Último Ian McEwan

Detrás del ombligo, un mar de especulaciones

Una comedia negra de eco shakespeariano, la nueva entrega del gran narrador inglés.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Ian McEwan

Un epígrafe tomado de Hamlet, y un préstamo de su trama es el tema de la última novela de Ian McEwan, el autor de Expiación, Sábado, Solar, y otras novelas que lo ubicaron entre los más celebrados escritores ingleses contemporáneos. La audacia del texto es en esta ocasión la elección del narrador: el feto, a dos semanas de nacer, que lleva en su vientre Trudy mientras conspira con Claude para matar a su marido John, el padre de la criatura, y quedarse con una espléndida, aunque deteriorada mansión. Como Claude y John son hermanos, el eco shakesperiano está instalado desde el inicio con el arrastre de un par de expresiones anacrónicas (“conspiradores de una ruin empresa”, “un designio mortífero”) que felizmente el texto abandona. Y como el tema de Hamlet no es su trama, aquí McEwan queda libre para girar el eje sobre las especulaciones y necesidades del nonato engendrado, intimo testigo del crimen que los adúlteros intentarán hacer pasar por suicidio.

John es un poeta menor, desesperado por reconquistar a su mujer, que le ha pedido un distanciamiento temporal mientras aclara sus ideas en la vieja mansión, antes del nacimiento del niño. Pero las ideas de Trudy no son otras que el crimen planeado con Claude, un agente inmobiliario de carácter rústico y naturaleza torpe, empeñado en un frenesí sexual con su amante, pese a las incomodidades que, naturalmente, sus embestidas le provocan al feto. Ninguno de los tres piensa en la criatura —los conspiradores planean darlo en adopción, el padre nunca lo nombra— y todo el desarrollo tiene un tono de comedia negra, con algunos enredos y divertimentos literarios.

Que el narrador sea el feto es un tour de force sostenido por las huellas sensoriales y perceptivas, sujetas a una diestra verosimilitud, y por las cavilaciones sobre la situación de sus familiares y el estado del mundo, del que se encuentra informado por las audiciones de radio que escucha su madre. En ese grado arbitrario de la libertad literaria McEwan funda esta ficción que despliega como una intriga seudo policial en la que se permite muchas ironías y especulaciones sobre la vida moderna. Lo logra con la solvencia profesional de un consagrado novelista, pero no consigue ocultar un engorde excedido en meditaciones, prejuicios y opiniones personales, frente a la trama un tanto esquelética de la novela. Más allá de su enunciación, nadie sabe por qué Trudy y Claude odian a John, ni por qué John ama a Trudy, qué motivos llevaron a los personajes a semejante encrucijada, a menos que se tome el valor de una casa como razón suficiente para matar. Se trata de una maqueta, acaso una comedia no necesita más que los estereotipos con los que jugará el ingenio, pero el humor acá no es desopilante, tiene el perfil más bajo de la ironía, a veces el sarcasmo y algunos momentos de inteligente tono siniestro.

Una dificultad adicional es la emergencia de frases, solitarias o prolongadas, con afirmaciones poco transparentes o directamente crípticas, nada fáciles de adjudicar al traductor o al escritor. De cualquier modo, aunque se encuentre lejos de los mayores logros de McEwan, la novela cumple con la demanda de entretenimiento. Parece poco para un escritor de su talla, pero en la historia de la literatura también abundan las obras de registro menor.

CÁSCARA DE NUEZ, de Ian McEwan, Anagrama, 2017, Barcelona. 217 páginas. Distribuye Gussi.

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