adelanto de libro

Los Barrett, historia de una familia

Llega La vida es tempestad, de Virginia Martínez, una investigación centrada en tres integrantes de la familia Barrett signados por la literatura, la revolución y la tragedia, de la que publicamos un adelanto.

Rafael Barrett a los 18 años en Madrid
Rafael Barrett a los 18 años en Madrid
Panchita con Álex Barrett
Panchita con Álex Barrett
Soledad Barrett
Soledad Barrett
La tempestad es vida. Historia de la familia Barrett
La tempestad es vida. Historia de la familia Barrett

El libro La vida es tempestad, publicado por Banda Oriental y que en breve llegará a librerías, narra la historia de Rafael, Álex y Soledad Barrett, tres generaciones de la familia Barrett, y a través de ella propone una travesía por las luchas políticas y sociales del continente sudamericano en el siglo XX. Rafael Barrett (1876-1910) abre la saga. Nacido en una aristocrática familia española llega a Asunción huyendo de un escándalo en la alta sociedad madrileña. Allí entierra a España, se hace escritor y luchador social. Celebrado en Montevideo por su trabajo periodístico, silenciado en su país de adopción por la injusticia social que denuncia, Barrett está considerado el creador de la crónica social latinoamericana y fundador de la cultura paraguaya contemporánea. Cualquiera de los más de quinientos trabajos periodísticos que escribió, según expresión de Carlos Vaz Ferreira, con la fiebre apresurada del artículo diario y en las más tristes condiciones materiales, son ejemplo de pensamiento contra corriente, de una singular amplitud de intereses y de la mejor literatura. En Asunción se casa con la joven Panchita López Maíz con quien tiene un único hijo, Rafael Alejandro, Álex.

Criado por su madre y las tías en la reverencia a la memoria de un padre a quien casi no conoció, Álex parte a Buenos Aires a estudiar en la Escuela Naval. Alumno destacado, íntimo amigo del futuro almirante Isaac Rojas, Álex pone fin a su carrera militar antes de empezarla. En el acto de graduación se niega a saludar a la bandera argentina, símbolo del país que liquidó a Paraguay en la guerra de la Triple Alianza (1864-1870). Combate en la guerra del Chaco, en la revolución de febrero de 1936, en la guerra civil de 1947 y se integra al Frente Unido de Liberación Nacional (FULNA), la organización que promovió el Partido Comunista Paraguayo contra la dictadura del general Alfredo Stroessner.

En 1961 Álex llega refugiado a Montevideo, donde se le unirán Panchita, su mujer Deolinda Viedma y la mayoría de los diez hijos que tuvo con ella, entre ellos Soledad. En julio del año siguiente, poco después de la condena a muerte y ejecución en Israel del criminal nazi Adolf Eichmann, un brote de violencia anticomunista y antisemita estalla en Montevideo. Un comando nacionalista de extrema derecha secuestra a Soledad Barrett, entonces de 15 años. Pretenden que grite “Viva Hitler Muera Fidel”. Como se niega, le tajean esvásticas en los muslos, caso que luego tuvo mucha repercusión en la prensa. Pero aquí apenas comienza el periplo de Soledad, que finalizaría de forma trágica en Brasil. 

Escrita a partir de entrevistas a protagonistas directos, cartas y relatos familiares, La vida es tempestad de Virginia Martínez transita del relato biográfico a la Historia y la crónica de época, apoyada en la investigación de archivos policiales, judiciales, y testimonios. Va a continuación un adelanto del libro:

Rafael

En el transatlántico inglés que zarpó de Southampton hacia Buenos Aires en octubre de 1903 viajaba Rafael Ángel Jorge Julián Barrett y Álvarez de Toledo, un dandy decidido a enterrar para siempre al Viejo Mundo. Cuando el navío cruzó el Ecuador y desde la cubierta los pasajeros pudieron contemplar la Cruz del Sur, a ese joven cosmopolita que había alternado casinos de Montecarlo con los mejores teatros madrileños, le quedaban solo siete años de vida aunque en realidad sería más cierto decir que Rafael Barrett recién estaba por nacer.

Casi un mes después de la partida, el barco alcanzó el primer puerto del nuevo continente. Rafael se aventuró en las calles de Recife, la primera ciudad sudamericana en la que hacía pie, la misma donde setenta años más tarde, trampas de la geografía o de la historia, será asesinada su nieta Soledad.

El buque hizo escala en Rio de Janeiro y en Montevideo y a principios de noviembre ancló en Buenos Aires. Evaporados los restos de la fortuna familiar, Rafael estaba arruinado. A los 27 años era, al decir del escritor Ramiro de Maeztu, un señorito despedido de su clase social. Una vida galante y vacía, un par de artículos científicos, algunas cartas en la prensa y el eco de un breve pero ruidoso escándalo en la alta sociedad eran las huellas que había dejado su paso por Madrid.

