Arquitectura autóctona en bolivia

Curiosos chalets en el altiplano

Les llaman "cholets", y parecen salidos de una película de transformers. Felipe Arocena estuvo allí y analiza, en plan crónica, sus raíces y derivaciones culturales.

Cholet
"Cholet", término híbrido entre "chalet" y "cholo"

El término cholet es una mezcla de las palabras chalet (casa en francés) y cholo (descendiente indígena en el lenguaje popular boliviano). Los cholets son los edificios diseñados por el arquitecto Freddy Mamani -él mismo un aymara- para los comerciantes enriquecidos que viven en El Alto, la ciudad vecina de La Paz. Su estética incorpora colores y formas de los textiles y cerámicas tradicionales tiwanakotas, incluyen perímetros y contornos chinos, paisajes locales y modelos de ciencia ficción cercanos a la estética de los transfomers. Sus dueños son nuevos ricos aymaras, y afirman que los edificios en que viven expresan su identidad cultural. Estos comerciantes aymaras hicieron su fortuna vendiendo productos chinos, en un plazo de tiempo breve y construyeron sus nuevos palacios en medio de un contexto urbano de extrema y masiva pobreza. 

Aerocarril de última generación

Hay que ir desde La Paz a la ciudad de El Alto, y la mejor opción es tomar el teleférico. La línea roja es la que me sirve y transportará desde la Estación central hasta la parada 16 de julio, la segunda, o sea la próxima a la del cementerio, que es la primera. El sistema de aerocarril recién inaugurado me deja pasmado. Es de última generación, eficiente, seguro, limpio, fácil de usar y barato. El viaje es un viaje y la cabina de vidrio sube deslizándose suavemente por los gruesísimos tensores de metal. Simultáneamente al alejarse La Paz y acercarse El Alto comienzo a adquirir la perspectiva de ambas y del valle sobre el que me elevo. Porque El Alto y La Paz ya son una misma ciudad, sin interrupciones en el paisaje urbano. El color que predomina es el rosado o terracota claro de los cientos de miles de casas construidas con ticholos de cerámica a la vista, sin revocar. Desde la distancia las casas desnudas parecen cavadas en la ladera como cuevas de trogloditas y, más allá en el horizonte, donde el altiplano gris se une al cielo límpido, resalta blanca con sus nieves perpetuas a 6.500 metros de altura la montaña Illimani, que significa águila dorada en aymara.

En los alrededores de la Estación 16 de julio en El Alto hay una gran feria callejera y popular, y se hace difícil caminar entre tanta gente. Puestos armados con cuatro palos y un plástico, pirámides de papas, enchufes chinos, calcetines, ropa interior y camisetas chinas; jugos, bocadillos y cuartos de oveja locales; herramientas, paraguas, celulares y electrodomésticos también chinos. Por las calles laterales zumban las camionetas y los minibuses del transporte público, mientras se escabulle el ejército de motonetas y bicicletas, todas chinas; los gritos invaden el aire polvoriento y muchos policías custodian que el caos no termine en algo peor. Debo tomar el ómnibus 519 con destino al barrio Mercedario/Villa Adela, camino, pregunto, camino un poco más y vuelvo a preguntar. Cuando creo que estoy en el punto adecuado espero atento a que pase el 519, circulan decenas de buses, se cruzan unos con otros, se bocinan incesantemente, frenan, echan humo, traquetean, están pintados de colores vivos, algunos van tan llenos que los pasajeros parecen salir por las ventanas, pero en otros más holgados veo cholas de sombrero bombín sentadas con el rostro curtido y la mirada perdida. Me equivoqué, el 519 no pasa por aquí, sino por debajo del puente y para en la plazoleta, allá, siguiendo por esa calle en bajada como a unas cuatro cuadras adelante. Hace calor, comienzo a cansarme por la falta de oxígeno (la altura), veo un montón de taxis esperando clientes, los evalúo seguros y le pregunto a uno de sus conductores cuánto me hace hasta Villa Adela, regateo, acordamos dieciséis bolivianos y aliviado me acomodo en el asiento trasero.

Rápido distingo el primer cholet. El taxista me dice que están por todos lados, que le gustan mucho y que son de gente de mucha plata. Rodeamos el aeropuerto, recorremos anchas y largas avenidas, el bullicio va amainando, el tráfico se hace menos denso, la pobreza va quedando atrás y en menos de veinte minutos nos detenemos en la plaza de Villa Adela. Las calles lucen vacías, los comercios aún no abrieron y los muchachos enmochilados van camino de sus escuelas y liceos. Lo que sí está en plena actividad es la construcción. Edificios naciendo por doquier y obreros concentrados en darle a la maceta, midiendo con el metro, manejando una grúa, revistiendo paredes o amurando aberturas. Visten con buenos uniformes, están protegidos con los elementos de seguridad necesarios y parecen formalizados. Todo en Villa Adela transmite prosperidad: sus calles son nuevas, no hay basura acumulada, las casas son amplias y no se ve miseria. Llegué al refugio de la nueva burguesía aymara, allí donde se inventaron los cholets que sorprenden al mundo. En uno de ellos a medio construir hay una heladería desierta en la planta baja; le pido a la muchacha que atiende uno de fresa.

