Jorge Abbondanza
Sobre individuos como Andrés Castillo —que murió el lunes en Montevideo a los 84 años— pudo edificarse el movimiento teatral montevideano que surgió en la década del 40, se expandió en la del 50 y ha sabido perdurar hasta hoy sin apearse de ciertos principios que le dieron su nivel de calidad, su sello de exigencia, su espíritu selectivo para el repertorio, su función social, su sentido de equipo y su prestigio internacional. Nacido en Montevideo en enero de 1920, Castillo se había recibido de abogado pero su dedicación más fervorosa estuvo curiosamente alejada del foro: fue la cultura escénica. Se había incorporado a Teatro Universitario en 1943, fecha a partir de la cual nunca abandonó la trinchera teatral en su múltiple condición de actor, dramaturgo, libretista, crítico, dirigente gremial, administrador de salas y fundador de instituciones vinculadas al medio.
Era un hombre de trato discreto y cordial, siempre revestido de un leve sentido del humor que se traslucía en su sonrisa y en sus agudas opiniones sobre lo que ocurría a su alrededor (y un poco más allá). En 1947, Castillo figuró entre los fundadores de la Federación Uruguaya de Teatros Independientes, entidad de la que fue secretario general entre ese año y 1958, aunque en otros períodos se desempeñó asimismo como presidente de la Sociedad Uruguaya de Actores y secretario del Centro Uruguayo del Instituto Internacional de Teatro. Estaba en todo, sin dejar por eso de escribir para la escena y de ubicarse sobre ella con la misma perseverancia heroica que caracterizó a tantos colegas de su generación en esta ciudad durante las décadas torrenciales del teatro independiente.
Detrás de una cara afilada y una voz serena, Castillo era sobre todo un hombre tenaz, analítico, profundamente observador e inteligente, cuya abundante producción como dramaturgo abarca cuarenta años y crece a partir de La llegada (1950), pasando por La cantera (1957), Parrillada (1958), La noche (1959), la bahía (1960), La jaula (1961), Cinco goles (1963), El negrito del pastoreo (1964), No somos nada (1966), Salvador (1968) o La reja (1972) hasta sus títulos finales: Nostalgeses (1986), Circus (1987) y Metastasio (1991). Orientados casi siempre a una temática urbana y un sesgo de crítica social, esos textos supieron en algunos casos derivar hacia la comedia y aún al grotesco, mientras el autor compartía tales labores con aportes al libreto cinematográfico (Cantegriles, Mis carnavales), al guión radial y al televisivo, así como a la traducción o adaptación de textos ajenos.
Por esa copiosa faena obtuvo distinciones y premios, a una altura en que su desempeño como actor había quedado definitivamente atrás (1944-1960) con sus viejas incursiones por varios grupos: no sólo el Universitario sino también Teatro Libre, Teatro del Pueblo y Teatro Experimental. Pero eso no era todo, porque Andrés además escribió ensayos, cuentos y poemas, demostrando que en su vida había tiempo para todo, incluído un matrimonio de toda la vida con Nené Rodríguez Correa, otra batalladora del teatro que estuvo a su lado hasta donde alcanza la memoria, agregando su propia energía a esa vida en común. En tiempos más recientes, la pareja había estado al frente del Teatro La Candela de Pocitos, mientras Castillo se convertía en secretario de la Comisión Administradora del Fondo Nacional de Teatro, representando a SUA. En 1987, la Asociación de Críticos le entregó el Florencio especial "Cyro Scoseria" por el conjunto de su trayectoria. Ese premio era un verdadero acto de justicia, porque él estuvo siempre al pie del cañón.