CONJURANDO A EDUARDO GALEANO

Más allá de la seducción

Qué deja su obra para las nuevas generaciones. Un análisis de lo literario, de su aporte a la identidad latinoamericana, y de sus bemoles político-ideológicos.

Dibujo de Ombú
Dibujo de Ombú
Roberto López Belloso. Foto Marcelo Bonjour.
Roberto López Belloso. Foto Marcelo Bonjour.
Foto Archivo El País/ Mario Marotta
Foto Archivo El País/ Mario Marotta

Si la obra de Juan Carlos Onetti o Joaquín Torres García, por citar a dos artistas uruguayos reconocidos fuera de fronteras, tiene entre sus compatriotas un respeto casi unánime, no ocurre lo mismo con la obra de Eduardo Galeano (1940-2015), ni con el personaje Galeano. Cuando falleció hace dos años, Guillermo Zapiola anotaba en la página de Espectáculos de El País que mientras algunos lo saludaban con un "adiós Maestro" otros murmuraban "un zurdo menos".

En el mundo, sin embargo, los libros de Galeano se consolidan y trascienden los círculos habituales de izquierda. No sólo con el emblemático y algo vetusto Las venas abiertas de América Latina, que sigue siendo muy leído, o traducido y vendido en griego, árabe, coreano o japonés. La obra posterior, la de mayor carga poética que se inició con Memoria del fuego y continuó hasta su muerte, parece tener un contenido político-ideológico más difuso, hecho que le genera mayor simpatía entre las nuevas generaciones desencantadas de la política y que miran con sospecha los radicalismos de los años 60. Los adultos de países andinos que lo leyeron en la escuela o el liceo como texto curricular, y que hoy lo recuerdan con cariño, ven que sus hijos también lo leen, pero diferente. Sus frases son citadas en charlas motivacionales al más alto nivel empresarial. Todo esto ocurre en la cabeza de miles de lectores a los cuales parece caprichoso colgarles el cartel de "zurdos". En realidad parecen parte de una tendencia, un ladrillo más en el edificio de la identidad colectiva que ya no es sólo hispanoamericana, un mundo más sensible a las injusticias aunque huérfano de herramientas para comprender el origen del mal, el gran enigma. Para ellos las frases de giros sorprendentes y profunda sonoridad poética del último Galeano aportan un atisbo de comprensión, una guía para leer el mundo en medio de la incertidumbre.

De todas formas, sustraer a Galeano del terreno polarizado de la seducción o el desprecio suena a tarea titánica. Separar lo literario del aporte a la identidad latinoamericana, o meterse con los bemoles ideológicos y políticos de su obra, no es menor. También está lo periodístico. Los colegas que trabajaron con él en la revista Crisis o en el semanario Brecha lo recuerdan con cariño. Si la crítica lo rechaza y la academia lo desprecia, el periodismo nunca dejó de sentirlo como propio, como alguien surgido en su seno que no dejó de abrevar en él.

Es precisamente desde el periodismo que ahora se busca revisar y actualizar su obra con el recién publicado Eduardo Galeano, Un ilegal en el paraíso, editado por Roberto López Belloso, con la participación estelar de Sebastião Salgado, Elena Poniatowska y Joan Manuel Serrat, con prólogo del ex presidente de Colombia Ernesto Samper Pisano, pero sobre todo con el aporte de destacados periodistas del continente. El editor en la introducción aclara que buscó "pasar por el tamiz del periodismo aquellos temas que preocuparon y ocuparon a Galeano". López Belloso tuvo relación laboral con el autor y un trato cercano, siempre cordial, pero no se deja guiar por las emociones. Sabe que someter una obra a la revisión desde la realidad actual es criticarla, abrirla a nuevas interpretaciones.

UN CAMINO DISTINTO.

Cuando los enconos son grandes, nada mejor que los datos concretos para desactivarlos. Por eso López Belloso, intelectual, poeta premiado (Premio Nacional de Literatura 2015) y periodista de trayectoria que fuera Secretario de Redacción de Brecha, eligió un camino diferente para explorar su obra: el de la crónica. No es nuevo en el barrio. Ha estado vinculado a lo mejor de la crónica latinoamericana, a la generada desde esa usina que se conoce como Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, o a la revista Etiqueta Negra del exquisito Julio Villanueva Chang.

