Carina Blixen
EL NÚMERO que le correspondió a Primo Levi al llegar a Auschwitz fue el 174517. Años después, puesto a contar y explicar su experiencia, soportó con fastidio que le preguntaran por qué no se había borrado el número tatuado en el brazo por los nazis: había pasado a ser parte de su cuerpo y su vida. Era la inscripción que señalaba al "elegido", al que había sobrevivido para contar.
Levi nació en Turín en 1919 en una familia judía no religiosa. Fue judío sin saber que eso lo hacía diferente hasta que las leyes fascistas lo discriminaron. Cuando Alemania ocupó el norte de Italia, se fue a la resistencia. El 13 de diciembre de 1943 fue capturado por una milicia fascista y a fines de enero de 1944 fue llevado preso al campo de concentración de Fossoli. El 21 de febrero de 1944 los SS alemanes cargaron a los judíos del campo italiano en 12 vagones de mercancía para trasladarlos a Auschwitz. Estuvo 10 meses. Poco tiempo para una vida, mucho para un campo de muerte. Del grupo de seiscientos cincuenta judíos italianos que fueron juntos a Auschwitz volvieron cuatro.
De retorno en Turín, retomó la profesión de químico y vivió hasta su muerte en la misma casa en que había nacido, pero era alguien distinto al que había dejado a su familia para unirse a los partisanos. Auschwitz lo transformó en escritor. Contó por necesidad íntima, por impulso liberador, por imperativo ético y por voluntad de entender. "El mundo en el que uno se veía precipitado era efectivamente terrible pero, además, indescifrable: no se ajustaba a ningún modelo, el enemigo estaba alrededor, pero dentro también, el ‘nosotros’ perdía sus límites...", escribió en Los hundidos y los salvados. Solo un escritor notable podía dar el salto imaginativo que le permitiera narrar lo sucedido. Levi lo hizo y sus lectores no han dejado de reconocerlo.
EL CICLO DE AUSCHWITZ. Levi publicó Si esto es un hombre en 1947 en una pequeña editorial. No se vendió toda la tirada de 2500 ejemplares. Recién en 1958 al ser reeditado por Einaudi el libro tendría el impacto que sigue teniendo hasta hoy. En 1963 publicó La tregua, increíble relato de los diez meses que le llevó volver de Auschwitz, y en 1987 Los hundidos y los salvados en el que reflexiona sobre algunas categorías apuntadas en sus libros anteriores, sobre las trampas de la memoria, y polemiza con las lecturas que se han hecho del Holocausto. El ciclo completo, los tres libros, ha sido recientemente recogido en un tomo con el título Trilogía de Auschwitz.
Levi escribe en el intersticio de los géneros. Tanto Si esto es un hombre como La tregua, son narrativos pero están fraguados en una comprometida reflexión sobre la situación. Los hundidos y los salvados es intensamente ensayístico, sin dejar de lado los modos de la narración. La hibridez de la escritura de Levi tal vez responda a una manera dual e integradora de vivir la experiencia.
En la breve introducción a Si esto es un hombre Levi dice que la necesidad de hablar era "un impulso inmediato y violento", "una liberación interior". Al mismo tiempo, desde el título, el condicional (Si) abre un espacio de cautela, de desprendimiento crítico. Levi aclara que no escribió el libro "con intención de formular nuevos cargos, sino más bien de proporcionar documentación para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana...". La pasión puesta en la escritura junto a la buscada serenidad y distancia imprescindible para la comprensión, dan el tono de esta voz capaz de dar testimonio de una tragedia colectiva sin patetismo. Levi sabe que no hay felicidad ni infelicidad absolutas, que "nuestra condición humana es enemiga de cualquier infinitud".
Nunca sintió que ser escritor y químico fueran actividades en disputa. Por el contrario, una y otra vez señaló cómo ciencia y escritura se enriquecieron mutuamente. Explicó que el trabajo científico lo ha "adiestrado en dos virtudes, precisión y concisión, que son apreciadas por cualquier lector. Y ¿qué es la química, después de todo, más que el arte de pesar, reconocer, separar y unir? Cada una de esas operaciones tiene una exacta contrapartida en el arte de escribir...".
