JORGE ABBONDANZA
Este es un reguero escalofriante de asesinatos, mutilaciones, emboscadas, engaños, violaciones y masacres, acompañados por la exaltada descripción verbal de esos y otros horrores. Semejante material proviene de la más sangrienta de las tragedias de Shakespeare, llamada Titus Andronicus y ambientada en la Roma imperial en medio de intrigas palaciegas que van desde la traición al canibalismo. Un equipo internacional, encabezado por la directora teatral Julie Taymor, un elenco anglo-norteamericano con Anthony Hopkins y Jessica Lange al frente y un equipo de artesanos y técnicos italianos, resolvió llevar ese texto al cine, abreviar su nombre dejando sólo Titus y filmarlo en Roma y en Pola, una ciudad croata de la costa adriática. Lo más llamativo del plan no fue apoyarse en una pieza de contenido siniestro, sino dislocar la época en que se ubica la acción, mezclando elementos de la antigüedad romana con modernidades del siglo XX que aluden al fascismo italiano, al jazz, a las vampiresas de los años 30 y al Tercer Reich.
Ese túnel del tiempo permite que dos siglos distantes entre sí convivan en una misma escena y a veces se alternen, con el inesperado efecto de que esa libertad ilumina doblemente el alcance del tema: las atrocidades de la guerra, los espantos homicidas en torno a un poder tiránico, el desprecio por la vida humana cuando hay ambiciones en juego y hasta la sed de revancha que provocan muchos actos de violencia, pertenecen a todas las épocas y siguen estando presentes en el mundo contemporáneo, aunque ya figuraban en el repertorio de sordideces del Imperio Romano. Gracias a las brillantes ambigüedades del vestuario, a las comitivas donde los carros de guerra marchan junto a las motocicletas y sobre todo gracias a los resplandores de una escenografía que echa mano a grandes ruinas y los claroscuros de una fotografía de calidad pictórica, el resultado es fastuoso.
Tiene excesos, es verdad. Por un lado están las desmesuras originales de un texto shakespeariano cuyo vuelo de lirismo es tan intenso y tan bello que hasta distrae de la enloquecedora hilera fúnebre, aunque su línea argumental es frágil, hamacándose entre enardecimientos criminales, reconciliaciones y vuelcos de conducta cuyo curso no tiene más motivación que el venerable capricho del dramaturgo. Eso es lo que diferencia a Titus Andronicus de las mayores tragedias de Shakespeare, donde no sólo va creciendo el verso a medida que progresa el asunto, sino que también crecen por dentro unos conflictos trazados con prodigiosa capacidad de penetración en la naturaleza humana. En cambio Titus es una suerte de folletín de asesinatos redimido por un poeta, un siniestro catálogo mafioso avant-la-lettre donde un general victorioso hace matar al hijo de la cautiva reina de los godos y desencadena la venganza de esa mujer, que luego se casará con el emperador y provocará muchas más defunciones.
OPULENCIAS. Por otro lado están los desbordes de la propia película, de cuya cornucopia brota un diluvio visual y sonoro, desde el monumentalismo mussoliniano hasta la fauna callejera de Fellini, con cierto riesgo de resbalar por una sobredosis capaz de vencer los ejes de la idea y abrumar al espectador, como ocurre a veces con el cine de Peter Greenaway. Claro que por momentos las ocurrencias intemporales, la astucia con que se engarzan los anacronismos y el desplante barroco, tienen notable puntería. Eso incluye desde el banquete romano para la boda del emperador, acompañado por una orquesta que toca ritmos de 1920, hasta el monstruoso festín del final, donde la elegancia y la involuntaria antropofagia de los comensales tienen como fondo la voz de Carlo Buti cantando Vivere, nada menos. Quienes hayan visto el Ricardo III que Ian McKellen y el realizador Richard Loncraine ambientaban en el período hitleriano, tendrán una pista sobre ciertos momentos de Titus donde pasado y presente se cruzan con elasticidad aún mayor que en ese antecedente.
Hay una ufana autocomplacencia en el comportamiento de la directora Taymor, innovadora notabilidad del teatro norteamericano que también firma el libreto: dos años después de Titus dirigiría Frida. Aquí a veces se demora en imágenes dotadas de más fulgores plásticos que relevancia dramática, pero los itálicos lujos de la producción tienen esa onda. Por otros conceptos, hay que acreditar a esa mujer el valor de su experiencia escénica, reflejada en la maestría con que mueve multitudes o despliega comitivas, por no hablar de la destreza con que maneja a su elenco y le arranca un estilo que no podía eludir el filo de una hibridez estética: mantener la modalidad del recitado isabelino pero asumir en parte una naturalidad que acompaña el trasluz moderno del enfoque. Con todo ello, la habitual dificultad de encontrar una clave para trasplantar a Shakespeare al cine, que ha sido durante décadas un dilema de endiablada complejidad, se suma al riesgo adicional de superponer dos épocas y con ello dos espíritus —por no hablar de los sobreentendidos políticos—que obligaban a matizar la modalidad de actuación. Pero Taymor sabe hacerlo y el resultado puede sacudir al espectador.
El elenco está dominado por la potencia visceral que Anthony Hopkins vuelca en su general estoico y luego destrozado, frente a una cautivadora Jessica Lange, sirena mortífera que combina los dones de la sensualidad con varias crestas de fiereza. Claro que también es estupendo el nivel de Harry Lennix como el moro Aarón y el de Laura Fraser como la martirizada Lavinia. Hay que ver a esa gente y sobre todo hay que escuchar sus declinaciones entre la dulzura y la bestialidad, entre el susurro y el aullido.