Beatriz Berger, de El Mercurio de Chile (GDA)
Un viejo joven es José Saramago. Nada delata en él los ochenta años que carga sobre sí mismo. Y menos las intensas actividades literarias que desarrolla casi sin detenerse en sus paseos por todo el mundo, generando muchas veces polémica con sus opiniones sobre política, derechos humanos, guerras e injusticias que este militante comunista encuentra a cada paso. Quizás sean estas mismas ocupaciones las que mantienen su mente lúcida y crítica, junto al ejercicio de escribir disciplinadamente dos o tres páginas al día porque "si uno se separa de su trabajo - según ha dicho- en ese instante empieza a morir".
"Es cierto - reflexiona divertido con que lo califiquemos de "viejo-joven"- que no tengo aficiones supuestamente bohemias, que no me gusta ir a la cama tarde, que no me atraen los bares ni el whisky, que no fumo... Conclusión: soy un escritor atípico, una persona muy aburrida que tiene una salud ¡escandalosa!, pero eso no obedece a un plan premeditado".
"Hasta ahora - agrega- he conseguido compatibilizar la necesidad de moverme, aunque a veces no me guste demasiado, y la de pensar unas cuantas cosas más que me interesa decir aún porque, tengo suerte, todavía la cabeza funciona".
Remontándonos al pasado, los faros de la infancia de José Souza Saramago fueron Josefa y Jerónimo, sus abuelos pastores, quienes en invierno, cuando los cerdos nuevos corrían el riesgo de morir de frío, se los llevaban a su cama "y allí dormían los dos viejos con dos o tres cerditos pequeños, bajo sus mismas sábanas para calentarlos con su propio calor humano. Ese es un episodio auténtico", señala el escritor a Juan Arias en José Saramago: El amor imposible. El abuelo Jerónimo, pese a que no tenía grandes conocimientos intelectuales, logró vivir con armonía y dignidad, manteniendo una relación tan intensa con la naturaleza que antes de morir se despidió de los árboles, agradeciéndoles los frutos que le habían dado.
Y con la distancia del tiempo transcurrido Saramago recuerda hoy su niñez en Azinhaga, donde nació en 1922:
"Yo era un niño de campo, de una familia pobre, muy pobre, en un pueblo donde no había comodidades. Cuando estaba en casa de mis abuelos, la pobreza era total: el suelo era de barro, al lado de la casa estaban las pocilgas con los cerdos y millones de millones de moscas daban vueltas. Se vivía mal. No puedo decir que mi infancia fue una edad de oro. Como yo era un niño serio y melancólico, no reía mucho y me gustaba la soledad, salir de casa por la mañana e ir por el campo solo, casi siempre solo. Y bueno, ahí estaban los animales, los árboles, el paisaje, el río ... Cuando llegaba al pueblo desde Lisboa, lo primero que hacía era quitarme los zapatos y acabadas las vacaciones, lo último era ponérmelos, mientras los pies libres habían crecido y a veces era un problema calzarlos... En fin, para mí esta época ha sido importantísima, porque quizás yo no sería quien soy, si no fuera por esas vivencias".
Vivencias que junto a otras - como cuando estudiaba en una escuela industrial para titularse (y se tituló) de cerrajero mecánico y uno de los ramos era ¡literatura!, embrión de su desarrollo escritural- delinearían el futuro de ese pequeño que no tuvo sueños ni tampoco fue nunca a la universidad, pero que daría un salto espectacular desde esa niñez campesina hasta recibir el máximo premio al que puede aspirar un escritor: el Nobel de Literatura en 1998.
"Yo no he dado un salto espectacular - dice ahora- porque a lo largo de toda mi vida, si hay algo que me ha caracterizado es no haber tenido nunca ninguna ambición. Sólo he hecho en cada momento lo que tenía que hacer: he trabajado en distintas actividades, hasta he sido periodista durante dos años. De joven escribí una novela, pero llegué a la conclusión de que no tenía nada que decir que valiera la pena y durante veinte años no publiqué. En el año 75 cuando me quedé sin trabajo, era director adjunto de un periódico y me entregué a la escritura. Por lo tanto, la parte más importante de lo que he realizado como escritor no ha sido premeditada, ni tampoco tiene validez esa idea de que uno está ganando experiencia para escribir más tarde".