Rafael nació el 7 de enero de 1876, en Torrelavega, provincia de Santander. Pertenecía a una familia aristocrática pero no principal. Su madre era española y estaba lejanamente emparentada con la duquesa de Alba; el padre, británico y caballero de la corona de Inglaterra, se dedicaba a las finanzas. Las pocas fotos que se conservan de Rafael lo muestran -aún no ha cumplido dos años- con traje de marinero, con los padres en París o veraneando en la costa atlántica francesa.

La escuela lo arrancó de la protección del hogar para lanzarlo a un mundo hostil donde reinaba el maestro y el presbítero, en cuyos ojos, escribió más tarde, había solo furia e ignorancia. En los patios de la escuela cientos de niños rezaban el padrenuestro alineados en formación, bajo golpes e insultos: “orden, borricos”, “te he de matar, sinvergüenza”, amenazaba el cura alzando la regla.

Años después evocó con ironía el absurdo de una educación en la que todo se aceptaba sin discutir a fuerza de autoridad. Para responder a la pregunta de qué forma tenía la Tierra, el método más eficaz que encontró un maestro fue recomendar a los alumnos que le miraran el bolsillo superior del chaleco donde se insinuaba la redondez de su reloj pero como el día del examen el hombre cambió el reloj por una caja de fósforos, los alumnos contestaron, sin excepción, que la Tierra era cuadrada.

Hizo los estudios secundarios en Francia y a los 18 años se inscribió en la Escuela de Ingeniería. Por ese entonces, aunque la Villa y Corte de Madrid tenía medio millón de habitantes, todavía era una aldea. A la capital iban desde los pueblos de provincia los que querían hacer carrera política o tenían pretensiones intelectuales. A Madrid, a triunfar. Sin embargo, los jóvenes provincianos no llegaban a la metrópolis moderna que los había seducido sino a una ciudad oscura, húmeda y hostil. (…) Los recién llegados revoloteaban en las redacciones de los periódicos con la ilusión de dar a conocer el genio de su pluma, ganarse un duro y saltar a la fama, o andaban en los corredores de las oficinas públicas y los ministerios tras el contacto que palanqueara la entrada a la burocracia del Estado. Rafael, en cambio, estaba a salvo de las peregrinaciones de esos proletarios intelectuales. Participaba de la bohemia madrileña, se dejaba ver en las tertulias de los cafés pero nada más extraño a él que la imagen del joven pálido que malvive en una bohardilla con que se ha retratado a los bohemios de aquellos años. Rafael habitaba una casa cómoda, viajaba a Londres y a París. Jugaba al tenis, era excelente esgrimista y un apasionado por la tauromaquia que podía largarse a Sevilla o a San Sebastián si la corrida le interesaba.

Al buen pasar de los Barrett, que le había permitido una educación esmerada, la vida mundana y el vestir elegante, sumaba el favor de la naturaleza. Así lo retrata Maeztu: “Las gentes de mi tiempo recordarán que hacia 1900 cayó por Madrid un joven de porte y belleza inolvidables. Era un muchacho más bien demasiado alto, con ojos claros, grandes y rasgados; cara oval, rosada y suave, como una mujer, salvo el bigote; amplia frente, pelo castaño claro, con un mechón caído de un lado. Un poquito más ancho de pecho y habría podido servir de modelo para un Apolo del romanticismo”.

A veces, por diversión, tocaba el piano en los prostíbulos mientras sus compañeros se entretenían con las pupilas en las habitaciones del fondo. Más frecuentes que las incursiones en el suburbio eran las noches de gala en el Teatro Real o la Filarmónica donde despertaba, a distancia, la admiración de las mujeres. Esas veladas le inspiraron un cáustico, también piadoso, relato de las infantas a las que tantas veces observó en la esclavitud que les imponía la etiqueta: “He visto su gesto fósil en los palcos reales (…) No les está permitido llorar, ni soltar la carcajada, ni aplaudir; cruzan las flacas muñecas sobre el vientre encorsetado y se petrifican en la inmemorial postura de las momias egipcias”. (…) Aunque no terminó los estudios de Ingeniería, obtuvo el título de agrimensor y alcanzó una sólida formación científica y matemática. El año que dejó Madrid comunicó al matemático francés Henri Poincaré que había descubierto la fórmula para determinar el número de los números primos inferiores a un límite dado. También publicó en la Revista Contemporánea un artículo sobre los postulados de Euclides y otro sobre el espesor y la rigidez de la corteza terrestre que habría dejado de boca abierta al antiguo maestro de la escuela primaria. Hablaba tres idiomas; era europeo por formación y a la vez, gravemente español. En Madrid iba a participar de la efervescencia intelectual y de la crisis de ideas del fin de siglo.

(tomado de La tempestad es vida, Historia de la familia Barrett, de Virginia Martínez, de próxima aparición en el sello Ediciones de la Banda Oriental)

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