Además de esos rasgos de estilo comprobables en sus libros, el no renunciar ni a la ciencia ni a la escritura puede leerse en el contexto de otras características de Levi. Era judío, pero no religioso; fue víctima, pero no pidió compasión y se negó a elaborar una retórica a partir de esa situación. Se evadió de ese lugar previsible al proponerse mirar con objetividad, y entender. Siempre las dos caras, la doble vía, el desdoblamiento que amplía la comprensión.
QUIÉN DA TESTIMONIO. Levi fue llevado prisionero hacia el fin de la guerra, cuando los alemanes estaban más necesitados de mano de obra y el promedio de vida de los prisioneros en los campos era mayor que al comienzo. Cuando bajó del vagón que lo llevó a Auschwitz fue considerado "apto para el trabajo". Los que no, fueron directamente a las cámaras de gas. Como sabía algo de alemán, podía entender las órdenes vociferadas por los alemanes. Los que no entendían, morían antes. Pasados unos meses, al comienzo del invierno, fue elegido para trabajar en el laboratorio como químico. Sin frío toleró mejor el hambre. En esa situación de relativo bienestar en relación al prisionero habitual del Lager (campo) hizo sus primeras anotaciones —desaparecidas en seguida— sobre lo que estaba viviendo.
Levi sabe que se salvó más por suerte que por poseer alguna virtud destacable. Los que pueden hablar de Auschwitz son los "salvados", dice. Los que sobreviven lo hacen gracias a algún privilegio. Carga con ese peso moral e instaura la sospecha. En lugar de reclamar confianza, alerta al lector sobre la voz que da testimonio.
EL CAZADOR. "Quise darle al lector la materia prima de la indignación", es la frase de Primo Levi que toma Beatriz Sarlo para explicar que el testimonio "no puede representar todo lo que la experiencia fue para el sujeto, porque se trata de una ‘materia prima’ donde el sujeto testigo es menos importante que los efectos morales de su discurso. No es el sujeto el que se restaura a sí mismo en el testimonio del campo, sino una dimensión colectiva que, por oposición y por imperativo moral, se desprende de lo que el testimonio trasmite".
Esa manera de dar testimonio que trasciende el acto primario de reafirmación de la persona ("Yo lo viví") se sostiene en la conciencia de esa "dimensión colectiva" que señala Sarlo y en una actitud espiritual que Levi ha explicado a partir de su opción por la ciencia. En el hermoso libro de relatos de base autobiográfica, traducido como El sistema periódico (1975), Levi juega con los elementos de la tabla periódica de Mendeleiev. En el cuento titulado "Níquel" dice, aludiendo a Moby Dick de Herman Melville y su sentido de trascendencia, de búsqueda: "Somos químicos, o sea cazadores. Son nuestras ‘las dos experiencias de la vida adulta’ de las que hablaba Pavese, el éxito y el fracaso, matar a la ballena blanca o destrozar la nave. No debe uno rendirse a la materia incomprensible, no se puede uno sentar encima de ella. Estamos aquí para eso, para equivocarnos y corregirnos, para encajar golpes y devolverlos. No nos tenemos que considerar nunca desarmados; la naturaleza es inmensa y compleja, pero no impermeable a la inteligencia, tienes que cercarla, horadar, sondear, buscar el lugar de paso o construírtelo tú...". Además del imperativo moral de decir lo colectivo, Levi es arrastrado por el empuje también ético de ir más allá de la "materia", para entender. El conocimiento es acción, búsqueda, voluntad lanzada, de ahí la imagen del cazador. Su travesía no es gratuita ni inocente, se puede perder la nave en el intento.
LA FE Y EL CAMINO DE REDENCIÓN. Levi no cree en Dios. Sabe que para los que tienen fe es más fácil soportar el Lager. La confianza de que ese horror pueda tener sentido en alguna escala más allá de los límites del hombre, es una ayuda importante para sobrellevarlo. Pero la fe no se crea a voluntad. Sin embargo a contramano de esa ausencia de religiosidad, puede leerse Si esto es un hombre en la perspectiva de la caída y la salvación.
El primer capítulo del libro se titula "El viaje", el segundo "En el fondo". Auschwitz es el fondo. Los diez meses de estadía en el infierno son una ardua pelea por la salvación. Auschwitz es la muerte del cuerpo y del alma, porque los prisioneros son tratados como animales. En esa lucha por conservar la vida y la condición de hombre, Levi traza un particular, sinuoso, escéptico camino de ascenso. En el capítulo titulado "Más allá del bien y del mal" propone, para entender a los hombres del campo de concentración, la oposición entre "salvados" y "hundidos". Explica que en el Lager cada uno está "ferozmente solo". En la vida normal no es común que el hombre "se pierda" porque no está solo, "en sus altibajos, está unido al destino de sus vecinos".