Humillación y racismo

Hay al menos cuatro fuentes relevantes para comprender el significado de estas construcciones: en primer lugar lo que quiso transmitir su creador, en segundo término lo que piensan y sienten sus dueños que las habitan y, complementando los dos anteriores, lo que otros no involucrados directamente ven en ellos incluyendo al público y los críticos más especializados; finalmente con estos tres universos de significado, podremos proponer una interpretación desde la teoría de la cultura de la transculturación.

En diversas entrevistas concedidas por el arquitecto Freddy Mamani hay ciertos motivos que suele destacar para construir estos edificios. No es menor en ellos el propio origen del profesional puesto que Mamani es él mismo un aymara: "Soy creador de la arquitectura andina en Bolivia. Me gustaba jugar de niño con barro haciendo pequeñas ciudadelas, carreteras, plazas, edificios de barro y piedra. Tengo en la familia la cultura aymara; no hemos sido tomados en cuenta los aymara años atrás, estábamos bastante aplastados, humillados, discriminados, digamos tomados como de segunda categoría. La cultura aymara tiene su propia lengua, su propia danza, su propia cultura, música y ahora, porque no decirlo, tenemos nuestra propia arquitectura también. Viene de una fusión de dos elementos. El primer elemento han sido las iconografías andinas de Tiahuanaco, esos diseños geométricos que vemos en las ruinas. Utilizamos además colores encendidos, colores vivos, las culturas bolivianas no tenemos miedo a mostrar nuestros colores. Esta nueva arquitectura está cambiando la ciudad de El Alto. En nuestras avenidas y jardines predomina el gris; entonces nosotros estamos dando color con la arquitectura y queremos embellecer un poco más la ciudad mirando al futuro. Porque si uno no ve su pasado no sabe donde está. Para mí esta arquitectura tiene su propio lenguaje, su propia esencia podíamos decir, y a través de la arquitectura estamos mostrando lo que somos, lo que queremos y lo que tenemos"

Es muy significativo el cambio económico en Bolivia y en particular en La Paz y El Alto luego de que asumiera Evo Morales como presidente en el año 2005. Muchos lo catalogan como un boom económico que ha tenido impactos enormes en el poder de consumo de la población y ha enriquecido a un sector de comerciantes aymaras que desplegaron redes globales con China. Esta acumulación de riqueza originó una nueva burguesía que, impulsada por su poder material y el reencuentro con sus raíces identitarias, quiere dejar su huella en la historia del país a través de sus ampulosas viviendas. Atrás quedó el pudor de mostrar la riqueza, aunque ésta se manifieste en una zona aún mayormente pobre. La idea para ellos puede resumirse así: los aymara han sido humillados durante siglos de racismo, su cultura denigrada y denostada, sus antepasados sufrieron la pobreza y la discriminación, creen que ha llegado el momento de revertir esta historia, mostrar que tienen poder económico y además una personalidad que les impulsa a materializar su identidad a través de obras que los representen.

El comerciante aymara Rosalío Vera regresó a Bolivia luego de un período como emigrante en Buenos Aires y construyó su cholet de seis pisos en El Alto. Afirma que su país está creciendo económicamente y por eso volvió dejando atrás la inestabilidad argentina donde residió veinte años. Ahora que tiene dinero y es un próspero comerciante textil, cumplió su deseo.
"Esta casa es para hacer negocio y para vivir. La primera planta son tiendas, después está el salón, después dos pisos de departamentos para alquilar y luego el dúplex donde viviremos. Desde chico siempre quise tener una casa grande para toda la familia".

