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SE CUMPLIERON CIEN AÑOS DEL NACIMIENTO DE SALVADOR DALI, EL SURREALISTA MAS FAMOSO DE LA HISTORIA
El pintor de los bigotes enormes

Jorge Abbondanza

El martes 10 de mayo se cumplió el centenario del nacimiento de Salvador Dalí, un artista catalán que ha pasado a la historia por su pintura, pero también por sus extravagancias y desplantes. Se organizaron conmemoraciones en varios países, empezando por España e incluyendo a la Argentina, ya que en el Centro Cultural Borges habrá durante varios meses una hilera de homenajes que comprenderán exposiciones de plásticos surrealistas, muestra de obras de Dalí cedidas por numerosos coleccionistas particulares y despliegue de documentos y objetos capaces de ilustrar mejor sobre su vida. Esa vida fue larga, ya que Dalí murió el 23 de enero de 1989, a los 84 años, antes de lo cual tuvo tiempo para hacer y deshacer unas cuantas cosas de su ideología y su trabajo artístico.

Niño mimado, Salvador fue criado en una familia burguesa de Figueras, localidad catalana próxima a la frontera francesa: era un pésimo alumno en la escuela, pero desde los seis años se empecinaba en pintar, de manera que su tío le regaló un libro donde figuraban reproducciones de creadores impresionistas —lo cual redobló su determinación—y el padre resolvió mandarlo a la Escuela Municipal de Dibujo en la localidad natal. Las vacaciones familiares en Cadaqués, las visitas a Port Lligat y el entorno figueriano alimentaron la etapa incipiente de su paisajismo, mientras el muchacho se convertía en un provocador capaz de escandalizar un poco a la conservadora sociedad de la época. Seguiría escandalizando al prójimo en los setenta años siguientes.

MADRID. En plena adolescencia, el padre —siempre tutelar—lo inscribió en la Academia de Bellas Artes de Madrid, a una altura en que Salvador se declaraba bolchevique y conocía en medio de la juventud madrileña al aragonés Luis Buñuel y al andaluz Federico García Lorca, con quienes lo ligaría una amistad no sólo larga sino también compleja: el historiador Ian Gibson, célebre por su biografía de Lorca, escribió también "Lorca-Dalí: el amor que no pudo ser", un texto donde deja constancia del vínculo homosexual que asoció a esos dos talentos, aunque Dalí escribiría más tarde que "el nuestro fue un amor erótico y trágico, por el hecho de no poder compartirlo: Lorca era un homosexual patente", rasgo que él se empeñó en no acompañar. La vida íntima de Dalí ya había tenido sus complejidades y sería en adelante un terreno turbio que él mismo (en su autobiografía, "La vida secreta de Salvador Dalí") se ocuparía de mitificar, aumentando esa nebulosa.

Influído por Picasso, Juan Gris y Giorgio De Chirico, pero con un ojo clavado en Tanguy y en Miró, la pintura de Dalí evolucionó rápidamente apoyada en una solidísima formación académica que luego sería visible en el formidable arsenal técnico de sus grandes lienzos. Mientras crecía como pintor, dedicó parte de sus afanes estéticos al diseño de escenografías teatrales (como la del estreno de Mariana Pineda de García Lorca) y otra porción de sus energías a la actividad política: llegó a ser un agitador, cualidad que le permitía estar siempre en primer plano, volcando parte de sus ideas en una obra que traslució la ironía con que también se expresaba verbalmente. En 1925, cuando André Breton publicó el "Manifiesto Surrealista", Dalí adhirió con su acostumbrado entusiasmo a esa corriente: durante un veraneo en la Costa Brava, donde se encontraba con Magritte y Buñuel, conoció al poeta Paul Eluard y a su mujer, la rusa Elena Diaranoff, a quien los íntimos llamaban Gala.

PARIS. Esa sirena ya madura (era diez años mayor que Dalí) mantenía con Eluard un matrimonio abierto en que la promoscuidad de ambos estaba a la orden del día: seducirá al pintor de manera fulminante, dejará a Eluard y formará con Salvador una pareja que sólo la muerte disolvería medio siglo después. A esa altura, ya radicado en París, Dalí produce la etapa culminante de sus paisajes surrealistas con figuras humanas derretidas, relojes de cuadrante ablandado, lejanías desérticas, árboles pelados y clima onírico en el que no deja de despachar algún mensaje de actualidad: en "El enigma de Guillermo Tell" retrata burlonamente a Lenin y eso determina que lo expulsen con violencia del movimiento surrealista. También retrata a Gala por todos lados, como la Virgen al lado de un Cristo, como signo emblemático de un Descubrimiento de América o como una Leda cuarentona cuya desnudez trasluce la adoración del maestro.

En medio de la versatilidad de su impulso creador, Dalí colabora con Buñuel en dos películas que se harían famosas (Un perro andaluz, 1929; La edad de oro, 1930), abriendo una presencia en el cine que culminaría mucho después con el diseño de la secuencia del sueño en Cuéntame tu vida de Alfred Hitchcock (1945). Pero a fines de los años 20 Dalí ya es una celebridad cotizada, que no oculta su goce al codearse con la consagración y sobre todo con el dinero. Vive en París pero viaja a Nueva York, donde su mercado se amplía hasta convertirlo en una estrella de la pintura, papel que sabe desempeñar alargando como nunca el bigote fino y torneado que será una marca inconfundible y posando muy complacido ante los fotógrafos con entornos cada día más excéntricos y llamativos, como el Rolls Royce descubierto en que llegó a una de sus inauguraciones, sentado en medio de una montaña de repollos.