El libro Eduardo Galeano, Un ilegal en el paraíso abre con un perfil del propio López Belloso subtitulado de forma sugestiva "de cómo Galeano se convirtió en Galeano". En plan crónica, que no es otra cosa que articular, en una narración de corte literario, datos tomados de la realidad que resulten paradójicos o contradictorios (porque el ser humano es en esencia paradójico), ya eleva la nota desde la primera frase: "Eduardo Germán María Hughes Galeano recibió al nacer más nombres de los que necesitaba". Que publicó su primer dibujo a los 14 firmando Giús, que a los 19 intentó un suicidio y que "emergió del coma hospitalario como Eduardo Galeano", que a los 20 fue Secretario de Redacción del semanario Marcha, a los 24 director del diario Época, a los 27 había entrevistado al Che Guevara, a los 31 escrito Las venas abiertas de América Latina y a los 34 fundado la revista Crisis en Buenos Aires. "Pero todavía no era él" señala el editor.

El hombre que pensaba más rápido que sus congéneres comenzó a convertirse en el mito Galeano cuando, en un asado en las afueras de Buenos Aires, "comprendió que debía partir al exilio". Tenía 36 años. En su refugio catalán nacería el primero de sus libros del exilio, Días y noches de amor y de guerra, una saga que terminaría cuatro décadas más tarde con la publicación, apenas fallecido, de El cazador de historias. Un periplo de cuatro décadas donde destaca la trilogía Memoria del fuego y sus historias de amor, traición, abuso y explotación, resueltas con una voz poética única, donde los débiles y las víctimas son los eternos protagonistas. Son historias de revoltosos fallidos (José Artigas) o exitosos (George Washington), indígenas traidores (Malinche) y esclavos que luchan por su libertad en Surinam llamándose a sí mismos cimarrones. Son cientos de historias contadas en trazos simples, en breves párrafos que apenas llegan a ocupar una página, a veces media. La voz es clara, nítida, y envuelve al lector en una suerte de estado de gracia, pues Galeano ha montado el escenario y lo hace sentir protagonista de algo nunca contado, secreto, prohibido: la historia relatada por las víctimas, que callaron obligadas o por voluntad propia. Historias escuchadas con leve culpa, pues Galeano deja entrever que el lector fue actor involuntario en ese proceso (la energía de esa culpa es clave en el vínculo entre Galeano y sus lectores). El exilio, además, aportó otra novedad: esos lectores ya no eran solo latinoamericanos sino también europeos, norteamericanos, asiáticos. Por miles.

El perfil que traza López Belloso conjura a un Galeano de carne y hueso y prepara el terreno para lo que el lector recibirá a lo largo de las siguientes 250 páginas.

EL PESO DE LA CRÓNICA.

Muchos en Brasil creían que el pasado mundial de fútbol sería una revancha para exorcizar el maracanazo, el 2 a 1 de Uruguay en 1950, y que instaló eso que los brasileños llamaron "complexo de viralata" o complejo de perro callejero, de pararse frente al mundo como un ser inferior que no merece respeto. La goleada de 7 a 1 que les propinó Alemania promediando el mundial… ¿lo agravó? La ecuatoriana Sabrina Duque investiga en el capítulo 3 de Un ilegal en el paraíso la relación de Galeano con el fútbol. Lo titula "¿Hay vida después de Maracaná?" y explora las derivaciones actuales del asunto.

