EL ENIGMA NAT TATE

Broma al juicio estético

Jugar una mala pasada a la crítica y a los que creen saber de arte. De eso trata este libro tramposo de William Boyd.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
William Boyd

NAT TATE nace en Union Beach, New Jersey, el 7 de marzo de 1928. No conoce a su padre quien, según diferentes versiones de su madre, Mary, fue un pescador de Nantucket, un buzo, un submarinista, un ingeniero naval o un marino mercante. La única parte de la historia que no varía es que el hombre murió por ahogamiento. Desde los tres años Nat vive en Peconic, Long Island, con su madre, en la mansión de los Barkasian, donde ella trabaja como cocinera. Mary muere atropellada por una camioneta de reparto en 1936 y Tate es adoptado por la familia Barkasian. Talentoso para el dibujo y la pintura, Tate estudia con Hans Hoffman en Provincetown, Massachusetts, del 47 al 50, y empieza a mostrar sus trabajos en Nueva York en 1952. Peter Barkasian, el padre de familia, se enamora de Nat, y compra la mayoría de sus obras, exhibiéndolas en la casa. Tate no tarda en convertirse en una figura de relieve en el ambiente artístico neoyorquino. Se vuelve amigo de Frank O’Hara, Janet Felzer, Willem de Kooning, entre otros. Se da al alcohol, su sexualidad es dudosa. El motivo más recurrente en su trabajo son los puentes. Su inspiración: el poema "El puente" de Hart Crane, dedicado al puente de Brooklyn. Viaja a Europa en 1959 donde se fascina con Braque y con el hecho de que el gran pintor estaba rehaciendo La Terrasse, una pintura que había comenzado hacía 11 años. A su vuelta, deprimido al reconocerse un artista mediocre luego de haber estado frente a un artista de verdad genial, reclama todos sus dibujos y pinturas de la galería de Felzer y a sus amigos con la excusa de que los quiere retocar. En lugar de hacerlo, los quema y destruye. Solamente sobreviven 14 de sus dibujos y pinturas, que ya figuraban en museos o galerías o estaban en manos de compradores desconocidos por él. Salta del ferry a Staten Island el 12 de enero de 1960 en imitación de Hart Crane, quien se suicidara de ese mismo modo, pero en otras aguas.

BROMA LITERARIA

El día de los inocentes de 1998 se organiza una fiesta en la casa de Jeff Koons a la que acude la crema de la intelectualidad neoyorquina: Julian Schnabel, Paul Auster, John Ashbery, Gore Vidal, John Richardson, entre críticos, marchands, periodistas y supermodelos. En esa fiesta se presenta el libro Nat Tate, Un artista americano, escrito por William Boyd. A su vez Gore Vidal, quien escribiera la contratapa del libro, dice unas palabras, también John Richardson, biógrafo de Picasso, que durante la reunión discurre sobre la amistad de Tate con Picasso y con Braque. Bowie y Boyd leen fragmentos del libro. Algunas de las 14 obras sobrevivientes de su autoría vuelven a aparecer. Cotizan a decenas de miles de dólares. Pocas semanas más tarde un tal David Lister llama a The Independent para avisar que algunos de los mayores nombres del mundo artístico han sido víctimas de una broma literaria. La historia es seguida por varios periódicos, incluido The New York Times. Al parecer, Nat Tate jamás existió, era una invención de William Boyd. Su nombre, una conjunción de The National Gallery y el Tate Museum. Se descubre que algunas de las pinturas atribuidas a Tate son de Boyd, y que las fotografías de Nat Tate y su familia son de personas desconocidas y pertenecen a la colección personal de Boyd. Karen Wright, la editora de 21 Publishing, compañía que publica libros de arte y de la que Bowie era co-director, admite el fraude y argumenta que no hay malicia detrás de la treta.

PISTAS ESCONDIDAS

En la versión traducida al español que lanzó Malpaso, Nat Tate, El enigma de un artista americano, uno se entera de la vida de Nat Tate, pero no sobre el hecho de que se trata de un fraude. El prólogo de Francisco Calvo Serraller discurre con claridad y precisión sobre la función del artista en la sociedad moderna, sobre las biografías de artistas y sobre la fiebre creativa de la ciudad de Nueva York tras la Segunda Guerra Mundial, pero no nos da la más mínima advertencia sobre qué es lo que vamos a leer. Las pistas están escondidas, diseminadas en la tapa y contraportada.

Para empezar está la palabra enigma como sutil variación del título original en inglés. Luego, en la contraportada, aparecen frases como éstas: "¿Pero quién fue Nat Tate? Esta pérfida biografía devela este borroso enigma. Porque el lector acaba contemplando un misterio que está fuera del libro o, dicho de otro modo, que está delante de sus narices." Y: "Ocurría, sin embargo, que aquellos cuadros tan festejados actuaban como perfectos trampantojos y que la auténtica creación era el guateque. También la delicada biografía que ahora se publica en castellano. ¿Una impostura para delatar las milongas que abundan en el juicio estético? ¿Una denuncia de las sublimes boberías dichas o escritas por tantos exquisitos?"

El mérito de este libro recae casi enteramente sobre el editor, sobre sus estrategias para presentar un libro que es un fraude sin delatarlo, y conseguir que el lector entre en la misma trampa que aquellos glitterati neoyorquinos en casa de Jeff Koons dándole, al mismo tiempo, pequeñas ventanas de oportunidad para escapar de ella. Es muy posible que un gran porcentaje de quienes vayan a leerlo, reseñistas de suplementos de cultura incluidos, no vayan a percatarse de la verdadera historia detrás del libro. Para averiguarla, el lector deberá convertirse en una especie de detective, y volverse inusualmente activo. Quizás —o sin quizás— esa haya sido la intención juguetona de la gente de Malpaso, que se adhirió al mismo espíritu lúdico que originara todo este asunto. Cabe preguntarse qué habría ocurrido con este libro antes de la era de Internet. El engaño habría sido difícil de develar, como sucedió de hecho allá en 1998, cuando hubo que recurrir a un tal David Lister para que sonara la campana.

Nat Tate, El enigma de un artista americano no será la primera biografía novelada de un artista ni el último fraude literario ni la última broma que se le intente jugar a los dueños del juicio estético. Su intención, desde un principio, trasciende lo estrictamente literario. La calidad del texto, por lo tanto, debe de ser juzgada en relación a eso. Si Nat Tate hubiese existido, si hubiese sido un hombre de carne y hueso que se dedicó el expresionismo abstracto en los Estados Unidos de las décadas de los 50 y 60, el libro de Boyd no pasaría de ser una breve monografía bien redactada con la función de rescatar a un artista del olvido. Es ahí donde Boyd da en el clavo y consigue que Nat Tate se vuelva verosímil: en el poco vuelo de la escritura, que apenas muestra signos imaginativos, y en esa brevedad lacónica que parece ir de la mano con la brevedad y el laconismo de la vida de su personaje. Parece mentira, pero también ese diminuto artificio psicológico de hacer que su personaje se suicide por ahogamiento, igual que su supuesto padre, igual que su poeta favorito, hace que todo resulte creíble.

NAT TATE, EL ENIGMA DE UN ARTISTA AMERICANO, de William Boyd. Malpaso, 2014. Barcelona, 89 págs. Distribuye Océano.

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