Cualquier expectativa que uno pudiera tener ante la segunda visita de David Byrne a Montevideo fue ampliamente superada por este inquieto músico y artista, que realizó una brillante presentación en la noche del sábado. Un concierto que recorrió muchos de los caminos musicales en los cuales Byrne se ha embarcado desde que comenzó como músico, pero que tuvo muy poca nostalgia.
Canoso y con un sobrio uniforme color marrón, Byrne comandó una banda de tres integrantes —bajo, batería, percusión— más el apoyo del sexteto de cuerdas The Tosca Strings. Buena parte del concierto estuvo sustendada en la conjunción de fuertes patrones percusivos, las cuerdas y la voz de Byrne, potente y caudalosa protagonista de la noche.
El enfoque elegido por Byrne para su presentación no se apartó, en esencia, de lo que el músico ha realizado desde que comenzó la gira My life backwards (Mi vida al revés), en marzo de este año. Aquel que esperara ver y oír a un Byrne repitiendo los éxitos de Talking Heads tal cual fueron grabados y sin dar cuenta de toda el agua que ha corrido bajo el puente desde que éste inició su trayectoria solista, se iba a decepcionar. Buena parte del repertorio de Talking Heads estuvo presente, incluso algunos de los temas más antiguos como Psycho killer, del primer álbum del grupo. Pero Byrne es poco afecto a la nostalgia y les dio a las canciones un tratamiento que se ajusta a su presente musical.
Por esa razón, los temas que lo hicieron famoso como uno de los compositores más singulares del rock fueron interpretados como si formaran parte de Grown backwards, su octavo y más reciente disco. El resultado fue una contundente demostración de la incuestionable vigencia de canciones como Life during wartime, And she was, Road to nowhere y Once in a lifetime, entre otras.
Pero Byrne además sedujo al público con numerosas muestras de sus trabajos posteriores y también algún que otro "cover". Así, ofreció temas de su nuevo álbum como Glass, concrete and stone, versionó a Jimi Hendrix (One rainy wish), Cole Porter (Don’t fence me in), la peruana Susana Baca (María Landó), interpretó canciones como Like humans do y Desconocido soy, ambas del disco Look into the eyeball y cantó el aria Un di felice, Eterea de La Traviata, uno de los tantos momentos cumbre de la noche. Aunque se trate de canciones que abarcan un período de más de dos décadas y abordan una multitud de diferentes estilos, Byrne y su banda le dieron al extenso repertorio —el concierto duró casi dos horas— una admirable coherencia.
La banda que lo acompañó demostró ductilidad y solvencia, yendo de sutiles y matizadas intervenciones a tormentosas descargas de percusión, que retumbaban en el Plaza y provocaban que el público se parara a bailar y aplaudir con fervor. Tanto éste como los músicos se mostraron gratamente sorprendidos por la reacción de la audiencia, que mediante silbidos, aplausos, cánticos y gritos trataba de impedir que la presentación llegara a su fin. Para el segundo y último bis, Byrne retornó a Grown backwards. El tema que cierra el último disco de Byrne —un remix de Lazy— cerró también el show en el Plaza. Contrariamente a lo que afirmaba en una de las mejores canciones de Talking Heads ("Estamos en un camino hacia ninguna parte", Road to nowhere), el recorrido de Byrne tuvo y tiene un destino definido: la buena música.
Fabián Muro