POÉTICAS

Tiempo del yo

Por qué las mejores estepas son las poéticas

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Eduardo Milán

TIEMPO de los desarraigados. Por explotación, por pérdida de lugar, por falta de encuentro de otro lugar, lugar al fin. No van sin yo: el yo va con ellos, desarraigado. La vuelta a la que obliga la falta de lugar, al fin, feliz, topa con una figura desaparecida en el siglo XIX: el yo poético que, visible o no visible, se encuentra: trovar el yo que ya venía desarraigado desde el siglo XI. No nuevo: de nuevo. En tiempos del yo desatado, el tiempo del yo poético. No me gusta la expresión "yo poético". Parece que desacredita tanto al yo como a la poesía. "Yo poético" parece cultivo de otro huerto, de otros invernaderos, no de este verano raro. Las mejores estepas son las más poéticas. El verano poético planea sobre las estepas poco antes de descender, no sé cómo, penetra las estepas por unas formas calurosas de raíces, unos dedos afluentes hacia afuera, verano, el sin raíz. La cosa está fuera de palabra. Sin saberlo pero sabiendo, la palabra se la cree tanto que termina actuando como cosa si las cosas de repente se animaran. Prefiero dar el todo por la parte, una exclusiva: el tiempo del yo. No el tiempo del yo que desapareció en el XIX. ¿Cuál era? El tiempo del yo que no quería ser yo. El peso de la memoria de la barbarie acumulada que se transforma de manera sutil, no por la idea: por el pensamiento, cualquier ajenjo destila sobre la cabeza. Yo —este— hubiera querido, en cambio, ser un sector del yo del XIX. El yo del XIX estaba cargado de lo nuevo, latente, incipiente, Comuna. El yo de hoy está cargado de vejez. Se le cae el cuerpo como a un vecino, a un domingo un nacimiento a las 6 de la tarde, un destino melancólico a la vista. Y no lo sabe. Actúa como un rockero de los sesenta sesentero al que nada podía suceder. Vejez de captar el hoy, vejez de captar lo que no sabe que quiere captar, captar lo que no sabe —y a la vuelta de la cruda descubrirlo. El tiempo del yo tiene una cana evidente, blanca en todo el yo. Hay un peligro en la apariencia de este vivir todo a la vista: lo que no está preso parece cómplice de un estado de cosas que no reconoce la necesidad de libertad. Ojo, no pierdas de vista a qué viniste.

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