EL PRIMER TRUMAN CAPOTE

Alabama en probeta

Se reveló de chiquito.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Truman Capote

Truman Streckfus Persons (1924-1984) dejó el apellido biológico para adoptar el de su padrastro a la edad de diez años, pero el proceso de cómo se convirtió en el gran Truman Capote insumió un tiempo más. Su historia oficial de escritor comenzaba en aquellos primeros relatos publicados en revistas como Mademoiselle o The Atlantic Monthly en la década del cuarenta (ejercicios estremecedores como el cuento "Miriam") y en la publicación temprana, a los veintitrés años, de la novela Otras voces, otros ámbitos (1948). Poco se sabía sin embargo de los textos primerizos, esos que a veces un escritor compone y no salen a la luz porque son ensayos incompletos o demasiado débiles, o simplemente porque no se da. Pues bien, pese a la indiscutible y larga fama de Capote y a que cualquiera supone que las bibliotecas fueron peinadas en busca de sus obras, recién en 2014, treinta años después de su muerte, una pareja de editores suizos encontraron sus primeros textos. Se habló de "descubrimiento".

El volumen se titula Los primeros cuentos y recoge algunos de esos relatos en una cuidada edición de Lumen, traducidos por el escritor argentino Alan Pauls (es decir, sin la carga de españolismos al uso, con un español más neutro y muy disfrutable), pero no proporciona datos mayores sobre las circunstancias, causas o maneras del descubrimiento. Apenas dice la contratapa: "Después del divorcio de sus padres, su madre lo mandó al campo con sus tías, en Alabama. Allí comenzó a escribir para mitigar el aislamiento. Esos relatos quedaron en el olvido durante casi ochenta años hasta que, en 2014, fueron descubiertos en la biblioteca Pública de Nueva York por el editor suizo Peter Haag y su mujer, Anuschka Roshani".

GREENWICH, CONNECTICUT.

Esos relatos y uno más ya habían sido traducidos al español en 2015 por Jesús Zulaika, colaborador habitual del sello Anagrama, con el título Relatos tempranos. Esa edición contenía un prólogo de Hilton Als, crítico literario de The New Yorker y un epílogo admirativo de Roshani. Ahí la editora de Kein&Aber contaba cómo fueron ella y Haag a la biblioteca pública neoyorkina a revisar el legado de Capote contenido en treinta y nueve cajas mal ordenadas, llenas de manuscritos, y cómo en una de esas cajas, anotada como "High School Writings (1935-1943)" hallaron los textos más tempranos, poblados de correcciones y tachaduras, escritos entre los once y los diecinueve años. Roshani señalaba la presencia de "notas al margen con su diminuta caligrafía, como excrementos de mosca" y decía algo a tener en cuenta: creyeron que encontrarían los "garabatos inacabados de un joven imberbe" y se dieron de lleno contra un autor que a los doce años ya era capaz de escribir como otros a los cincuenta.

En rigor, tampoco es que hayan encontrado material del todo desconocido. La vida del adolescente (y también la del adulto) Capote está consignada al milímetro en una biografía de 1988 escrita por Gerald Clarke y traducida al español en 2006 (Truman Capote. La biografía, Ediciones B). En ese voluminoso libro la infancia y adolescencia de Capote aparecen marcadas por tres instancias claves: la familiar, como hijo único de un padre delincuente y una madre joven y frívola cuya vida cambia cuando conoce al que sería su segundo esposo y padrastro de Truman; la sexual, con una asunción temprana de una homosexualidad que sumada a su belleza física y desparpajo verbal le iba a traer una indudable visibilidad; y la creativa, como debutante precoz dotado de un ingenio, capacidad de observación y vigor narrativo fuera de serie.

Según la biografía de Clarke, en 1939 la familia Capote deja Nueva York para irse a una coqueta urbanización en Greenwich, Connecticut. A los quince años Capote era un alumno mediocre pero ya tenía clara su vocación de escritor, y fue una profesora de inglés del Instituto de Greenwich, Catherine Wood, quien le dio para adelante posibilitando que varios de sus textos se publicaran en la revista del colegio. Clarke se detiene en uno: "Cuando tenía dieciséis años escribió el mejor de aquellos relatos, 'Lucy', un retrato de la bella Lucy Brown, la criada negra que lo acompañó al Norte desde Monroeville en 1932; su emoción por ir al Norte, su posterior añoranza y, finalmente, su regreso al Sur". Este entrañable relato, "Lucy", es uno de los que integran tanto la edición presente de Lumen como la anterior de Anagrama. Hay que consignar que las dos contienen los mismos relatos a excepción del titulado "Los caminos se separan", una historia de vagabundos que la edición de Lumen no incluye.

PICHÓN DE CÓNDOR.

Lo indudable es que aquí está Capote, su visión del hombre y la mujer como animales de cuidado: delatores, asesinos, locos, racistas, envidiosos. Pero también nostálgicos, vulnerables, generosos. Y por encima de esas categorizaciones subjetivas y nunca de una pieza, su visión del ser humano como juguete del destino, tal como aparece en el relato coral "Rumbo al oeste" donde cuatro historias que pintan felices o satisfactorias para sus personajes acaban confluyendo trágicamente, y con un sesgo irónico que preanuncia al Capote desaprensivo y cínico de la madurez. También está anunciado en "Almas gemelas", donde dos mujeres amigas intercambian planes de asesinatos conyugales, uno ya consumado y el otro en vías de, mientras toman el té tranquilamente. No es un gran relato pero contiene una definición como esta: "Tenía un rostro enorme y cordial, y sus cejas, depiladas hasta la invisibilidad, estaban dibujadas de un modo tan absurdo que era como si alguien la hubiera sorprendido en medio de un acto vergonzosamente íntimo", que como retrato físico y moral no parece hecho por un novato.

En varios cuentos ya está presente el mundo del glamour cinéfilo que atrapará a Capote más adelante, todavía combinado con sus propias experiencias estudiantiles. Hay alumnas adolescentes que dan la nota: la cleptómana que quiere ser actriz ("Hilda"), la que denuncia a una compañera de ascendencia negra ("Louise"), la que en plena clase de matemáticas delira con un futuro en el cine ("Donde comienza el mundo"). Pero el discurso más seductor en términos narrativos está en los relatos del Sur profundo. El que persiste en la piel de Lucy, la sirvienta negra que regresa a su tierra aunque sea para cantar loas sobre Nueva York porque para ella el Hudson susurra "río Alabama"; o en la protagonista de "La señorita Belle Rankin", donde la rudeza solo esconde miedo. O el Sur de presidiarios evadidos por los pantanos, donde la tragedia toma diversas formas. En "La polilla en la llama" una asesina loca escapa de la cárcel y otra perdedora le tiende una trampa mortal. "El pantano del terror", donde dos niños y un perro se internan en un bosque para seguir la pista de un reo, es un relato algo burdo, con golpes de efecto, pero con imágenes como esta para definir a una serpiente: "largo cordón de botones musicales reptando entre los matorrales", definición que a cualquier lector del brillante "Féretros tallados a mano" no le resultará indiferente.

Los primeros cuentos ya es Capote, su mundo, su energía vital, la vejez trágica asediada por la muerte real o figurada, la inocencia sorprendida de los buenos, el coraje de los malos, el cinismo triste de los inteligentes.

LOS PRIMEROS CUENTOS, de Truman Capote. Lumen, 2017. Buenos Aires, 133 págs. Distribuye Penguin Random House.

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