TEXTOS

El arco de Tacuabé

En junio de 1832 llegan a Montevideo entre una quincena de prisioneros, cuatro indígenas a los que se les tenía por charrúas, los últimos vestigios de aquella raza que poblara la margen uruguaya del Río de la Plata. (...)

Ilustración: Maca.

Lauro Ayestarán

Estos cuatro indígenas eran: el cacique Vaimaca-Perú, el médico de tribu Senaqué, el joven guerrero Tacuabé y su mujer Guyunusa. Un antiguo capitán del Estado Mayor Francés llamado Curel, (...) logró autorización del gobierno oriental para transportarlos a Francia y exhibirlos allí con el objeto de dar a conocer a la ciencia antropológica europea los últimos ejemplares de una raza a punto de extinguirse, objeto éste que no eximía una secreta aspiración de obtener de paso pingües ganancias.

El 25 de febrero de 1833 se embarca Curel en Montevideo a bordo del brik "Pháeton" llevando consigo en bodega a los cuatro charrúas "en calidad de equipaje". El 7 de mayo desembarcan en Saint-Malo y trasladados de inmediato a París, el 8 de junio son visitados por primera vez por los Miembros de la Academia de Ciencias Naturales presidida por el eminente hombre de ciencia Geoffroy Saint-Hilaire. Expuestos luego a la curiosidad del público francés, previo pago de la entrada correspondiente -digamos también en beneficio de los franceses que esta exhibición fue condenada desde algunos periódicos-, el 26 de julio fallece de consunción Senaqué, y en noviembre el cacique Vaimaca-Perú. En ese lapso Guyunusa da a luz una niña -el 20 de setiembre del mismo año, según una notable descripción del parto registrada por Tanchou en la "Gazette des Hôpitaux"- y muere en Lyon un año más tarde, el 22 de julio de 1834, de tisis pulmonar. En ese mismo mes se pierde el rastro de Tacuabé y su hija nacida de Guyunusa.

(…) En julio de 1833 los miembros de la Academia de Ciencias Morales, deseando juzgar el efecto que la música producía en los charrúas, decidieron invitar a un conjunto de profesores de la Orquesta del Conservatorio de París y a su director el eminente compositor Cherubini para hacer "un rato de música" y observar luego las reacciones de nuestros aborígenes.

Entre los instrumentistas se hallaba nada menos que Toulou, el célebre flautista Jean-Louis Toulou (1786-1865), aquél a quien Lebrun dedicó su ópera "Le rosignol" especialmente para que su flauta maravillosa cantara el papel del ruiseñor (...).

En verdad que nuestros pobres charrúas no pudieron ser mejor servidos desde el punto de vista sonoro. Y en realidad hicieron a su manera los debidos honores a tan eminentes ejecutantes, porque saliendo de su habitual apatía, dieron en sus rostros señales de vivo interés y de entusiasmo, especialmente hacia el arte de Toulou.

Leamos esta sabrosa crónica de "Le National" del París de la época: "Se ha ejecutado primeramente, alejados de la presencia de los salvajes y fuera de la vista de ellos, un quinteto para cornos y trompetas a pistón que les ha sorprendido, porque ellos no esperaban esta armonía, pero no pareció causarles una viva impresión, por lo menos en lo que se refiere al cacique Vaimaca-Perú y al joven Tacuabé. Guyunusa y el viejo guerrero Senaqué han expresado en su fisonomía algunas señales de sensibilidad, particularmente el último, de ordinario bastante impasible. De inmediato los señores ejecutantes se aproximaron y tocaron en presencia de los indios algunos fragmentos de un estilo más alegre y un movimiento más vivo igual que al comienzo; entonces, los auditores del desierto parecieron mucho más animados; fueron sobretodo muy sensibles a algunos solos de flauta y trompeta que Toulou y uno de los profesores que les acompañaban tuvieron la amabilidad de hacerles oír". (...)

La otra referencia del breve tránsito de los charrúas por París, posee un interés fundamental. Tacuabé ha llevado consigo un extraño instrumento. Algo así como un "violín" construido por él, que es analizado esta vez con profunda seriedad por Dumoutier en un ensayo aparecido en el "Journal de la Societé de Phrénologie de Paris" de 1833, intitulado "Considérations phrénologiques sur les ttes de quatre Charruas".

"Si bien no fabrican más que los objetos que les son de primera necesidad, se encuentran también sin embargo, algunos otros de puro esparcimiento, tales como una especie de violín monocorde del que les he visto arrancar sonidos muy dulces y bastante armoniosos. Escogen una pequeña rama de árbol bastante recta; luego de haberle quitado la corteza hacen cerca de uno de sus extremos una pequeña hendidura circular; a diez pulgadas o un pie de distancia hacen otra semejante y cortan la varita cinco pulgadas más debajo de la segunda hendidura; éste es el mango del instrumento. Atan fuertemente de quince a veinte crines de cola de caballo de manera de formar un lazo que es atravesado por el bastón y que lo hacen subir más o menos hasta dos pulgadas de la hendidura inferior; la otra extremidad de las crines la fijan luego en la hendidura superior de modo que ella no puede soltarse. Para tocar esa especie de violín hacen doblar el bastón hasta que el haz de crines descienda hasta la hendidura inferior y permanezca tenso como la cuerda de un arco; toman el mango con la mano izquierda de manera que tres dedos les puedan servir de tacto para variar los sonidos, y fijan entre los dientes la otra extremidad del violín; una pequeña vara recta y lisa que mojan con saliva, es el arco que hace vibrar las crines y la abertura de los labios que abren y cierran como para tocar la guimbarda, les sirven para modular y variar el tono. Sobre tal instrumento es lógico pensar que el número de notas que se pueden obtener es bastante limitado; sin embargo da casi una octava y los aires que permite tocar son monótonos y poco variados y su compás es ordinariamente a tres tiempos".

El instrumento de Tacuabé no era otra cosa que un "arco musical", el primer cordófono que conoció el hombre.

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