Narrativa de Roberto Appratto

Acto caótico

Extracto de su libro más reciente, Mientras espero (2016)

El eterno femenino de una imaginativa pintora
La invasión de los secuestradores de cuerpos, 1956

Ahora me acuerdo de la escena de la película La invasión de los secuestradores de cuerpos (Don Siegel, 1956) en que las plantas del invernadero, vistas solo por la cámara, van liberando partes de sí mismas que de a poco empiezan a parecerse a partes del cuerpo humano. Las plantas, en ese silencio nocturno, paralelo al festejo en la barbacoa, hacen sus movimientos de transformación sin ser observadas, de forma estrictamente natural, y no como resultado de un plan. Largan una especie de espuma, como una niebla que invade la pantalla, para que no se vea nada más que ese proceso. Lo monstruoso de las formas humanas ahí, en ese lugar y ese momento tan inoportunos, se une a la ineluctabilidad de su transformación, a lo que tiene la presencia de los invasores de impasible, de inhumana. El tema de lo siniestro deja paso al de la soledad productiva. El pasado, si se lo deja solo y sin cuidado, y se lo vuelve a mirar para ver qué hizo en nuestra ausencia, genera formas en apariencia imposibles pero absolutamente verosímiles, gérmenes de historias que no se pueden percibir, y menos entender, si no se procura dar un sentido a la sucesión mecánica de los hechos. Esas historias van haciéndose por dentro del cuerpo: lo único que puede hacer la escritura es dar cuenta de ese acto de fabricación, de lo que tiene de manipulación de la realidad sin salir de la realidad.

Nada definitivo.

Uno se para en medio de ese caos de acontecimientos y de significados parciales de los acontecimientos. De a poco aparece algo. Es el momento en que las ideas empiezan a ponerse en orden. Mi pasado personal se convierte en una serie de escenas dentro de un relato, que va cambiando de acuerdo con su representación. Ir a La invasión de los secuestradores de cuerpos forma parte de ese ánimo desde el cual escribo. El enrarecimiento del clima de una película así, de ciencia-ficción de los cincuenta, con esa simplicidad para tratar las alternativas de lo extraño, me ayuda a entender qué ha pasado con mi vida, y cómo eso, con o sin intención, cae sobre el presente. Los rostros de terror de los personajes de la película ante la aparición de formas humanas, sus dobles, desde adentro de las plantas, crea un espacio nuevo, mediante el cual el pasado se convierte en un diseño de líneas cruzadas, un sueño que representa, de la manera más clara posible, los movimientos de mi vida.

Del detenimiento del tiempo en la espera, de la ansiedad que la convierte en narrativa, sale una escena con una atmósfera enrarecida, como la de la habitación mal iluminada. Cada uno conoce sus complicaciones, la repetición inexplicable de problemas, el lugar difuso que uno ocupa, y la descripción ayuda a fijar la vida en forma de lenguaje. Me he pasado trabajando con abstracciones, tratando de ver cómo convertirlas en algo manejable en el día a día, en algo que reconozca como real. Esa es la clave de mis complicaciones de escritura, reconozco, al sentarme una vez más, pero en otra silla del patio del banco, más cerca del mostrador.

El silencio del lugar parece preparado para que escriba.

En ocasión de eso se me ocurre la relación entre música y pensamiento. Por ejemplo, las pausas en el solo de la guitarra de Jim Hall en la versión de "My Funny Valentine" con Bill Evans, o cuando toca "Topsy" con Jimmy Giuffre. Esa grandeza de ir por arriba de la melodía, y hablar en sus alrededores, es una acción reflexiva. En situaciones así me ponía a cantar una canción en cualquier momento, cuando sentía, en medio del desastre y de su continuidad, que nada valía la pena. El hecho de poder apreciar los solos me cambiaba el ánimo. La música comenta las acciones. Eso era lo que me pasaba cuando iba caminando por una calle del interior, y no veía nada que no fuera la desolación absoluta. Llegar al lugar al que iba a trabajar, o al hotel, era un fin sin fin, a lo largo del cual tarareaba una melodía para convencerme de que había al menos una zona en la que me podía sentir bien. Miraba los árboles, la gente, los negocios, los edificios públicos, y llegaba hasta un bar donde podía quedarme a escribir. No lo que había pensado a propósito de mi vida, sino otra cosa que salía directamente de la música.

Tomaba distancia y escribía, tratando de ser fiel al cambio de ánimo, a las miles de partículas que se habían agitado mientras llegaba. Las cosas que escribía no llegaban, por lo general, a nada, pero eran lo único que servía.

Por lo menos lo había pensado, había hecho el esfuerzo de poner palabras a algo que se desprendía de ahí. Había pensado, sin escribir, en mujeres, en tiempos, en contextos que pasaban como paisajes por detrás de los hechos. Uno, dos, tres ese año, después, cuando había hecho tal cosa y después otra, como lo había pensado unos meses antes, cuando me pasaba lo otro, cuatro, cinco y en ese momento el corte, y a partir de ahí otra serie de puntos, de mayor o menor importancia, los trabajos, los lugares en donde vivía, la rutina en ese lugar, las personas que habían tenido que ver conmigo en ocasión de eso, la hora del día en la que había pasado tal o cual cosa.

Mi locura también tiene esa peculiaridad: la de creer que el recuerdo fiel ordena las cosas, es un arma contra el caos, y también contra la tontería; no solo el recuerdo fiel sino también la exactitud de su registro, para que las situaciones no se dispersen ni pierdan sentido. Escribir sobre lo real, de acuerdo con esa creencia, sería un acto higiénico, pero, también, y ahora lo sé, caótico.

El autor.

ROBERTO APPRATTO (Montevideo, 1950) es profesor de literatura, poeta, traductor, narrador y docente en la Udelar y la Universidad Católica. Su libro Como si fuera poco recibió en 2015 el Premio Bartolomé Hidalgo. El texto adjunto fue tomado de su libro más reciente, Mientras espero (Criatura editora, 2016).

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