SHAKESPEARE LEYENDO A CERVANTES

La búsqueda continúa

Es una obsesión recurrente en la historia de la literatura: encontrar las pruebas detrás de una obra llamadaCardenio, de 1613, que uniría los destinos de dos genios.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Cardenio y Dorotea, por Gustave Doré

Gracias a una pieza teatral cuyo texto no fue conservado, sabemos que Shakespeare conoció la obra de Cervantes y pudo haber leído el Quijote. Al menos, se habría servido de un pasaje para componer una obra titulada Cardenio en coautoría con John Fletcher (ver El País Cultural N° 832 y 1259). Los derechos se registraron en 1613 y fue dos veces representada ese año por la compañía de los King’s Men. Se conserva el recibo de pago de esos derechos, así como un listado de obras cuyo permiso de publicación fue solicitado en 1653 por el librero Humphrey Moseley. Aunque la búsqueda del manuscrito —una verdadera obsesión de la historia de la literatura— ha sido infructuosa, Lewis Theobald, editor de Shakespeare, afirmó en 1728 poseer tres copias de 1613, en los que se basaría su adaptación.

Hubo versiones francesas de la historia de Cardenio y de otros pasajes del Quijote —como la "Novela del Curioso Impertinente"— adaptados para teatro en fechas anteriores al registro de Shakespeare y Fletcher. En Inglaterra, Thomas Shelton tradujo el primer Quijote en 1612; dos versiones de la historia de Cardenio se representaron en la corte en el mismo 1613, y hay alusiones a tramas y personajes cervantinos en las obras de Ben Jonson, Thomas Middleton y anteriores del propio Fletcher.

En los últimos años, Roger Chartier ha estudiado el caso de esta obra perdida que da cuenta de migraciones narrativas y transformaciones textuales, que desveló a muchos estudiosos de Shakespeare y que conecta, por un delgado y misterioso hilo, a dos de los escritores más importantes de todos los tiempos.

DEL HILO AL OVILLO.

El texto fantasma aportaría la versión shakesperiana de un pasaje muy célebre del Quijote en el que aparece el personaje de Cardenio, con la razón extraviada por su amor desdichado a Luscinda, a quien ha desposado Don Fernando, su amigo y señor. Sumiso, incapaz de reaccionar a la traición, Cardenio se castiga a sí mismo, apartándose de la vida social, se echa al monte de Sierra Morena viviendo de lo que consigue o roba a los cabreros que pastorean por allí.

La historia de Cardenio se presenta gradualmente en el libro de Cervantes. Don Quijote y Sancho encuentran una mula muerta y una maleta con un cuadernillo de notas con cartas y poemas. Por el hilo que tienden esas pistas se sacará, según adelanta Sancho, "el ovillo de todo". Luego los cabreros ofrecen un retrato de Cardenio, "el roto de la mala figura", que espejará al otro loco, el "triste" Don Quijote. Cardenio se aparece después harapiento ante Don Quijote y Sancho para contar su caso por etapas, ya que un rasgo de su locura es la cólera que le sobreviene si alguien interrumpe su discurso, cuando desaparece entre los matorrales, dejando a los oyentes en ascuas. El roto trae una historia rota también, que no puede recomponer tampoco en su interior.

El abrazo de Don Quijote y Cardenio es uno de los momentos más conmovedores de la obra, entre otras cosas por los contenidos irrecuperables que encierran el cruce de miradas y el silencio con que ambos se reciben. El narrador no repone el sentido de ese reconocimiento mutuo, apela al gesto íntimo que informa la sorpresa y la intuición de empatía ante el misterio del otro cerrado en sí mismo, que apenas deja salir —en el síntoma— destellos de su sufrimiento.

Otros personajes vinculados a Cardenio harán su aparición en los capítulos siguientes: amores cruzados, trampas, ocultamientos y malentendidos involucrarán a Don Fernando, Luscinda y Dorotea, e insumirán buena parte de los capítulos 23 al 47 del primer Quijote. La intriga tiene mucho de comedia y tuvo fortuna en el teatro: falsas bodas, huidas, disfraces, persecuciones, reconocimientos. Los escollos que tensaban la idea del amor mutuo y la conveniencia matrimonial, sorteados para alcanzar los respectivos finales felices, harían las delicias del público.