· Tal vez la cultura oral transmitida por su familia y el ámbito que le rodeaba influyeron posteriormente en su literatura.
"Es cierto que todo lo que se comunicaba en esa época en mi pueblo se hacía oralmente, porque no había muchas personas que supieran leer. Mi abuelo, como he dicho en el discurso de la Academia Sueca, fue el hombre más sabio que he conocido y no sabía leer ni escribir. Además, era de muy pocas palabras, silencioso, pero contaba historias a todo el mundo. Sencillamente mis abuelos estaban allí: me criaron y todo permanecía en su sitio. Probablemene hoy idealizo sus figuras. Sin embargo, afirmar que el hecho de vivir en el mundo de la oralidad ha podido tener influencia en mi obra literaria, sí, pero por otro motivo".
· ¿Cuál motivo?
"En el año 79 - a los 57 años, por lo tanto- yo escribo Levantado del suelo, historia de tres generaciones de una familia de campesinos de una región de Portugal, un poco al sur de donde yo nací, pero que mantenían una relación muy estrecha. Para conocer lo que pasó durante setenta u ochenta años, estuve durante semanas en esos lugares - en los años 76 y 77- hablando con mucha gente, en su mayoría analfabetos. Mientras permanecí allí, estuve viviendo dos tiempos: el de ese entonces y los recuerdos de mi propia infancia, porque hablé con gente que se comunicaba sobre todo hablando. Aquello tiene una importancia fundamental, porque cuando me dispuse a escribir no sabía muy bien cómo narrar todo ese mundo. Finalmente me dispuse a contar la historia como cualquier otra, con señales de puntuación y todo. Pero ahí ocurrió algo que es casi milagroso, porque yo tenía vientitantas páginas escritas según los cánones, con todo en su sitio: guión, dos puntos, como corresponde... Y súbitamente, sin premeditación ni ser el resultado de una reflexión, pasé a escribir como estoy haciéndolo ahora".
· Una escritura donde la oralidad tiene un rol destacado.
"Curiosamente, cuando terminé la novela, descubrí que esa comunicación tenía que ver con la oralidad, pero también con la audibilidad, con lo que escucha y percibe el oído. Entonces la palabra tiene que sonar como si fuera música y también la frase debe organizarse musicalmente. Y eso yo diría que es casi natural en mí a la hora de escribir: aunque lo haga con relativa rapidez, la frase tiene que estar equilibrada, el compás debe ir en su sitio y las tónicas de la frase tienen que sonar como si fuera música".
· ¿De allí entonces que se salte las normas sintácticas y gramaticales?
"Ya lo hago inconscientemente. No me detengo a pensar ‘estoy infringiendo una regla’. Pero sí, lo que quiero decir debe tener sentido de forma, a veces, demasiado libre, porque efectivamente las reglas sintáticas me las salto como si no pasara nada. En todo caso, hay ahí una estructura que si bien escapa a lo canónico, al mismo tiempo instaura una especie de orden sintáctico distinto".
· ¿Será, tal vez, la lengua oral más creativa que la escrita?
"Creo que sí, porque nadie, incluso los analfabetos, a la hora de comunicar algo tienen problema para hacerlo, aunque tengan un vocabulario reducido. Pero en el momento de escribir se encuentran repitiendo palabras... Hablar es más creativo que escribir porque no hay tantas normas, o no hay ninguna; la concordancia no se hace como tendría que hacerse. Uno se distrae y entra en otro asunto, y más adelante vuelve y no pasa nada, todos entendemos. Evidentemente, la escritura tiene otra exigencia. En el caso mío, esa especie de infracción sistemática de las reglas, tiene que instalar sus propias normas. Es un pacto con el lector y si él las acepta, a partir de ahí no tiene problemas".
· Pero no se saltó muchas normas en "El hombre duplicado", sólo que en vez de punto seguido, pone coma y empieza la frase siguiente con mayúscula.
"Eso se encuentra prácticamente en la mayoría de mis libros, porque la coma y el punto, en el fondo no son ni siquiera señales de puntuación, sino señales de pausa. La peor y la mejor música del mundo se hace con sonidos y pausas".
· Usted ha dicho que su madre, a pesar de ser analfabeta, conocía mucho la lengua y recuerda la palabra "farfullar" que ella usaba.
