texto de julio c. da rosa

Él

Un padre recuerda vivencias de su hijo pequeño.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Aladdin Toys, Joaquín Torres García

TIENE cinco años. Mucha gente me lo atribuye por entero:

—Es el padre en persona...

Pero es muy poco, y secundario, lo que tiene de auténtica y definitivamente mío. De eso estoy tan seguro como contento. Seguro, porque puedo contar por decenas las veces que me he puesto a disecarlo mentalmente, siempre con el mismo resultado: noventa y cinco por ciento ajeno, con un veinte de filiación no identificable ("marca borrada", como se dice afuera); el resto, sí, mío. Contento estoy, porque en ese escaso cinco por ciento que le aporté, apenas si va un cero, cero, cinco, el noventa y nueve con noventa y nueve y pico de defectos con que se integra el patrimonio total de mi yo.

Lo cierto es que parecería que este hijo de mis más recónditos deseos de tener un hijo, antes de decidirse a complacerme hubiese convocado a asamblea de cuantas criaturas varón y mujer —conocidas o no— le precedieron por líneas materna y paterna, a fin de pedirle una contribución a cada una para integrarse a él. Y como si todo el mundo estuviese con su aporte en la mano esperando una colecta, enseguida les llovieron las donaciones: hubo quien puso un par de orejas (sin dar el nombre), quien un juego de cejas y pestañas, quien un color de ojos, quien su tamaño; y así, de arriba a abajo, hasta el dedo grande del pie; y de adentro hacia afuera, desde la emoción hasta la sonrisa.

Volviendo a aquel Consejo Familiar ampliado hasta lo desconocido, quiero detenerme en algo que recibió mi hijo allí y que vale por todo el resto: una serenidad tan profunda que más de una vez me ha servido de lección. No tengo la menor duda de que quien se la cedió fue el padre de su padre; pero tengo además por qué saber que no se la dio en nombre propio, sino en el de un abuelo del donante —tatarabuelo del recipiendario— cuya presencia constituye un enorme mojón en la línea de la sangre paterna.

A veces me pregunto si será tanto por ser mi hijo cuanto por el ser nieto de aquel abuelo y tataranieto de aquel tatarabuelo, que este hijo me pertenece tan profundamente. Porque lo cierto es que en línea paterna soy mucho más hijo, nieto y biznieto por identificación racional y afectiva que por herencia biológica. A eso se debe, seguramente, esta alegría inmensa de tener un hijo como este; un hijo que me haya compensado de tantos defectos propios; un hijo gracias al cual yo tenga dicha de ver llenado aquel vacío de la descendencia paterna a partir de mí; un hijo, en fin, que sea algo de lo mucho que anhelé ser sin serlo.

Somos amigos de ley. De esos amigos que, no obstante tutearse, no obstante haber hecho "sociedad de propiedad común, crédito recíproco y socorro mutuo" en bienes y males materiales, morales y de cuantos pueda haber; no obstante todo eso y mucho más como eso, andábamos discutiendo vuelta a vuelta por cualquier bobada. Y no vaya a creerse que se trata de diferencias livianas; a veces pasamos horas y horas sin dirigirnos la palabra, contestándonos uno al otro con monosílabos. Eso sí: las reconciliaciones siempre terminan en una conversación pico a pico en el silencio de la noche, regada con un buen mate amargo a la orilla de un fogón solitario, siempre condimentada de cuentos, promesas, abrazos y alguna que otra lágrima.

Somos recíprocamente extremosos. No hay que no compartamos medio a medio. Claro: lo de medio a medio es un decir; hay veces en que las proporciones varían; y varían según las preferencias de cada uno de nosotros. En ocasiones, en vez de medio y medio suelen ser de un cuarto a tres y aun más distantes. Por ejemplo: cuando se trata de repartir quesito de crema, a mi socio le gusta más que vivir. Yo lo traigo a mediodía, y en el almuerzo come toda la familia, quedando más o menos la mitad para la noche. Si llego después de la cena, puedo contarme perdidoso. La madre reparte en las cuatro consabidas partes, y él se constituye en custodio de la mía; pero si la ínfima porción que me correspondió queda frente a sus ojos, soy hombre sin suerte. Al rato agarra un cuchillo y le dice a la madre:

—Si yo saco una lasquita, a papá no le va a importar.

Saca la lasquita. Pero el queso sigue allí frente a sus ojos.

—Mamá: otra lasquita, ¿qué le va a hacer a papá?

Se come la "lasquitita". Cuando yo llego, hay un bocado de queso a mi disposición. Como eso no da ni para tapar el agujerito de una muela, se lo guardo para él. 

El autor.

JULIO CÉSAR DA ROSA (1920-2001) nació en Costas de Porongos, Treinta y Tres, Uruguay. Fue escritor, periodista y legislador. En su extensa obra narrativa destaca Buscabichos (1970). El texto adjunto fue tomado de Ratos de padre (Banda Oriental, reedición 2015), libro donde evoca las vivencias de un padre en los primeros años de sus hijos. La ilustración es una pieza de Aladdin Toys, de Joaquín Torres García, ca. 1921.

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