El poder sin límites y la ruina son excepcionales. En el Lager sucede exactamente lo contrario. Recurre a la Biblia y dice que en el campo de concentración rige el precepto: "A quien tiene, le será dado; a quien no tiene, le será quitado".
Los veteranos del campo llamaban "musulmanes" a "los débiles, los ineptos, los destinados a la selección" (los elegidos para morir). Los "musulmanes", los "hundidos", son la masa anónima, "continuamente renovada y siempre idéntica". No duran más de tres meses. No tienen historia. Las vías de salvación, en cambio, son "muchas, ásperas e impensadas". Los "salvados" son los "prominentes", los que prevalecen por sí ante los otros. Porque gracias a la traición o el abuso consiguieron alguna ventaja, o porque tuvieron suerte.
La premisa fundamental de la convivencia en el Lager es la ausencia de solidaridad. Dar testimonio es querer entender y para eso la ley primera es decir la verdad. Levi ve y cuenta la rivalidad y el odio entre los sometidos. Hay momentos de fraternidad entre hombre y hombre, pero son excepcionales.
HISTORIAS DE UNA NUEVA BIBLIA. Uno de los hallazgos de Levi es no realizar una crónica, es decir, un recuento pretendidamente minucioso o exhaustivo de hechos. Contó que Si esto es un hombre surgió a golpes de recuerdo, sin orden. Después estabilizó su escritura en un relato coherente. El recuperar es una manera de rendir homenaje a las víctimas; es una forma de reparación moral que se encarna en algunas características de la narración. Si esto es un hombre y La tregua pueden leerse como una suma de pequeñas historias ganadas al olvido, aunque en el primer testimonio las figuras son robadas al vacío mortal de Auschwitz y en el segundo lo perdido es un tiempo irrepetible.
Gran parte de la vitalidad que trasmite Si esto es un hombre, un libro lleno de muerte, surge de la emoción dolorida, ensimismada, del hacer memoria. Cada nombre, cada persona recordada es un triunfo sobre la muerte. Contra la fuerza homogeneizadora y estigmatizadora de la discriminación y la voluntad de exterminio, la palabra rescata lo único e intransferible que es la persona.
En Si esto es un hombre, Levi cuenta que cuando los judíos bajaban de los vagones que los llevaban al campo de concentración, en algunas oportunidades los alemanes seleccionaron a los "aptos para trabajar", en otras, dejaron que los prisioneros fueran para un lado u otro del vagón para que así decidieran —sin saberlo— su destino. "Así murió Emilia, que tenía tres años (...) Emilia, hija del ingeniero Aldo Levi de Milán, que era una niña curiosa, ambiciosa, alegre e inteligente a la cual, durante el viaje en el vagón atestado, su padre y su madre habían conseguido bañar en un cubo de zinc, en un agua tibia que el degenerado maquinista alemán había consentido en sacar de la locomotora que nos arrastraba a todos a la muerte".
Nada más se va a decir de Emilia: el lector entiende que estas pocas líneas son la inscripción en la tumba que no tuvo. En el brevísimo retrato, Levi traza una genealogía, configura un carácter, recupera el gesto de cuidado paternal que da una historia a Emilia. Se la pelea a la destrucción arbitraria y anónima. La niña queda nimbada por sus atributos y el amor familiar.
Es un pequeño relato de los muchísimos que el libro va enhebrando. En otro momento se acuerda de uno de sus compañeros de cama, Resnyk, que durante la marcha hacia el trabajo le contó su vida. Levi dice que la olvidó, pero agrega: "...era una historia dolorosa, cruel y conmovedora; porque así son todas nuestras historias, todas distintas y todas llenas de una trágica y desconcertante fatalidad. Nos las contamos por las noches, y han sucedido en Noruega, en Italia, en Argelia, en Ucrania, y son sencillas e incomprensibles como las historias de la Biblia. ¿Pero acaso no son también historias de una nueva Biblia?"