Yolanda Salazar ha escrito el libro Arquitectura emergente: Una nueva forma de construir imaginarios urbanos en El Alto y comenta que "las significaciones que los propietarios atribuyen a los detalles y colores asignados a los diferentes espacios tienen una propia significación, una construida por el propietario, la familia y la experiencia de vida”. Por ejemplo la forma del diamante fue elegida por una familia porque simboliza "el poder económico que llegó a tener”. Y en otro caso un dueño eligió el color rojo "porque vio en China que se utiliza este color, sobre todo, en grandes construcciones que costaron mucho dinero como los palacios chinos”. Entre los motivos que predominan están la cruz andina o chakana de doce puntos, los círculos, ambos de mucha tradición en la cultura andina. No obstante, también están aquellos que quieren romper con esa repetición e incorporan símbolos totalmente contemporáneos. Un cholet incluyó en su fachada la cara de Optimus Prime, el personaje de Transformers, pues para él esta película fue muy significativa y además lo fue para sus hijos; al utilizar esta cara sella una cierta alianza familiar. Otro edificio incluyó platillos voladores en el enorme salón de fiestas porque su dueña también estaba cansada de repeticiones y quiso distinguirse con esta ocurrencia.

Es evidente el esfuerzo por lograr la distinción haciendo explícito el capital que se posee. No se está muy lejos de la reacción tan común en occidente que caracteriza a la nueva burguesía cuando se enriquece rápido y exagera en el consumo conspicuo. Si bien Mamani intenta darle a sus obras una significación más cultural e identitaria asociada a la cosmovisión e historia aymara, lo que predomina en estos breves relatos de los comerciantes propietarios es la identidad asociada al objeto material, al negocio y el deseo de mostrar poder económico en medio de un mar de miseria urbana.

La población que vive en los alrededores ve con buenos ojos estos edificios, pues traen visibilidad al barrio, llaman la atención del mundo, generan trabajo para la comunidad. Además incorporan espacios para alquilar como tiendas, salones de fiestas, e incluso en algunos edificios canchas de fútbol. Y, como integrantes destacados de su comunidad, los dueños y sus familias extensas continúan vistiéndose con el estilo típico aymara.

Los arquitectos son escépticos. La mayoría no ve con buenos ojos estos inventos. Los perciben como artificiales, estéticamente desagradables, completamente fuera de la tradición andina y no entienden que sean una buena solución habitacional. "Hablan de una arquitectura andina y que su origen es Tiawanaku, dicen esas cosas, pero no las demuestran; eso es un discurso que provoca que haya gente que crea eso... Esta arquitectura no representa para nada a nuestra arquitectura, es decir, desde el punto de vista del análisis de lo que es Tiawanaku" afirma Roberto Moreira entrevistado por Yolanda Salazar.

Si bien hay algunos arquitectos que al menos reconocen que no pueden ignorar la importancia de este nuevo estilo, cuya presencia irrumpió con fuerza y desafía totalmente las convenciones de su profesión, muchos no la aceptan y la rechazan, pues la consideran una decadencia estética.

Transculturación

Fernando Ortiz acuñó el neologismo transculturación, utilizado por primera vez en su libro Contrapunto cubano del tabaco y del azúcar publicado en 1940: "Entendemos que el vocablo transculturación expresa mejor las diferentes fases del proceso transitivo de una cultura a otra, porque éste no consiste solamente en adquirir una cultura, que es lo que en rigor indica la voz anglo-americana aculturation, sino que el proceso implica también necesariamente la pérdida o desarraigo de una cultura precedente, lo que pudiera decirse una parcial deculturación, y, además, significa la consiguiente creación de nuevos fenómenos culturales que pudieran denominarse neoculturación" .

Angel Rama en su libro Transculturación narrativa en América Latina comenta sobre este concepto de Ortiz: "Esta concepción de las transformaciones (aprobada entusiastamente por Bronizlaw Malinowski en su prólogo al libro de Ortiz) traduce visiblemente un perspectivismo latinoamericano, incluso en lo que puede tener de incorrecta interpretación. Revela resistencia a considerar la cultura propia, tradicional, que recibe el impacto externo que habrá de modificarla, como una entidad meramente pasiva o incluso inferior, destinada a las mayores pérdidas, sin ninguna clase de respuesta creadora. Al contrario, el concepto se elabora sobre una doble comprobación: por una parte registra que la cultura presente de la comunidad latinoamericana (que es un producto transculturado y en permanente evolución) está compuesta de valores idiosincráticos, los que pueden reconocerse actuando desde fechas remotas; por otra parte corrobora la energía creadora que la mueve... Es justamente esa capacidad para elaborar con originalidad, aún en difíciles circunstancias históricas, la que demuestra que pertenece a una sociedad viva y creadora, rasgos que pueden manifestarse en cualquier punto del territorio..." .

Alberto Moreiras es contundente en su texto "El conflicto en la transculturación" cuando escribe: "no hay cultura latinoamericana sin transculturación, de la misma manera que no hay capitalismo sin acumulación originaria".