López Belloso acompaña el capítulo con recuadros (algo que también ocurre a lo largo de todo el libro) aportando contexto, comentando o vinculando los datos que aportan los cronistas con frases o párrafos concretos de los libros de Galeano. Sobre todo historias donde habla la gente común, aquellos que nunca son tomados en cuenta, por contraste a los grandes relatos épicos u "oficiales". Por ejemplo el Isaías Ambrosio que Galeano cita en Bocas del tiempo, un obrero que había podido ver la final de Maracaná "porque le habían dado una entrada por haber sido uno de los que levantaron las tribunas de Maracaná. Ambrosio no sólo no había podido olvidar la final perdida, como el Ivaldo Carvalho dos Santos de este capítulo de Sabrina Duque. El memorioso Isaías Ambrosio, como atado a una de las condenas del infierno de Dante, no podía evitar contar esa derrota, para sí mismo, en una noria interminable" cuenta López Belloso. Y cita un párrafo de Galeano en Bocas del tiempo: Ambrosio hablaba de esa derrota "paso a paso, sin olvidar ningún doloroso detalle, y con voz de locutor profesional gritaba el gol, o más bien lo lloraba, y volvía a llorarlo, como en la tarde anterior, y en la tarde siguiente, y en todas las tardes".

En otro recuadro de este mismo capítulo se aborda el delicado tema del uso de la fábula, de "una mentira que decía la verdad" en palabras de López Belloso. Tema que a este cronista le provocó un encono personal con la obra de Galeano que le duró años, por los hechos que cita para armar el relato "La pelota como bandera" (El fútbol a sol y sombra). Allí destaca, en varias líneas, el trágico destino de un equipo de fútbol ucraniano, el Dínamo de Kiev, quien en 1942 fue obligado a jugar un partido contra los nazis que ocupaban su país, con una consigna evidente. "Entraron resignados a perder, temblando de miedo y de hambre, pero no pudieron aguantarse las ganas de ser dignos" cuenta Galeano. Tras ganar "los once fueron fusilados con las camisetas puestas, en lo alto de un barranco, cuando terminó el partido". Años después, tras leer la investigación del periodista británico Andy Dougan (Dynamo: Defendiendo el honor de Kiev) este cronista supo que los hechos eran otros, que no hubo tal fusilamiento, que los partidos fueron varios, que algunos jugadores fueron más tarde asesinados o torturados o deportados a Siberia pero varios sobrevivieron para contar la historia.

Y este cronista estalló en furia. Entonces se lo contó a quienes amaban a Galeano y éstos lo miraron con cara de "no entendés…". Y se lo contó a los del otro bando y le dijeron "¿qué? ¿recién te enterás?" Años más tarde comprendió que en esencia la historia era la misma: prisioneros puestos en un campo de fútbol, mal alimentados, a jugar contra sus opresores, representantes del mal radical, desobedeciendo la consigna de colaborar. Los detalles no importaban. La fábula que contó Galeano tenía mentiras, pero en esencia era verdad; la que contó Andy Dougan contenía menos mentiras, quizá muy pocas por el rigor que impone la tradición de la biografía al estilo anglosajón. Pero aún así, ¿era toda la verdad?

El "estilo" Galeano tiene su centro en el capítulo 2, "La palabra perdida", escrito por el colombiano José Luis Novoa, quien rastrea el origen del término sentipensante, para muchos central en la filosofía del autor. Lo hace siempre en modo crónica, desde la realidad de la Colombia actual, donde aún flotan en el aire los enconos de proporciones bíblicas que tanta matanza trajeron. El capítulo 4, "Los guardianes de la montaña" del boliviano Álex Ayala Ugarte, explora el día a día actual de los mineros bolivianos, sus miserias y tragedias cotidianas, o el papel de la mujer. Como la Domitila de Memoria del fuego, mujer de un pueblo minero que tras una huelga de hambre volteó a una dictadura; o el holocausto indígena que conllevó la explotación de las minas de Potosí desde tiempos de la colonia. Otros capítulos abordan el tema de la esclavitud, su peso en la obra del autor, y sus secuelas actuales en las favelas de Río de Janeiro o el nordeste brasileño ("La boca que devoró al África", de Claudia Antunes). A su vez Daniel Gatti explora la relación de Galeano con los desaparecidos de las últimas dictaduras militares en el Río de la Plata. Tuvo amigos desaparecidos y vivió muy de cerca los reclamos de los familiares en la pos dictadura (en un recuadro Daniel dialoga con su hermano Gabriel Gatti, autor del notable El detenido-desaparecido, 2008, sobre los efectos del acto de desaparición en la identidad tanto personal como colectiva).También están las mujeres ("Sin deberle nada a nadie", de la mexicana Mónica Ocampo), la relación de Galeano con Paraguay ("Verde soja, rojo sangre", del paraguayo Andrés Colmán Gutiérrez), o su conexión con el medio ambiente y los abusos del hombre hacia su entorno ("Ese clima cada vez más loco", del peruano Joseph Zárate). Los textos poseen un notable vigor. Es la energía propia de la buena crónica, la que busca inmersión, que investiga, pregunta y reportea con voz propia y de forma incómoda.