EL REGRESO. A comienzos de enero de 1945, ante el avance del Ejército Rojo, los alemanes evacuan Auschwitz. Levi tiene escarlatina y es abandonado a su suerte junto a otros enfermos. Los prisioneros que podían sostenerse en pie fueron arreados hacia otro campo. Era invierno y la mortandad fue atroz. El 27 de enero apareció la primera patrulla rusa por Auschwitz. La tregua es la historia del retorno. La liberación del campo de Auschwitz fue dura y angustiante, nada parecida a un final feliz de Hollywood. "La hora de la libertad sonó para nosotros grave y difícil, y nos llenó el ánimo a la vez de gozo y de un doloroso sentimiento de pudor que nos movía a querer lavar nuestras conciencias y nuestras memorias de la suciedad que había en ellas...". Cuando desaparece el hambre, el cansancio, el castigo, el terror a morir en cualquier momento, surge el "dolor del exilio" y la tristeza de lo vivido. Levi piensa que la ofensa es "incurable" y "es una fuente de mal inagotable: destroza el alma y el cuerpo de los afectados, los apaga y los hace abyectos".
Además del dolor y la angustia del mirarse a sí mismo en los otros espectros que lo acompañan y en los ojos de los rusos que no entienden, la trama que narra los diez meses del tortuoso camino de vuelta desborda vitalidad. En manos del ejército ruso, el tren que los saca de Auschwitz arranca para el lado contrario al destino italiano. Con paradas y vueltas incomprensibles, el viaje será el demorado umbral que habilita el retorno al mundo de los vivos, a sus problemas, dolores y alegrías totalmente ajenos al Lager y también —pronto lo comprende— a la vida ordenada de la normalidad. A las puertas de Turín, escribe: "Los meses que acababan de transcurrir, a pesar de su dureza, del vagabundaje por los márgenes de la civilización, se nos presentaban ahora como una tregua, un paréntesis de ilimitada disponibilidad, un don providencial pero irrepetible del destino".
Divertidos, arbitrarios, excesivos, despreocupadamente burocráticos, desconocedores de la eficiencia y la línea recta, el recuerdo de los rusos es imborrable. Levi vuelve al relato hombre a hombre, y ahora también mujer a mujer. Las historias personales tienen mayor énfasis humorístico y picaresco que en Si esto es un hombre, que también tenía humor pero investido de una dolida ironía y de una sátira amarga.
PUESTA A PUNTO. En Los hundidos y los salvados Levi parte de la idea de que "la verdad sobre los Lager ha ido saliendo a la luz a través de un camino largo y de una puerta estrecha". Vuelve a plantear el problema de quién da testimonio, afina la reflexión sobre los mecanismos del olvido y el acto de contar. Discute, in absentia con Jean Améry (judío, filósofo, deportado, sobreviviente, que se suicidó en 1978) sobre el perdón.
Permanente enemigo de las simplificaciones, desarrolla más su idea de la "zona gris", planteada en su primer libro: "Son muchos los signos que indican que ha llegado el tiempo de explorar el espacio que separa a las víctimas de los perseguidores (¡y no solo en los Lager nazis!), y hacerlo con una mano más ágil y un espíritu menos confuso de cómo se ha hecho, por ejemplo, en algunas películas. Solo una retórica esquemática puede sostener que tal espacio está vacío..." Levi hace visible esa "zona gris" en el mundo de las víctimas. Los alemanes son los que gritan órdenes, no tienen carnadura humana. Permanecen ajenos, desdibujados. Levi no puede ponerse en su lugar. Parecería que hay una "zona oscura" en que la comprensión y la justificación se superponen, en la que Levi no entra, a pesar de decir que lo que quiere es entender.
LA MUERTE. El sábado 11 de abril de 1987 a las 10.20 de la mañana, Primo Levi cayó en el espacio entre las escaleras desde el tercer piso de su apartamento en Turín. En principio se habló de suicidio. Se argumentó que estaba pasando por una depresión, que hacía diez años se había jubilado de químico, que estaba dedicado a escribir y pasaba un período de falta de inspiración, que no soportaba la enfermedad de su madre. Voces más cautas han señalado la ausencia de elementos que permitan apoyar una voluntad suicida. No hubo notas ni despedidas, un químico tiene medios más seguros y prolijos para eliminarse que la dudosa efectividad de un tercer piso, alguien que toma antidepresivos no es alguien que quiera destruirse. El suicidio alimentó la idea de un triunfo final de Auschwitz y la visión del nazismo como un mal absoluto, ahistórico. Es cierto que Auschwitz fue una pesadilla para Levi ya en el campo, pero todo lo que escribió atenta contra la noción metafísica de un mal desprendido de hombres y sucesos. Las causas de su muerte permanecerán en el misterio, pero parece sensato no desatar interpretaciones. Sería una manera de rendir homenaje a su austeridad, concisión y prudencia.
