POÉTICAS

Tiempo

El poeta también vio a un Francisco corriendo empapado bajo la lluvia aquella noche de neón resbaladizo.

Eduardo Milán
Eduardo Milán

EDUARDO MILÁN

La poesía tiene un tiempo, su tiempo. Uno entra ahí en territorio desolado. Es decir: se lo recibe a uno desolado. Entrado empieza un viento sobre los pastos bajos. ¿De qué color son los pastos? Sobre el color del tiempo poético no hay acuerdo. Sobre todo lo que vive, lo que ahí habita, lo que apenas levantó vuelo. Un vuelo a pluma ganso una imagen para los que se van retirando a la vida en granja, lo que fascinó de Mujica, además del lenguaje, y aquí a la periodista de Televisión Española se le olvidó lo que dice José Ignacio Padilla, "El terreno en disputa es el lenguaje": la calle sube al lenguaje presidencial, la calle por la empinada cuesta de Santana do Livramento, lo más parecido a Lisboa que se vio, además de lo que se dice de las curvas en ascenso de Guanajuato cuando el Cervantino. Después, pierde la gracia. Si Mujica carga con algo, cosa que de veras dudo porque todo indica que Mujica va camino a deslastrarse, carga con el lenguaje. Se le subió el lenguaje a la silla, lo desalojó, habla parado como un Bill conosureño. El mundo sorprendido. La clase presidencial, la cresta de una clase que se olvidó de la ciudad y de los ciudadanos, fruncida a un ceño como si realmente tuviera una sola cara. Cresta incivil de una antigua ceremonia que no opera. Un vuelo a pluma cisne una imagen para los adoradores de Shakespeare, y es cierto: a la distancia y con ese Hamlet, con ese Macbeth, con ese Lear, el tipo se parece a un dios, con ese vacío, con ese desdén, con esa nostalgia creada por su ausencia. Me refiero al mito, no a la Iglesia. Yo también vi a un Francisco corriendo empapado bajo la lluvia aquella noche de neón resbaladizo. Pero era un Francisco de Asís. En realidad, era uno de los miserables que vivían en el callejón de Charly. Hay sólo un nuevo mito en el horizonte: el mito del mendigo, el mito de los hombres que dicen en un tiempo aparte, propio, medio dorado con ruido de mar, cualquier mar donde haya una sirena, una sola, y un canto, uno expansivo como malla de éter perfumado donde los atados se desatan de su mástil y caen de cabeza. Estas remitencias, esas referencias. Es un tiempo concreto donde el lenguaje es muy concreto. Uno escucha, uno mira, uno hace silencio. Hacer silencio, bajar la cabeza sin ninguna decepción que rija el acto, hacer sin trabajar silencio no es una huelga de habla. Es un hueco, se parece a un vacío del tipo túnel por donde se escapa. Uno se sienta, uno escribe. Si uno se queda parado viene el fantasma de Alberto Caeiro y la mejor circulación de la sangre. Esto era antes que uno quisiera abandonarlo todo para seguir el movimiento de la vida, eso que va de ser-estar a desertar. De cargar al poema desde su tiempo al tiempo de la vida con el riesgo cumplido de la propia disolución.

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