TEXTOS DE UMBERTO ECO (1932-2016)

Curiosas confesiones

A poco de fallecer lo recordamos en su eterno diálogo con el lector, siempre sutil, inteligente, irónico.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Umberto Eco

NO ME CUENTO entre los malos escritores que dicen que solo escriben para sí mismos. Lo único que los escritores escriben para sí mismos son las listas de la compra, que les ayudan a recordar lo que tienen que comprar y pueden tirar después. Todo el resto, incluidas las listas de la lavandería, son mensajes dirigidos a alguien. No son monólogos; son diálogos.

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TODO libro científico debe ser una especie de historia policíaca, el relato de la búsqueda de algún Santo Grial. Y creo que eso es lo que he hecho desde entonces en todas mis obras académicas.

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LA NOVELA La isla del día de antes se basó en una serie de restricciones temporales. Por ejemplo, quise que mi héroe, Roberto, estuviera en París el día de la muerte de Richelieu (el 4 de diciembre de 1642). ¿Era necesario para Roberto presenciar la muerte de Richelieu? En absoluto; mi relato habría sido el mismo si Roberto no hubiera visto a Richelieu en su lecho de muerte. Además, cuando introduje esa restricción no pensé en su posible función. Simplemente, quise describir a Richelieu a punto de morir. Fue puro sadismo.

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CUANDO El nombre de la rosa se tradujo en cierto país del bloque del Este, mucho antes de la perestroika, el traductor me llamó y me dijo que la referencia que abre la novela a la invasión de Checoslovaquia por parte de Rusia podría causar problemas. Respondí que no aprobaba modificación alguna de mi texto, y que si lo censuraban de cualquier manera, pediría responsabilidades al editor. Luego, en broma, añadí: "Menciono Praga al principio porque es una de mis ciudades mágicas. Pero también me gusta Dublín. Ponga Dublín en lugar de Praga. No hay ninguna diferencia". El traductor protestó: "¡Pero Dublín no fue invadida por los rusos!". Y yo repliqué: "No es mi culpa".

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CONOZCO mejor a Leopold Bloom que a mi propio padre. ¿Quién podría decir cuántos episodios de la vida de mi padre me son desconocidos, cuántos pensamientos de mi padre no fueron nunca revelados, cuántas veces ocultó sus dolores, sus dilemas, sus debilidades? Ahora que se ha ido, probablemente no descubriré nunca esos aspectos secretos y quizá fundamentales de su ser. Como los historiadores descritos por Dumas, medito y medito en vano sobre ese amado fantasma, para mí perdido para siempre. En contraste con ello, sé todo lo que necesito saber de Leopold Bloom, y cada vez que releo Ulises descubro algo nuevo sobre él.

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TRAS LA publicación de El nombre de la rosa, muchos lectores me escribieron diciendo que habían descubierto y visitado la abadía donde yo situaba mi relato. Muchos otros me pidieron más información sobre el manuscrito que menciono en la introducción del libro. En esa misma introducción, digo que encontré un libro desconocido de Athanasius Kircher en una librería de viejo de Buenos Aires. Hace poco —es decir, casi treinta años después de la publicación de mi novela—, un colega alemán me escribió diciendo que acababa de encontrar una librería de viejo en Buenos Aires en la que había un volumen de Kircher, y se preguntó si por casualidad se trataba de la misma librería y del mismo libro que menciono en mi novela.

No hace falta decir que me inventé tanto el plano como la localización de la abadía (aunque muchos de sus detalles estaban inspirados en sitios reales); que empezar una obra de ficción diciendo que uno ha encontrado un viejo manuscrito es un venerable topos literario, hasta el punto de que titulé mi introducción "Naturalmente, un manuscrito"; y que el misterioso libro de Kircher y la aún más misteriosa librería de viejo eran inventados.

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A PRINCIPIOS de los años sesenta escribí una carta a mi hijo (que en ese momento tenía 1 año) en la que le decía que en cuanto fuera posible, le daría un gran montón de armas de juguete con el fin de convertirle de mayor en un pacifista convencido. He aquí el arsenal que mencioné: "Así que te regalaré fusiles. De dos cañones. De repetición. Subfusiles. Cañones. Bazookas. Sables. Ejércitos de soldaditos de plomo en uniforme completo de batalla. Castillos con puentes levadizos. Fortificaciones a arrasar. Casamatas, almacenes de pólvora, destructores, cazas. Ametralladoras, dagas, revólveres. Colt y Winchester. Fusiles Chassepot, del 91, Garands, cartuchos, arcabuces, culebrinas, tirachinas, ballestas, bolas de plomo, catapultas, aviones Firebrand, granadas, espadas, picas, arietes, alabardas y anclas de escalada. Y piezas de ocho, como las del capitán Flint (en memoria de Long John Silver y Ben Gunn), puñales, como los que le gustaban tanto a Don Barrejo, piezas toledanas para dar con ellas el golpe de las tres pistolas y dejar seco al marqués de Montelimar, o usar la finta napolitana con la que el barón de Sigognac fulminaba al primer rufián que se atreviera a robarle a su Isabella. Y luego hachas de batalla, partisanos inmisericordes, krises, jabalinas, cimitarras, dardos y bastones como el que John Carradine sostenía cuando se electrocutó en la tercera vía, y quien no se acuerde, peor para él. Y alfanjes que harían palidecer de envidia a Carmaux y Van Stiller, y pistolas con arabescos como jamás vio Sir James Brook (de otro modo no se hubiera rendido ante el sardónico, enésimo cigarrillo del portugués), y estiletos de hojas triangulares como la que usó el discípulo de Sir William, cuando el día se apagaba suavemente sobre Clignancourt, para matar al asesino Zampa, quien mató a su propia madre, la vieja y sorda Fipart. Y peras vaginales, como las que introdujeron en la boca del carcelero La Ramée mientras el duque de Beaufort, los pelos de su barba cobriza aún más fascinantes gracias a los constantes cuidados de un peine de plomo, se alejaba degustando ya la futura ira de Mazarino. Y bocas de cañón con agujas, para ser disparadas por hombres de dientes con manchas rojas de betel, y pistolas con culata de madreperla, para ocuparse de corsarios árabes de pelo brillante y piernas nerviosas, arcos efectivísimos, que ponen verde al sheriff de Nottingham, y cuchillos de escalpar, como el que Minnehaha seguramente usó o (ya que eres bilingüe) Winnetou. Pequeñas pistolas planas, de frac, para golpes de ladrón gentilhombre, o pesadísimas Luger que ocupan todo el bolsillo o llenan toda una axila a lo Michael Shayne. Y más fusiles. Fusiles, fusiles de Jesse James y Wild Bill Hickok o de Sambigliong, de avancarga. En otras palabras, armas. Muchas armas. Esto te traerán tus navidades".

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A MENUDO los autores dicen cosas de las que no son conscientes; solo después de recibir las reacciones de sus lectores descubren lo que han dicho.

El autor.

UMBERTO ECO (1932-2016), novelista, ensayista, filósofo y experto en semiótica recién fallecido. Se convirtió en celebridad con la novela El nombre de la rosa (1980), llevada al cine por el director Jean-Jacques Annaud (1986) y protagonizada por Sean Connery. Los textos adjuntos fueron tomados de Confesiones de un joven novelista (Lumen, 2011).

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