En ese sentido las tres estrellas convocadas para Un ilegal en el paraíso, Elena Poniatowska, Sebastião Salgado y Joan Manuel Serrat, parecen acartonadas, como fuera de lugar. Sus recuerdos poco aportan a la comprensión del enigma.

LOS CULPABLES.

A pesar del enfoque arriesgado López Belloso no pisa en falso, lo cual es una proeza. Es común, a la hora de revisar a Galeano, que el crítico no acierte. Sucede cuando las aguas se dividen en buenos y malos: ciertos rituales parecen blindados a la mirada "otra", por pecaminosa.

Pero los tiempos cambian, y los esquemas que generaciones enteras instalaron para entender los hechos pueden parecer vetustos. Por ejemplo, el seguir percibiendo la realidad a través de la polaridad izquierda-derecha. Las nuevas generaciones suelen ser impiadosas. "Es cosa de viejos", dicen.

Algo de eso está ocurriendo con el legado de Galeano. Es el caso de Las venas abiertas..., libro que abusó de los simplismos y, a pesar de ello, logró instalar de forma poderosa ciertas ideas, como la existencia real y demostrable de un Holocausto indígena a manos de blancos y mestizos que duró siglos. Pero el libro pierde su magia cuando ingresa en el siglo XX. El esquema de malvados imperialistas y cipayos sometiendo a indígenas buenos y otros incautos falla a la hora de construir la realidad en toda su gama de matices. Ni que hablar del siglo XXI. Cuando Galeano decidió abordar los feminicidios de Ciudad Juárez, siempre leal a su defensa de las víctimas, percibió el agujero negro de lo inexplicable. No se detuvo y acompañó un notable libro de fotografías con textos de Charles Bowden y Noam Chomsky, Juarez: The Laboratory of Our Future, con un texto propio. Luego en España, en un encuentro sobre esos feminicidios, se paró ante cámaras con un cartel que denunció los crímenes de género de Ciudad Juárez. Y sin embargo algo no cerraba. La mirada de Galeano, sosteniendo el cartel, dejó entrever el desconcierto, la constatación de que el mal había mutado, era difuso, y que había que inventar nuevas herramientas para conjurarlo. Un territorio en el que ya había avanzado Roberto Bolaño con una novela total y maldita sobre esos feminicidios, 2666, que intentó conjurar todos los discursos y las buenas intenciones. Libro que muchos consideran el Ulises latinoamericano, por comparación con la magna obra de James Joyce que evitó los complots y se sumergió en el enigma, en una Irlanda sometida al imperialismo británico. 2666 es un libro arriesgado pues deja entrever que todos son parte del problema: los productos fabricados en la maquila de Ciudad Juárez están en casi todos los hogares del planeta.

Las venas abiertas..., a pesar de todo, no puede pasar como un mero accidente. Es parte de la identidad latinoamericana, guste o no. Galeano lo intuyó y manifestó su rechazo a Las venas abiertas... como forma de salvar al libro, devolviéndolo a su época. Ello ocurrió en 2014, luego de un demorado viaje a la Casa de las Américas cubana (2012), pilar fundamental en la difusión de su obra. Ese viaje a la isla aconteció luego de un distanciamiento que tuvo con Cuba, manifestado públicamente en Brecha ("Cuba duele"). Muchos en la izquierda no le perdonaron eso, mientras otros aún no le perdonan haber demorado tanto en criticar la falta de libertades en la isla, o nunca haberlo hecho para todos los países tras la Cortina de Hierro.