"Eran palabras del vocabulario popular y que ahora suenan un poco raras, pero le dan un gusto distinto al idioma, porque son tremendamente expresivas. No es que uno esté preocupado en recuperar arcaismos; sin embargo, cuando rescato una palabra como esa, siento que mi propio estilo se renueva con su entrada. Y si uno sabe dónde y cómo ponerlas, el efecto es estupendo".
· Vamos a su novela actual.
"Bueno, El hombre duplicado se me presentó como siempre nacen mis novelas: de ideas súbitas, con la forma de un título, sin que fuera consecuencia de una reflexión anterior. Luego tuve que inventar una historia. Sin embargo, el tema de la identidad no es nuevo. En mi novela Todos los nombres, ya estaba presente y sobre todo la búsqueda del otro. Ocurre cuando don José, el funcionario de la Conservaduría del Registro Civil, busca a una mujer cuyo nombre encontró en un afiche. Pero este caso es distinto porque en El hombre duplicado el otro existe evidentemente y la pregunta es en primer lugar, ¿quién es el otro? y en segundo lugar, ¿quién soy yo? La verdad, es que creo que no hay respuesta para ninguna".
· Ser idénticos le permite a cada uno de los dos personajes, usurpar el espacio del otro.
"Y eso podría hacer que se suplantaran, si la cosa fuera por ahí, o no se encontrarían más o incluso podrían ser amigos, aunque eso me parecería difícil. Pero se convierten en adversarios, en enemigos irreconciliables, porque somos todos Tertuliano Máximo Afonso que no soportamos que exista el otro, porque nos quita espacio en el mundo. Y eso termina en tragedia".
· El nombre del protagonista: Tertuliano Máximo Afonso, juega un rol importante en el libro.
Usted que también ha escrito "Todos los nombres", donde ellos representan un papel destacado, ¿cree que son marcadores?
"Claro que sí, porque consideramos que el nombre, de alguna forma, somos nosotros y es indisociable".
· Y a propósito, es curioso lo que ocurrió con el suyo, cuando un funcionario del Registro Civil, le agregó el Saramago.
"La verdad es que yo debería llamarme sencillamente José Souza. Pero según la leyenda familiar el funcionario del Registro Civil que estaría un poco borracho, me puso Saramago. Cuando tenía siete años y entré a la escuela primaria, al llegar el certificado de mi nacimiento, mi padre asombrado se dio cuenta que su hijo tenía un nombre que no era el suyo. No tuvo más remedio que hacer un registro suplementario que decía que él, José Souza, también usaba el nombre de Saramago. Por eso digo que soy el primer hijo que ha dado el nombre a su padre".
· En "El hombre duplicado" la voz narrativa es un sujeto activo dentro del libro: participa, reflexiona, da explicaciones... ¿por qué ha innovado en este sentido?
"Yo no diría tanto, recuerdo una novela extraordinaria: Jacques le fataliste, de Diderot, una obra del siglo XVIII, de una modernidad increíble. Hay unas cuantas cosas que pareciera que uno está intentando ahora, pero la semilla, el embrión ya se encuentra en novelas anteriores. Sin embargo, eso tiene una explicación: la necesidad mía de reflexionar sobre lo que hago. Por eso digo que soy, quizás, un ensayista frustrado que escribo novelas de tipo ensayístico. Y la novela en que está más presente esa tentación es El hombre duplicado. Por eso la voz narradora soy yo mismo, es mi propia voz".
· Una de sus reflexiones se refiere, por ejemplo, a los sub-gestos y los sub-tonos.
"El tono en el que pronunciamos una palabra es decisivo para su comprensión. Creo reconocer una serie de sub-tonos que pueden matizar lo que está aparentemente en el tono e incluso pueden contrariarlo y eso lo percibe, si está suficientemente atento, el interlocutor. Por eso a veces nos dicen una cosa, pero de una forma que entendemos que nos quieren decir otra. Y lo mismo ocurre con el sub- gesto, con el cual se puede decir algo diferente, e incluso opuesto, a lo que se afirma realmente".
· ¡Difícil llevarlo a la literatura!
"Tanto que yo me limito sólo a enunciar la probabilidad de que existan los sub-gestos y los sub-tonos".
· ¿Por qué le da tanta preponderancia en la obra al sentido común, que incluso llega a ser un personaje?
