JORGE ABBONDANZA
Debe recibirse con benepácito la idea de armar una exposición figariana, integrada por veinticinco óleos provenientes de colecciones oficiales, galerías de arte y pinacotecas privadas. Porque en varios sentidos, Figari fue una personalidad de espectro único dentro de la plástica uruguaya. Al margen de su impulso creador en materia visual, este hombre fue un abogado de nota, un pensador filosófico, un político de fervorosa militancia, un legislador y un planificador de la educación, entre otras cosas. El único reparo que ahora merecería la iniciativa del Ministerio de Relaciones Exteriores, es en todo caso el título de la exposición, donde se lee Muestra Retrospectiva del Doctor Pedro Figari. En esta oportunidad, la calidad doctoral del artista no tiene mucho que hacer: en un país de abundantes doctores, agregar la partícula que en la ocasión antecede al nombre del implicado y alude a su diploma universitario, no agrega cosa alguna al prestigio o al carácter de Figari como plástico e implica —a pesar de su destaque como criminólogo— una condición menos excepcional y por cierto más común que la intrepidez, el talento o la sensibilidad del artista en su quehacer pictórico. Para ciertas mentalidades no sólo uruguayas, decir que alguien es doctor equivale a extender una credencial de lustre que sin embargo no siempre coincide con la calidad del referido y que a Figari por cierto no le hace falta en torno a una exhibición de su pintura, pero que alguna gente aprecia mucho insistiendo en que nunca se omita esa mención.
Hace poco se publicó un libro sobre Figari escrito por Julio Sanguinetti, cuyo título incluía el vocablo "doctor". En ese caso el hecho se justificaba porque el texto aludía a los múltiples desempeños de la personalidad retratada, incluyendo su actuación en el foro. Pero una muestra pictórica no es motivo para agregar esa denominación: a poca gente puede interesarle que el gran plástico italiano Alberto Burri fuera médico o que el pintor francés Paul Gauguin hubiera sido corredor de bolsa.
OBRAS. La selección a exhibirse incluye tres obras pertenecientes al acervo del Palacio Legislativo, diez provenientes del patrimonio del Museo Histórico Nacional, tres que ha cedido el Museo de San José, cuatro que pertenecen a la Galería Latina, tres de la Galería de la Bahía y dos de importantes colecciones privadas. La producción pictórica de Figari fue torrencial: aunque se volcó tardíamente al arte plástico en una etapa de madurez de su vida, el creador encaró su faena con un entusiasmo indeclinable, lo que explica una producción tan prolífica y un constante afinamiento de sus medios expresivos.
Moviéndose en campos temáticos que fueron especialmente ricos en estampas rurales y en su registro de la comunidad negra, Figari desarrolló un lenguaje de notable síntesis en que la figura humana aparece resuelta con gran economía y libertad de trazos, manteniendo siempre una pincelada extraordinariamente flexible y ondulante, que parece transmitir vitalidad a cada enfoque y en cuya seducción se suma el encanto popular al ritmo y a la puntería cromática de una paleta a menudo radiante.
Consagrado públicamente luego de su muerte, a partir de las grandes exposiciones que se organizaron en los años 40, Figari integra desde entonces una primera plana de la pintura moderna en el Uruguay, junto a Joaquín Torres García y Rafael Barradas. Esos tres maestros de modalidad tan dispar, presiden el panorama del arte nacional de la primera mitad del siglo XX junto a otros creadores de calidad fuera de lo común como Alfredo De Simone o José Cúneo. Volver a enfrentarse ahora a una hilera de obras figarianas, es una manera de reencontrar un índice de esa maestría que enriqueció el aporte uruguayo a las artes visuales de manera duradera y quizás irrepetible.
Figari: de frente y de perfil
En el prólogo que escribió para un minucioso libro de Raquel Pereda sobre Figari, Julio Sanguinetti señaló algunos rasgos personales del artista aludiendo a una multiplicidad "que sugiere el Renacimiento, el mundo de los hombres universales a los que nada de lo humano les era ajeno". Como sostiene Sanguinetti, "Figari representó en el Río de la Plata, quizá como nadie, ese fin de siglo XIX acelerado y contradictorio en que se conjugaban los hombres del progreso con los poetas del "spleen" decadentista, los espíritus científicos con las mentalidades confesionales, los acérrimos defensores del orden conservador con los renovadores sociales que comenzaban a imaginar utopías".
Así Figari fue un "criminólogo comprometido, que enarbola la bandera de la abolición de la pena de muerte y polemiza sobre ella de modo torrencial. La política lo llama en los tiempos modernizadores del período inicial de Batlle y Ordóñez, a cuya primera candidatura sirve con entusiasmo e inteligencia. Su pensamiento filosófico, de inspiración spenceriana, lo proyecta con originalidad sobre una idea utilitaria del arte, concebido como necesidad orgánica de los humanos y asociado a la industria, a la mano, al objeto artesanal". Claro que "su opción vital de pintor recién aparece pasada largamente la cincuentena, cuando se frustra su verdadera pasión, que era la pedagógica". Si sus ideas en la materia hubieran sido debidamente interpretadas a nivel político, "nos hubiera legado seguramente una enseñanza técnica de mayor relieve que la que tuvimos, una formación para el diseño industrial que aún hoy es incipiente".
Aunque la faena pictórica de Figari está ligada a Buenos Aires (y aún al París en el que vivió varios años de su edad madura), "la vida y pasión de Figari es uruguaya". Emprendió la búsqueda de una temática nacional "a través de los medios expresivos de la cultura europea. La imagen del "doctor" Figari, respetado abogado del Banco de la República, reconocido penalista, diputado, académico importante, enlazado a través de la familia de Castro con la sociedad prominente del país, contradecía el desarrollo de una vida de artista que en su madurez pareció una excentricidad". Porque aquella pintura figariana "tan fuerte de colores, tan agresiva de formas, tan simplificada en sus figuras, resultaba demasiado osada para un público que ni siquiera había sido ganado para el impresionismo".
Apoyado en Buenos Aires por el mecenazgo de Manuel Güiraldes, padre de Ricardo, el gran pintor levantó vuelo con una obra en la que pocos confiaban y que le daría —como inesperado vuelco de la vida y de la cultura regional— una posteridad que sólo el arte plástico le asegura indefinidamente.