reflexiones sobre la lectura

El acto de leer y compartir

La francesa Michèle Petit, especialista en la relación de los niños y jóvenes con los libros, reflexiona sobre el acto de leer en esta época turbulenta.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Michèle Petit

SOLO, el pequeño colibrí se ponía en movimiento, yendo a buscar algunas gotas con su pico para arrojarlas al fuego. Después de un momento el Tucán, fastidiado por esta agitación sin sentido, le dijo: "¡Colibrí! ¿Estás loco? ¿Crees que con esas gotas de agua apagarás el fuego?". Y el colibrí le respondió: "No, pero hago mi parte".
​                                                                                      Leyenda Amerindia

Leyenda Amerindia

AUNQUE los niños a los que ustedes leen historias no lleguen a ser lectores, ustedes no habrán perdido el tiempo. Les habrán llenado los bolsillos, colmado la maleta con un tesoro de palabras, relatos, imágenes, de las que podrán apropiarse para no sentirse desnudos, perdidos frente a lo que los rodea, o para enfrentar sus propios demonios. Los habrán ayudado a fabricar recuerdos a los que volverán mucho tiempo después. Habrán abierto espacios propicios al juego, al sueño, al pensamiento, a la exploración de sí y del mundo, a los intercambios, que son esenciales para su desarrollo psíquico, intelectual, estético. Habrán contribuido a presentarles el mundo, a hacerlo un poco más habitable. En estos tiempos de gran brutalidad, ustedes habrán preservado momentos de transmisión poética que escapan a la obsesión de la evaluación cuantitativa y al ruido ambiente. Por todo ello, y por muchas otras cosas todavía, habrán hecho una obra más que "útil".

Actualmente los políticos y los presuntos expertos nos exhortan sin cesar a adaptarnos a las limitaciones impuestas por una autoridad exterior a la que habría que someterse como a una fatalidad. Cada uno es constantemente chantajeado: si no aceptas, serás excluido del mundo contemporáneo, de sus exigencias. Esto pesa también sobre los niños, desde muy temprano. Padres y profesionales saben que estos deberán chocar contra las "aterradoras pepitas" de la realidad, para hablar como Prévert (en el poema "El paseo de Picasso" de Jacques Prévert, un pintor intenta pintar una manzana pero se queda dormido; Picasso, al pasar por allí se come la fruta y el pintor, al despertar, se encuentra con la tela en blanco y con las semillas de la manzana, esas "aterradoras pepitas" de la realidad). Padres y profesionales se preguntan cómo ayudar a los niños para que estén lo mejor armados posible para hacerles frente a esas "pepitas", para encontrar un lugar.

Sin embargo, cuando los padres cantan para los hijos, cuando les cuentan o les leen una historia, cuando miran con ellos ilustraciones o dibujos animados, les hacen una suerte de promesa: que podrán estar en armonía, como en la música, al menos de vez en cuando, con lo que está allí. Lo que significa algo muy diferente que adaptarse a ello. Les dan a entender que existen otros espacios, físicos y psíquicos, frágiles y preciosos, donde se puede tender hacia esa armonía. Y que hay que preservarlos para que el mundo que llamamos real sea al menos un poco habitable.

Es también eso lo que aportan aquellas y aquellos que, por todas partes, inventan formas de intercambio alrededor de la literatura y las obras de arte, de manera muy viva, porque están convencidos de que no somos tan solo variables económicas. Por sus palabras, pero también por sus voces, su cuerpo, su encanto, su energía, hacen más deseable la apropiación de textos, de imágenes, de músicas, haciendo comprender a niños y adolescentes que, si lo desean, podrán abrevar todo lo que quieran en las obras en las que escritores o artistas han hablado de lo más profundo de la experiencia humana, de una forma estética. De ese modo se acercarán un poco más a eso que el mundo, y ellos mismos, tienen de desconocido.

Sin conocerse, esos promotores participan quizá de un mismo movimiento que une a mujeres y a hombres que desean vivir tiempos creativos y no ser reducidos al formato de la lógica productivista. Saben que para vivir, para pensar, para conversar con alegría, hay que tener un poco la cabeza en las nubes.

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París, al final de la tarde. Llueve a cántaros. En la Porte dOrléans espero el tranvía mientras pienso en este libro que acabo de escribir. Cielo pesado, ciudad gris, transeúntes vestidos de negro, cada uno con su paraguas, empapado, el rostro triste de este invierno que no se termina. Llega el tranvía, la multitud se apresura para entrar y yo también. Frente a mí, en sentido contrario, un adolescente con jeans, zapatillas y auriculares en los oídos, mira algo detrás de mí. Cruzamos miradas, me sonríe y señala algo con el dedo, en el cielo. Me doy vuelta. Veo un arco iris completo, de colores intensos, en este cielo gris oscuro, por encima de la ciudad. Es muy hermoso, muy raro. Le sonrío a mi vez.

Tiene 16 años, yo cuento con 50 más, no tenemos nada en común, pero necesitó compartir lo que había visto, lo que lo había sorprendido, maravillado. Algunos minutos después, en el tranvía, lo veo, un poco más lejos, mirando hacia abajo, en sus pensamientos, en su música. No le agradecí. Jamás leerá estas páginas, pero se las dedico a él.

La autora.

Michèle Petit es una antropóloga francesa investigadora del Centro Nacional para la Investigación Científica de París. Trabaja sobre la lectura, la relación de niños y jóvenes con los libros, y el papel de las bibliotecas públicas en la lucha contra los procesos de exclusión. El texto adjunto es el epílogo a su libro Leer el mundo, Experiencias actuales de transmisión cultural, traducido y publicado por Fondo de Cultura Económica en 2015.

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