"Mire, en mi libro Ensayo sobre la ceguera, hay una voz desconocida que se presenta y no es un personaje. Digamos que esa voz se identificó en esta novela en la figura del sentido común, que es lo que llamaríamos la voz de la conciencia. Mientras que ella se toma muy en serio, el sentido común no tiene nunca la seguridad de que lo que está diciendo es lo correcto, sino que posee la conciencia de sus propios límites. Como recordará cuando Tertuliano Máximo Afonso va a tener esa conversación con Helena, el sentido común que subió al ascensor con él, le dice: ‘no entres’, pero se niega a obedecer. Y al pasar mas allá de esa puerta, el sentido común se debe quedar afuera".
· Y afuera intenta dejar también la actual forma de enseñar historia.
"Tengo esa inquietud porque cuando uno estudia historia siempre empieza por la más antigua hasta llegar a la actualidad. Pero su enseñanza no llega nunca a lo contemporáneo, se queda atrás como si todo lo ocurrido después no tuviera importancia. Yo creo que los estudiantes entenderían mucho mejor las causas a partir de los efectos, de lo que está ocurriendo ahora. Esa es una idea mía que he transferido a Tertuliano Máximo Afonso, en El hombre duplicado. Dudo que en algún país del mundo un Ministro de Educación haga caso".
· Recién planteaba que tal vez sus novelas sean ensayos, porque cada vez hay más innovaciones dentro de este género que ha ido cambiando su perfil. ¿Cómo evaluaría la dinámica novelística que ha incorporado otras formas de literatura? ¿Debería llamarse de manera distinta?
"Yo defiendo la idea de que la novela está dejando de ser un género literario para convertirse en un lugar literario, cuya metáfora sería el mar, donde confluyen todos los ríos que, en este caso serían la filosofía, el ensayo, el drama, la poesía... para conformar el espacio de la novela, la cual, creo yo, aspira a expresar una totalidad como en los grandes poemas clásicos antiguos, que eran una suma de conocimientos, sabiduría humana y reflexión. Pienso que la novela ambiciona ser unificadora de toda la expresión literaria".
Pilar del Río: esposa y traductora de Saramago
La periodista sevillana Pilar del Río - la mayor de quince hermanos- es, sin duda, el brazo derecho de su marido desde hace dieciséis años. Como traductora de sus cuatro últimos libros del portugués al castellano, habla de las implicancias de este desafío:
"No es lo mismo - aclara- traducir a un autor con el que no se tiene confianza, que pertenece a una lengua muy distinta a la tuya y que a lo mejor es de otro siglo, porque ahí el traductor tiene un espacio de libertad. Pero cuando las lenguas son tan cercanas y si además uno está enamorada del sonido del portugués, como es mi caso, donde me suena todo tan bien, pues me plantea muchas dificultades a la hora de escribir en buen castellano".
Por otro lado, explica que la confianza con la persona a la que se está traduciendo tiene un punto a su favor: le puede hacer consultas en cualquier momento, pero también suelen discutir, lo cual no es difícil, pues el estudio de José Saramago se ubica justamente encima del de Pilar y para desplazarse al resto de la casa debe pasar por el de ella y mira lo que hace y pregunta: "¿por qué has buscado esta solución?"
En todo caso, Pilar aclara que la reinterpretación de los textos la hace ateniéndose a la "lógica interna del discurso que está traduciendo, sin demasiadas libertades". Asegura, por otra parte, que jamás sugiere cambios en los originales, pese a que los va leyendo día a día:
"Nunca en la vida - enfatiza- se puede intervenir en un trabajo de creación".
Con respecto a los pormenores de su labor en El hombre duplicado recuerda:
"Yo había traducido simultáneamente, así es que terminé mi trabajo cuatro horas después que él. Inmediatamente empezó el proceso de producción del libro en portugués y según enviaban las pruebas mi marido iba haciendo las correcciones y anotaciones y ahí me quedé detenida, esperando la última versión para empezar a trabajar tranquilamente en castellano, porque el libro solamente salía en enero. Pero de repente Argentina y Chile dicen que quieren salir simultáneamente en noviembre. Y cuando yo contaba con un mes y medio para leer, dormir y volverla a leer, me encontré que tenía que hacer todo muy de prisa, por Chile y Argentina".