TRILOGÍA DE AUSCHWITZ. Si esto es un hombre. La tregua. Los hundidos y los salvados, de Primo Levi. Prólogo de Antonio Muñoz Molina, México, Océano, 2005. 652 págs.
DIALOGO CON PHILIP ROTH
El escritor y el científico
Philip Roth: Si esto es un hombre concluye con un capítulo titulado "El relato de los diez días", donde describes, en forma de diario, cómo aguantaste entre el 18 y el 27 de enero de 1945, entre el pequeño contingente de enfermos y agonizantes que había quedado en la improvisada enfermería del campo de concentración cuando los nazis huyeron hacia el Oeste llevándose a unos veinte mil prisioneros "en buen estado de salud". Lo que ahí cuentas me hace pensar en una especie de Robinson Crusoe, arrancándole a una isla maldita y despiadada lo que te hacía falta para vivir. Lo que me sorprendió entonces, y a todo lo largo del libro, fue hasta qué punto contribuyó el pensamiento de una mente científica, práctica y humanitaria. Si sobreviviste, no fue, al parecer, ni por la fuerza biológica bruta, ni por algún increíble golpe de suerte. Fue algo que tomaba raíz en tu carácter profesional: el hombre de precisión, el controlador de experimentos que busca el principio del orden, enfrentado a la malvada inversión de todos sus valores. Por supuesto que eras una pieza numerada más, dentro de una maquinaria infernal, pero una pieza numerada que poseía una mente sistemática, permanentemente necesitada de comprender. En Auschwitz, te dijiste "Pienso demasiado" para resistir, soy "demasiado civilizado". Pero, a mi modo de ver, el hombre civilizado que piensa demasiado es inseparable del sobreviviente. El científico y el sobreviviente son la misma persona.
Primo Levi: Exacto, has dado en el clavo. Durante aquellos días, tan memorables, tuve verdaderamente la sensación de ser Robinson Crusoe, pero con una considerable diferencia. Crusoe trabajaba por su propia supervivencia como individuo, mientras que mis dos compañeros franceses y yo estábamos dispuestos a trabajar, con plena conciencia de ello, y alegremente, por una causa justa y humana, por salvar las vidas de nuestros camaradas enfermos.
En cuanto a la supervivencia, es una pregunta que me hago y que me han hecho con frecuencia. Insisto en que no hubo regla general, salvo el hecho de haber entrado en el campo en buen estado de salud y sabiendo alemán. Aparte de esto, mandaba la suerte. Vi cómo se salvaban listos y tontos, valientes y cobardes, prudentes y locos. En mi caso, la suerte desempeñó un papel fundamental al menos en dos ocasiones: haciéndome conocer al albañil italiano y permitiendo que cayera enfermo una vez, pero en el momento justo.
Y, sin embargo, lo que me dices, eso de que el pensamiento y la observación fueron factores de supervivencia para mí, es verdad; pero, en mi opinión, prevaleció la mera suerte. Recuerdo haber vivido mi año de Auschwitz en una condición de plenitud vital. No sé si era por mis antecedentes profesionales, o por una capacidad de resistencia hasta entonces insospechada en mí, o por algún saludable instinto. Nunca dejé de tomar nota del mundo y de la gente que me rodeaba, hasta tal punto, que todavía conservo una imagen increíblemente detallada de todo ello. Tenía un intenso deseo de comprender. Estaba permanentemente poseído de una curiosidad que a algunos, luego, es verdad, no dejó de parecerles cínica: la curiosidad del naturalista que se ve de pronto transplantado a un entorno monstruoso, sí, pero nuevo, monstruosamente nuevo. Comparto tu observación de que mi frase "pienso demasiado... soy demasiado civilizado" no es coherente con este otro estado de ánimo. Pero no me niegues el derecho a la incoherencia, por favor: en el campo de concentración, nuestro estado de ánimo era inestable, iba cambiando a cada hora, oscilando entre la esperanza y la desesperación. La coherencia que, creo, se percibe en mis libros es un artefacto, una racionalización a posteriori.
(Extraído de El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, de Philip Roth. Seix Barral, Barcelona, 2003).