la prudencia le aconsejó no publicar mientras regía en Colombia la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla. Pero entonces se trataba de llegar a Berlín Oriental. En Leipzig recogieron a otro amigo común, Villar Borda, y juntos viajaron a Berlín, donde convivieron con las poblaciones de las dos alemanias antes de que se levantara el muro (1961).

Hacía varios años la URSS rechazaba las intenciones de García Márquez de conocer Moscú sin una invitación oficial y de regreso a París después de dos semanas de viaje, la oportunidad se le presentó de la mano del conjunto folclórico colombiano Delia Zapata, invitado al VI Congreso Mundial de la Juventud que se preparaba para el mes de octubre. Habían desertado un saxofonista y un acordeonero, y García Márquez y Plinio se sumaron como falsos integrantes del conjunto. Aprovecharon los fastos multitudinarios para perderse entre la gente —los soviéticos recibieron a 130 mil invitados—, y luego García Márquez consiguió acreditarse como periodista en una delegación con destino a Hungría, ocho meses después de que una rebelión fuera aplastada por el ejército soviético, con un saldo de más de cinco mil muertos.

Este fue el itinerario real del viaje de García Márquez por los países comunistas, disimulado en la crónica de De viaje por Europa del Este como un solo itinerario iniciado en Frankfurt, con la invitación a viajar de su amigo Franco, un corresponsal italiano de destino errante (Plinio Apuleyo Mendoza, en realidad), y Jacqueline, francesa de origen indochino, diagramadora de una revista parisina (Soledad, la hermana de Plinio). Las consecuencias de difundir impresiones del régimen comunista podían ser graves en aquellos años, a dos puntas, y García Márquez prefirió proteger a sus amigos con seudónimos cuando se decidió a dar a conocer las crónicas en una serie titulada "90 días en la Cortina de Hierro", publicada entre julio y noviembre de 1959 en la revista colombiana Cromos. También integró sus experiencias de 1955, en Polonia y Checoeslovaquia, como si se tratase del mismo viaje, y abrió para el lector la crónica de sus asombros.

LA VIDA POR SU DETALLE.

No es novedad, y no puede serlo ahora, este libro que regresa sobre la vida en la Unión Soviética durante los años cincuenta, bajo el régimen de Nikita Kruschev. Si mantiene vigencia es por la originalidad, su ligera y penetrante sencillez para narrar la pobreza, el miedo, la vetustez, la burocracia, el encierro y la compleja tristeza de una generación que enfrentó la guerra con el nazismo y luego levantó, con el sacrificio de dos vestidos por año y consumos elementales, la industrialización del agro, el desarrollo de la industria pesada y el poderío soviético durante cuarenta años. Su crónica tiene toda la pimienta de un periodista que se salta las barreras ideológicas para ofrecer una imagen de la realidad por sus detalles, sus matices, y sus destinos. A los treinta años tenía un formidable registro de las situaciones comprometidas, los motivos personales, la falsedad de las apariencias, la efusiva torpeza de los burócratas, la honestidad de las diferencias; más la ironía y la inteligencia para dar cuenta de los absurdos.

Cuenta que en Varsovia le pagaron 200 zlotis por hacerle un reportaje y al salir hacia Praga tuvo problemas con el aduanero del tren. El gobierno prohibía sacar zlotis de Polonia, de modo que le dijo al aduanero que se los regalaba, pero el reglamento le impedía aceptarlos. Le pidió que con el dinero le comprara cigarrillos —estaban detenidos en la estación de un pueblo— y el hombre regresó con doscientas cajillas. Pero entonces tenía que pagar el impuesto de exportación de los cigarrillos, y para pagarlos el aduanero le compró dos cajillas, le entregó el dinero, y él se lo devolvió para pagar el impuesto. Las dos cajillas del aduanero quedaron en Polonia de contrabando y el resto se lo decomisaron al llegar a Checoeslovaquia.

Dos secuencias más: al salir de Moscú en tren, un oficial se disculpó con lágrimas en los ojos ante la delegación de invitados por no haberlos despedido con flores ni el canto de los niños. Había creído que la anterior delegación era la última, suspendido las flores y mandado de regreso a los niños a la escuela. Puede que se tratara del orgullo, la tensión por haber fallado, o el miedo a las consecuencias.

La otra anécdota tiene el delicado encanto de las fugas: las estudiantes de lenguas tuvieron acceso a unas revistas de París para perfeccionar su francés, y un día fueron a la universidad con una cola en el pelo y tacos altos, despertando el pavor de las matronas en la calle, que solo de verlas se agarraban la cabeza.

Hay muchas secuencias semejantes. Es un libro cargado de la sensible vitalidad de un cronista capaz de captar la opresión de los países satélites, ligera en Checoeslovaquia, grave en Hungría bajo el régimen de Kádár, donde apenas pudo eludir la permanente vigilancia de una decena de custodios, los reclamos de libertad individual y finalmente, la encrucijada de un proletariado impedido de protestar contra la revolución que supuestamente lo llevó al poder.

Si se tiene en cuenta que García Márquez adhería al Partido Comunista, la ausencia de desgarros sentimentales y la honestidad de sus indagaciones revelan, junto a la prosa y la inteligencia del armado del libro, su maestría. Se trata de una reedición —se publicó por primera vez en 1978 bajo el título De viaje por los países socialistas—, pero el colofón no lo aclara y ningún apéndice, ni el texto de contratapa, incluye la información que ocupa la primera sección de este artículo, nada prescindible a la hora de presentar la obra de un gran periodista. No deja de ser paradójico que después de la Guerra Fría, también el capitalismo incurra en el borramiento de la historia.

DE VIAJE POR EUROPA DEL ESTE, de Gabriel García Márquez. Sudamericana, 2015. Buenos Aires. 147 páginas. Distribuye Penguin Random House.

Moscú.

Gabriel García Márquez

LOS SOVIÉTICOS son un poco histéricos cuando expresan sus sentimientos. Se alegran con saltos de cosacos, se quitan la camisa para regalarla y lloran a lágrima viva para despedirse de un amigo. Pero en cambio son extraordinariamente cautelosos y discretos cuando hablan de política. En ese terreno es inútil conversar con ellos para encontrar algo nuevo: las respuestas están publicadas. No hacen sino repetir los argumentos de Pravda… La escasez de noticias internacionales está compensada por un asombroso conocimiento general de la situación interna. Aparte de nuestra atolondrada intérprete ocasional no encontramos a nadie que se pronunciara rotundamente contra Stalin. Es evidente que hay un mito del corazón que frena la cabeza de los soviéticos. Parecen decir: con todo lo que se tenga contra él, Stalin es Stalin. Punto. El retiro de sus retratos se está haciendo de manera muy discreta, sin sustituirlos por retratos de Kruschev. Solo queda Lenin, cuya memoria es sagrada. Uno tiene la sensación física de que puede permitirse contra Stalin la actitud que quiera, pero que Lenin es intocable.

(De viaje por Europa del Este)

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