Estas reflexiones aportan tres ideas principales. En primer lugar reconocer que las culturas son estructuras de significado en permanente transformación, aún las antiguas que parecían más estables en el tiempo. En el mundo actual, al interactuar con la modernización o con la globalización contemporánea, el cambio se acelera. En este proceso de cambio se dan varios fenómenos: uno es la deculturación, o sea lo que se pierde o queda en la sombra; el otro es la neoculturación, lo que se incorpora; y por último está lo que permanece y continúa vigente. El resultado de todos estos procesos es la transculturación, nuevas formas culturales que son consecuencia de pérdidas, incorporaciones y permanencias. En segundo lugar estas innovaciones no son pasivas, sino que son resultados de un proceso creativo en el que las personas descartan elementos y significados altamente valorados por sus antecesores, incorporan nuevos elementos que suelen ser influencias externas, y de esa interacción entre el olvido, lo nuevo y lo que deciden mantener emergen formas culturales (materiales e inmateriales) desconcertantes en un primer momento. En tercer lugar todo esto nos pone en tela de juicio el criterio de autenticidad para interpretar cualquier símbolo cultural contemporáneo porque todas son transculturaciones, todas son consecuencia de estos movimientos, reinterpretaciones, determinaciones del mercado, influencias de los medios de comunicación y de la industria del entretenimiento, disputas de poder, deseos de distinción, resistencias, heridas, humillaciones, imaginación y creatividad.

Orgullo identitario

El barrio de Villa Adela en El Alto, el que más cholets tiene construidos, cuenta con al menos veinte, el barrio 16 de julio ya lleva otros diez, y en total se han construido aproximadamente un centenar de cholets, la mayoría en El Alto. Esta ciudad se formó por la migración de campesinos indígenas del medio rural al urbano y en un crecimiento explosivo ya cuenta con más de un millón de personas. Se caracterizó por un nivel de precariedad laboral muy pronunciado con altas tasas de informalidad, escasa infraestructura pública, viviendas pobres casi sin terminación exterior. Es un reducto urbano de población indígena proveniente del medio rural. El Alto fue abandonado por el Estado boliviano, creció desordenada y espontáneamente, y se identificó con la cultura aymara. Hace unos pocos años la ciudad fue integrada con el modernísimo aerocarril que la une a La Paz, y junto al éxito económico de una nueva burguesía aymara y a la transformación del país durante el período reciente del primer presidente indígena, también de origen aymara, la ciudad y sus habitantes han desarrollado un orgullo y un sentido de pertenencia nuevo, pero que los conecta también con la línea histórica de su pasado y la herida colonial.

Los protagonistas de la nueva arquitectura cholet son "mercaderes aymaras urbanos del siglo XXI" afirma Salazar, que hicieron bastante dinero, muchísimo en relación a su pasado reciente y su contexto histórico y social, aunque no tanto cuando se los pone en relación a los ricos en el continente. Están conectados globalmente porque viajan constantemente a China, Argentina, Brasil, y aún así desarrollaron un sentimiento de orgullo identitario expresado en su manera de vestir, en su permanencia en el barrio, en su no desear convertirse en blancos, en su arraigo con la comunidad a la que se sienten ligados. El sociólogo Fernando Untoja concluye que esta nueva arquitectura es el deseo de marcar en el espacio urbano "dónde está un comerciante aymara del siglo XXI" . Efectivamente, quien ve un edificio con este estilo sabe inmediatamente quién reside allí, qué actividad tiene, cuál es su poder económico, y cuál es una parte fundamental de su identidad y de lo que quiere ser. Han logrado ser locales porque valoran muchas de las tradiciones sociales y culturales de su contexto, y globales por su conexión económica con China. Y por su fuera poco, sus edificios transculturados trascendieron fronteras.

BIBLIOGRAFÍA

-Buildiing Bolivian Identity with Psychedelyc Arquitecture, (https://vimeo.com › Great Big Story › Videos), 24 mayo 2016.
-Moreiras, Alberto (2001). "El conflicto en la transculturación"; en Mario Valdés y Djelal Kadir (eds) The Literary history of Latin America: A Comparative History of Cultural Formation, Cambridge Univ Press.
-Ortiz, Fernando (1978, original de 1940). Contrapunto cubano del tabaco y del azúcar, Biblioteca Ayacucho, La Habana.
-Rama, Angel (1982). Transculturación narrativa en América Latina, Siglo XXI, México.
-Salazar, Yolanda (2016). Arquitectura emergente: Una nueva forma de construir imaginarios urbanos en El Alto, Plural Editores, La Paz, Bolivia.
-Szurmuk, Mónica y Robert McKee Irwin (2010). Diccionario de Estudios Latinoamericanos, Siglo XXI, México.
-Thurmin, Judith y Peter Granser (2015). "High Aspirations. Freddy Mamani Silvestre's Dream Houses in the Sky", The New Yorker, 21 diciembre.

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