NUEVA YORK. En esa etapa comenzará a efectuar un giro decisivo para su vida y su imagen: alejado de los surrealistas y de la izquierda, se distancia también de los viejos amigos y no tiene empacho en denunciar ante autoridades del Museo de Arte Moderno de Nueva York a Buñuel como "un comunista", para hacerlo perder el empleo que el realizador había conseguido allí poco antes, según declaró luego la víctima en su autobiografía. Mientras pasa la guerra mundial en Nueva York, disfruta junto con Gala del revuelo de periodistas que provoca cada uno de sus desplazamientos, en otro de los cuales vuelve definitivamente a España: eso ocurre en 1948, en pleno auge de la etapa inicial del franquismo. Entonces se convierte al catolicismo, adhiere al régimen y asume por completo su condición de monstruo sagrado de la pintura halagado por los círculos del poder, ejecutando así una nueva pirueta de las que ya le habían dado muchos dividendos de escándalo y notoriedad desde su juventud.

Ensancha su fama —y su bolsillo— con obras de orfebrería en metales preciosos, desde las esculturas en pequeño formato hasta las joyas que diseña para Chanel, viviendo de manera fastuosa en la costa catalana y con tiempo libre para escribir algunos libros que mantienen su efigie en la cresta de la ola ("Diario de un genio" en 1964, "Dalí por Dalí" en 1970). Separado físicamente de Gala —uno en Port Lligat, la otra en Pubol— pero dependiendo de ella a cada momento, sufre los primeros síntomas del mal de Parkinson y tiene pozos depresivos que lo atormentan. Esa mujer, ya nonagenaria, muere en junio de 1982. El viudo va encerrándose en un mundo personal cada día más alucinado, colaboradores rapaces saquean su producción de grabados, aparecen falsificaciones de su obra y él envejece sin salir de su pintoresco caserón aunque siempre pintando, cosa que hace sin parar hasta 1983. Cuando muere en 1989, ya es un despojo huesudo y de mirada despavorida que deja a la posteridad no sólo sus trabajos sino una vida personal que casi siempre pareció un lujoso circo.

Definiciones personales

NACIMIENTO. "Que suenen todas las campanas, mirad! Salvador Dalí acaba de nacer".

Grande. "Jugando a ser genio se llega a serlo (...) Sólo quiero ser Dalí y nadie más".

Metodo. "Se trata de un método espontáneo de conocimiento irracional de la realidad, basado en la objetivación sistemática de asociaciones e interpretaciones delirantes".

Delirios. "La única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco".

Caos. "Se debe crear sistemáticamente desorden, ya que el desorden pone en movimiento el proceso creador. Todo lo que genera contradicción es sinónimo de vida...toda mi ambición en el terreno pictórico consiste en materializar, con la precisión más imperialista, imágenes de la irracionalidad concreta que no se pueden explicar provisionalmente ni deducir por los sistemas de la intuición lógica, ni por los mecanismos racionales".

Surrealistas en Hollywood

En noviembre del 2003 quedó oficialmente designado en España que el 2004 sería el Año Dalí. El propio Rey Juan Carlos I encabezó el acto de declaración, recordando que Dalí fue "uno de los pocos artistas del siglo XX que han dejado una huella tan visible en todos los ámbitos de la cultura y la vida".

En España se abrieron o se abrirán muestras en Figueras, Cadaqués, Barcelona y Madrid. Pero el movimiento también se registra fuera del país natal del pintor, porque en Venecia, en Washington, en New York, en Filadelfia y en Köln se podrán ver obras del catalán junto a otras que lo homenajean.

Claro que el punto de mayor atención está en lo que ocurre en la Fundación Gala-Salvador Dalí que viene registrando récords de asistencia a sus exposiciones. El éxito de sus convocatorias ha sido tan grande que cerró el ejercicio 2003 con una facturación de 6.670.000 euros, por concepto de entradas y servicios de sus museos. Esa cifra equivale al 69% del total de los ingresos de la institución.

Una de las rarezas que se mostrarán en las exposiciones españolas es el cortometraje Destino que unió a Dalí con Walt Disney en 1946. El film había quedado inconcluso por problemas financieros de los Estudios Disney, razón por la cual nunca se pudo exhibir. Al aproximarse el centenario de Dalí, un equipo de 25 expertos en animación, encabezados por un sobrino de Disney y vicepresidente de la poderosa compañía, terminaron la película que dura seis minutos. John Hench, que participó del equipo original y que ahora tiene 95 años de edad, fue el encargado de supervisar ese trabajo que contiene un centenar y medio de bocetos, dibujos y pinturas realizados por Dalí a lo largo de ocho meses.

La extraña alianza entre Dalí con Disney puede explicarse por boca del pintor que en 1937 le escribió a su amigo André Bretón: "He venido a Hollywood y me he tropezado con tres grandes surrealistas americanos: los Hermanos Marx, Cecil B. DeMille y Walt Disney".

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