TEXTO de james joyce

Ser británico

El náufrago de la isla solitaria, Robinson Crusoe, posee un poderoso simbolismo imperialista.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Robinson Crusoe

La obra maestra de Daniel Defoe, Robinson Crusoe (...) presenta estudios y esbozos para aquella gran figura solitaria que obtuvo más tarde, con el aplauso de tantos corazones simples de hombres y de chicos, la ciudadanía del mundo de las letras. El cuento del marinero náufrago que vivió cuatro años en la isla solitaria nos revela, como ningún otro libro quizás en toda la larga literatura inglesa, el instinto cauto y heroico del animal racional y la profecía del imperio.

La crítica europea se afana desde hace varias generaciones y con una insistencia no del todo amigable por dilucidar el misterio de la inmensa conquista mundial llevada a cabo por aquella raza, que vive a duras penas en un islote del mar nórdico y no ha sido dotada por la naturaleza de la inteligencia del latino ni de la paciencia del semita ni del celo germánico ni de la sensibilidad del eslavo. La caricatura europea se divierte desde hace varios lustros en contemplar con alegría no exenta de desánimo a un hombre desmesurado de mandíbulas de macaco, de ropas a cuadros demasiado cortas y demasiado estrechas, de pies enormes o bien al tradicional John Bull, el pingüe granjero, de cara fatua y rubicunda como la luna llena y de sombrero de copa. Ninguno de estos dos fantoches habría conquistado en mil siglos un palmo de tierra. El verdadero símbolo de la conquista británica es Robinson Crusoe el cual, náufrago en una isla solitaria, con un cuchillo y una pipa en el bolsillo se convierte en arquitecto, carpintero, afilador, astrónomo, tahonero, constructor naval, alfarero, bastero, agricultor, sastre, sombrerero y clérigo. Él es el verdadero prototipo del colonizador británico como Viernes (el fiel salvaje que llega allí en un día infausto) es el símbolo de las razas sometidas. Toda el alma inglesa está en Crusoe: la independencia viril, la crueldad inconsciente, la persistencia, la inteligencia tarda pero eficaz, la apatía sexual, la religiosidad práctica y bien ponderada, la taciturnidad calculadora. Quien relea este libro simple y conmovedor a la luz de la historia subsiguiente no puede no experimentar su encanto fatídico.

San Juan Evangelista vio en la isla de Patmos el derrumbe apocalíptico del universo y el erguirse de las murallas de la ciudad eterna rutilantes de berilo y esmeralda, de ónix y de jaspe, de zafiro y de rubí. Crusoe no vio más que una maravilla sola en toda la creación fecunda que lo circundaba, la huella de un pie desnudo sobre la arena virgen: ¿y quien sabe si ésta no pesa más que aquella?

El autor.

James Joyce (1882-1941), autor irlandés cuya obra es considerada eje fundamental de la literatura del siglo XX. Escribió poesía, teatro, cuentos y tres novelas, Retrato del artista adolescente (1916), Ulises (1922) y Finnegans Wake (1939). Las dos últimas han sido recién traducidas por Marcelo Zabaloy al español rioplatense, y publicados por Cuenco de plata. El texto adjunto fue tomado de Escritos críticos y afines de James Joyce (Eterna Cadencia, 2016, traducción de Pablo Ingberg).

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