El violero que no hizo pacto con el diablo
FERNANDO MANFREDI
El destacado ejecutante de viola caipira, Roberto Correa se presentó el martes en el teatro Solís con un recital que incluyó obras propias, del cancionero tradicional y versiones de grandes compositores brasileños.
Promediando el recital este gran artista e investigador, comentó que los violeros del Sertao dicen que tocar la viola es un don de Dios y que si no se lo tiene sólo hay dos formas de conseguirlo: hacer un pacto con el demonio o cumplir el ritual de la víbora de coral. Este último consiste en manipular el ofidio con los dedos índice y pulgar y haciendo que se enrosque en los dedos restantes, evitando que lo mate a uno con su veneno.
Y escuchándolo tañer su instrumento el oyente tiene clara conciencia de que este gran artista no tuvo que pactar con nadie ni debió seguir ningún ritual para alcanzar ese grado de virtuosismo.
La viola caipira sorprende por el amplio registro que abarca -tiene unos magníficos bajos, aunque sus agudos son netos-, así como por la flexibilidad melódica que ostenta. Correa muestra por sobre todo, una técnica impecable. Su capacidad de digitación, su sensibilidad, esa rara habilidad para convertir en pájaros traviesos sus manos sobre al mástil, hacen que brille en cada composición con la fuerza de su convicción artística.
Y la maestría no sólo se manifiesta en el instrumento del que se ha convertido en sinónimo. También sabe arrancar a la viola de cocho sonoridades auténticas y subyugantes. La viola de cocho a diferencia de la caipira sólo se encuentra en el Mato Grosso y en dos municipios. El cocho, es el nombre de la batea donde comen o abrevan los animales. Está hecha de una sola pieza en un tronco ahuecado y guarda una lejana similitud con el laúd.
Con el único apoyo de su talento y en medio de un escenario despojado, Correa demostró que el verdadero artista puede hechizar a su público con su sola presencia. Así, ese universo de modinhas y piezas que se emparentaban con los guitarreros del Río de la Plata en un extremo y con el flamenco en el otro, sacó tarjeta de presentación con el público uruguayo y marcó la presencia artística de un Brasil desconocido.
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