DERIVA RIOPLATENSE.

Carlos Gamerro (Buenos Aires, 1962) ha traducido a Shakespeare y dedicado páginas ensayísticas a la obra de Cervantes. Como novelista con formación académica afrontó el riesgo de ocuparse del desaparecido Cardenio de Shakespeare y Fletcher, sin exactamente "volver a escribirlo" (como pudo pretender el desesperado Pierre Menard), pero tampoco eludiendo del todo ese desafío. Desplegando distintas estrategias formales y con un sólido conocimiento de las obras y contextos (campos y relaciones literarias, época, variantes históricas de las dos lenguas, versificación) logra un resultado atractivo y en buena medida independiente del cogollo erudito que toma como punto de partida.

El Cardenio de Gamerro prescinde de un narrador, valiéndose de voces variadas y acercándose al formato de guión. Se compone de cartas, poemas, conversaciones, diálogos que corresponden a piezas teatrales insertas, intercalando aun comentarios de los espectadores. Estos materiales heterogéneos no se presentan, a su vez, de un modo estrictamente cronológico. Los hechos ocurren entre 1612 y 1616 pero hay incursiones a distintos momentos del pasado que involucran la vida y obra de Shakespeare, entonces ya un autor maduro y consagrado, y al complejo dúo formado por John Fletcher y Francis Beaumont. Esta relación poco discriminada, conocida por sus escritos en colaboración —algo habitual en el ambiente teatral londinense—, se despliega en este caso en una ambivalencia erótica por momentos torturante, que Gamerro vinculará hábilmente con la historia de Cardenio y con otro triángulo secretamente deseado, el que se desarrolla en la "Novela del Curioso Impertinente". Se trata de variaciones de las muchas que aparecen en la obra cervantina de la leyenda europea de los dos amigos, difundida gracias a Boccaccio, y que también tentó a Chaucer. Como en Cervantes, en el Cardenio de Gamerro hay varios triángulos que funcionan a la vez, solapándose en este caso en la amistad y en la cama, en la admiración literaria y en la coautoría.

De diversos modos, la novela se alimenta de la crítica e historia literaria. Se interesa por la leyenda que atribuye a Shakespeare la proeza de escribir el Tito Andrónico en una noche y hará de la cuestión otro nudo o desvío narrativo. Debate la influencia española en el teatro inglés y el nuevo gusto que hace lugar a la tragicomedia frente a la trágica "sangría" acostumbrada en las tablas de Londres.

El texto de Gamerro plantea versiones argumentales del Cardenio perdido mediante las conversaciones entre Fletcher y Shakespeare, así como las que se dan entre Fletcher y Beaumont, o incluso entre Beaumont y Shakespeare, estas solo aludidas. Algunas serán desechadas y otras prosperarán y alcanzarán la legitimación cuando el lector accede a su representación, que ofrece el cierre de la forma "definitiva" de la comedia. En el devenir de su concepción, Shakespeare introduce agregados en la trama propios de la leyenda de Don Juan —asimilado en su imaginación creativa a Don Fernando—, y extensas citas de El burlador de Sevilla, otro clásico cuya autoría y fecha permanece borrosa. Esto abre una nueva zona propicia a la especulación sobre migraciones de textos y prelaciones, y permite calibrar la monstruosidad de Shakespeare, aprovechador omnívoro de todos los materiales, capaz de pescar ideas en el aire (incluso el Quijote, que dice haber soñado y luego admite haber hojeado con gusto y críticas varias), así como de escribir el Tito Andrónico en una sola noche o en una semana, lo mismo da.

La personalidad de Cardenio es la más desarrollada en todos sus matices y posibilidades: la cobardía, la pulsión escópica, la traición a sí mismo. Y sobre todo, la bondad y mansedumbre, que en el libro de Gamerro terminarán asimilándose a Fletcher, el personaje más generoso y destellante.

CARDENIO, de Carlos Gamerro. Edhasa, 2016. Buenos Aires, 292 págs. Distribuye Gussi.

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