NOVELA DE CHUCK PALAHNIUK

Dios y el diablo

Todo en él parece improbable, y su presencia siempre es incómoda.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Chuck Palahniuk

CHUCK Palahniuk (Washington, 1962) fue expulsado de su primera clase de escritura creativa en la universidad tras leer su primer texto, que trataba sobre un muchacho que llevaba una vulva de plástico en el bolsillo adonde quiera que iba. Era una réplica de la vulva de su actriz porno favorita y el muchacho se dedicaba a acariciarla y memorizarla con los dedos en el ómnibus, en el liceo, dormía con ella bajo la almohada. El profesor acabó pidiéndole a Palahniuk que se fuera y no regresara y Palahniuk no tuvo necesidad de regresar porque acabó en el taller del escritor Tom Spanbauer, una de cuyas reglas se aplicaba perfectamente al texto del muchacho con su extraño fetiche: un texto debe lograr que el lector se ría, debe lograr también que sienta un poco de repulsión, y hacia el final debe, inevitablemente, romperle el corazón.

Palahniuk pertenece a una constelación de escritores nacidos en los 60 entre cuyas figuras más rutilantes se encuentran Bret Easton Ellis, David Foster Wallace, Jonathan Franzen y Dave Eggers. Si bien la producción de Palahniuk comparte ciertos rasgos con la de estos autores —la omnipresencia de elementos de la cultura pop y el intento de criticar o satirizar mediante la literatura el Sueño Americano y, más específicamente, el clima predominante del momento— su presencia en dicho grupo es incómoda. Es el menos aclamado por la crítica, la academia apenas se atreve a mirarlo, y a Palahniuk no parece molestarle en lo más mínimo. Lejos está de la ambición casi obligatoria de sus coterráneos por escribir la Gran Novela Norteamericana. Lo suyo es la absoluta libertad creativa, es decir la marginalidad, análoga a la que gozan los guionistas de comic y escritores de los así llamados géneros menores como la ciencia ficción.

NADA LO DELATA.

Otro aspecto que lo separa de las estrellas antemencionadas es que es prácticamente imposible obtener una intuición de la personalidad que yace detrás de su escritura. Con los demás uno recibe impresiones claras de sus trasfondos sociales, sus posturas ideológicas y hasta de sus inclinaciones sexuales. Es probable que estas impresiones acaben siendo ilusorias en gran medida, pero con Palahniuk uno queda privado hasta de la ilusión de una impresión. No hay en su escritura nada que lo delate. Es más, pareciera estar usando las palabras para camuflarse. Licenciado en periodismo, tiene una voracidad investigativa que lo lleva a poblar sus textos de una miríada de datos específicos sobre lo que sea que tenga a mano: el funcionamiento de cierto tracto intestinal, las propiedades y usos del hipoclorito, mitos persas y nórdicos, etc. Sus textos, extravagantes y escatológicos por demás, quedan así dotados de un sentido de realidad impecable y al mismo tiempo de una temperatura fría, maquinal, que de tanto en tanto, imprevisiblemente, es aplacada por relampagazos de una calidez casi femenina.

Palahniuk no es ningún recluso. Tiene una fuerte base de admiradores, parece estar siempre en tour promocionando sus libros, asiste a eventos de todo tipo, sus presentaciones de libros son famosas por delirantes y en ellas y en las entrevistas se muestra locuaz, divertido y con una capacidad inusual para articular sus ideas sobre la literatura, especialmente sobre la suya propia. Viene al caso la siguiente anécdota biográfica porque echa luz sobre el mecanismo creativo de Palahniuk, y porque es divertida y bella y terrible, como sus propios textos. En 1999 Palahniuk estaba en Nueva York para el estreno cinematográfico de El club de la pelea, basada en su novela homónima, a punto de ser entrevistado para la revista Time, cuando recibe una llamada de su publicista informándole que se ha encontrado el cadáver de un hombre asesinado en Idaho y que se supone que se trata de su padre. Palahniuk habla con las autoridades, maneja de Manhattan hasta el pueblito en Idaho, reconoce el cuerpo de su padre, se encarga de los primeros papeleos, luego regresa a Manhattan. Todo esto lo hace empilchado con un traje nuevo y costoso, el traje con el que iba a recibir a los fotógrafos de Time y con el que iba a asistir a la premiere y con el que iba a dar el salto a la fama. A medio camino de regreso, en plena ruta desolada, Palahniuk se corre a la banquina y detiene el auto. Precisa que alguien le pregunte cómo está y que lo tranquilice. Entonces se le ocurre una idea: se va a acostar en el pavimento, va apuntar los focos del auto para que lo alumbren y el primer vehículo que pase se va a detener, alguien va a terminar llamando a la policía, y en poco tiempo Palahniuk va a tener a un representante de la autoridad chequeándole el pulso, diciéndole: Señor, quédese tranquilo, todo va a estar bien. Y Palahniuk va y lo hace. Apunta los focos del auto, se acuesta en el pavimento con su traje nuevo y espera. No pasa un solo auto en toda la eternidad que transcurre con él tirado en la ruta. No llega nadie a consolarlo. Lo único que llega en ese momento es el argumento de su próxima novela, Asfixia, donde se asiste a la narración de un hombre desesperado por contacto humano que ante su incapacidad para relacionarse diseña una estrategia fantástica. Concurre a restoranes donde, en cierto momento, comienza a fingir que se atraganta con un trozo de comida para que algún otro comensal salga en su ayuda y lo abrace, aunque solamente sea con la intención de hacerle la maniobra Heimlich.

IMPUNIDAD NARRATIVA.

Según el autor, la trilogía en la que está embarcado ahora también está en relación con ciertos eventos de su vida, específicamente con la muerte de su madre por cáncer. Condenada, la primera novela de la serie, era un recorrido por el infierno de la mano de la preadolescente Madison Spencer, protagonista principal de Maldita, la segunda, y de la aún innominada tercera entrega de la saga.

En Maldita, Madison Spencer se encuentra atrapada en la tierra en forma de fantasma, forzada por Satanás a cumplir un rol fundamental en su plan de llevar a la humanidad entera a la perdición. La novela, dividida en capítulos que simulan entradas en un blog, relata el avance de ese plan a la vez que pedalea en reversa para contarnos la historia de la muerte de Madison, encastrada con la relación con sus padres, dos hiperinflados representantes de la generación contestataria de los 60 convertidos en figuras del jet set capitalista. Por más que la novela lidia con la religión, la ecología y las relaciones paterno-filiales, no está a la altura del resto de su obra, quizás por la impunidad con que Palahniuk trata estos temas, impunidad que transforma la lectura más en un leve paseo que en un tour de force como a los que Palahniuk nos tiene acostumbrados. Parece no haber corrido riesgo alguno con la redacción de Maldita y esto se transfiere a los personajes, con los que nos queda vedada cualquier posibilidad de identificación. Hay, como siempre, destellos de humor, motivos para sentirse un poco asqueado, pero no generan la masa crítica necesaria para que, cuando llegue el momento, el corazón se nos rompa.

La lectura de Maldita solo es recomendable porque, aun siendo una obra menor dentro de su producción, sigue siendo mejor y mucho más entretenida que la mayoría de las novedades en librerías. Aunque para emitir una palabra definitiva quizás haya que aguardar a que se publique la última entrega de la saga, donde Palahniuk dice que va a intentar reconciliar finalmente a Dios y al Diablo.

MALDITA, de Chuck Palahniuk. Random House, 2015. Buenos Aires, 315 págs. Distribuye Penguin Random House.

Lea un fragmento.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)