Las venas abiertas..., por su masivo alcance, merece ser analizado en el contexto de la Historia de las Ideas del continente, esas que buscaron explicar y comprender la situación de dependencia y explotación. Carlos Real de Azúa en un ensayo contemporáneo a ese libro titulado "Los males latinoamericanos y su clave" (del libro Historia visible e historia esotérica, Calicanto/Arca, 1975), cuenta que mientras en el siglo XIX la intelectualidad señalaba los males que frenaban el desarrollo latinoamericano como "rémoras" o "lastres", en el siglo XX pasaron a echarle la culpa a los "otros". Ese "otro" podía ser Europa o Estados Unidos. Entonces gana espacio la teoría de la conjura, también llamada "del complot como la clave única del atraso y la marginalidad latinoamericanas" señala Real de Azúa, quien identifica como principales voceros a Lucas Alamán, José Vasconcelos y Raúl Scalabrini Ortiz. Se trata "de una concepción de la acción histórico-social esencialmente esotérica" donde todos los acontecimientos importantes son resultado de decisiones de fuerzas ocultas, mencionadas por "Getulio Vargas en su emocionante carta-testamento del 24 de agosto de 1954". Las fuerzas ocultas podían ser naciones o ideologías y "su querer, sobre todo, se concibe cargado de una malignidad que es voluntad de dominio y voluntad de provecho invariables y casi ilimitadas". Fuerzas esotéricas que tienen poder de instigación, pues son capaces de manipular la voluntad de elementos nativos para que den la cara y dejen a los gestores extranjeros en la sombra.

Hablar de Las venas abiertas... como un libro esotérico no debería, a esta altura, avergonzar a nadie.

FRASES EN YOUTUBE.

El resto de su obra, ese extenso corpus de cuatro décadas posterior a Las venas abiertas... sigue siendo difícil de clasificar. Julio Cortázar le auguró a Galeano un futuro literario promisorio tras leer en 1977 la novela La canción de nosotros, pero faltaban varias décadas para que con el rótulo "prosa de contenido poético" se definiera un estilo donde obra y personaje se funden. Como las frases grabadas por él disponibles en YouTube, por ejemplo "La mujer sin miedo", con cientos de miles de reproducciones. Allí desarma un estereotipo de "hombre violento" y se compromete con una de las facetas más horrendas de la cultura actual y de todos los tiempos. O la energía que inyectaba a las multitudes en ceremonias públicas que eran casi misas seculares, en plazas o teatros abarrotados de lectores extáticos que lo escuchaban casi en trance, a veces con lágrimas, mientras él en el escenario, solo y sentado en una mesa, cual párroco austero, leía sus textos en una auténtica performance, proyectando más allá de él las palabras que había buscado de forma cuidadosa y que hermanaba en una sonoridad muy afinada, trabajando el ritmo, las pausas y los silencios. Era allí, sobre todo, donde su prosa se lucía, amparada por su carisma, por su seducción. Lo cual deja sobre la mesa una pregunta: luego de la seducción, ¿qué herramientas le quedan al lector para operar sobre la realidad? ¿O le queda un vacío? Ese es el gran misterio a resolver en la revisión crítica de su obra, sea por especialistas o lectores con sentido común.

Luego está la cuestión de su real incidencia en la identidad latinoamericana, es decir, si está presente en la forma cómo nos acercamos hoy a la realidad de los nadies, los relegados y soslayados, centrales en su obra, y que el libro de López Belloso conjura en parte. Homero Alsina Thevenet, que le perpetró hace 20 años una crítica irónica en estas páginas a un libro titulado Patas Arriba (1998), muy posterior a Las venas abiertas..., señaló que cuando Galeano "divide al mundo en Buenos y Malos incurre en una lectura deficiente de la realidad". Dos décadas más tarde esos esquemas blanco-negro pierden validez, la realidad estalla en toda su complejidad, y el mal se enmascara, asumiendo formas difusas. El propio Galeano, intuyendo el desmadre, se redefinió políticamente inscribiéndose entre los indignados, el movimiento surgido en España en 2011. Es desde allí que su obra de fuerte carga poética, siempre comprometida, tiene más posibilidades de seguir siendo útil a sus lectores.

EDUARDO GALEANO, UN ILEGAL EN EL PARAÍSO, editado por Roberto López Belloso. Siglo XXI, 2016. Buenos Aires, 304 págs. Distribuye América Latina.

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