JORGE ABBONDANZA
Una figura solitaria. El notable Armando Halty, que había nacido en Montevideo en octubre de 1939 y que murió el miércoles 19 de marzo al cabo de varios quebrantos de salud y de un accidente sufrido mientras ensayaba la reposición de "El último yanqui", vivió como un individuo solitario y retraído, aunque en todo encuentro con viejos amigos sabía reactivar su cordialidad y hasta su postergada necesidad de comunicación. Esa figura que ahora uno imagina tan aislada, también fue un ejemplar bastante apartado en estilo y en divismo de todos los colegas de su generación teatral.
Perteneciente a una oleada de grandes actores que en la escena montevideana dio asimismo competidores de la talla de Mario Branda, Villanueva Cosse o Luis Cerminara, esta personalidad que acaba de desaparecer se había formado durante los años 50 en la escuela de La Máscara, donde debutó con "Vuelve pequeña Sheba" y donde formó pareja con Nelly Weissel en una recordada versión de "Té y simpatía".
Figuró luego en varios elencos independientes hasta su debut en teatro profesional con "El décimo hombre de Chayefsky" (1962), luego de lo cual llegaría su fermental vinculación con Federico Wolff y Teatro Universal, en cuyas filas cumplió labores perdurables, desde "Marat Sade" hasta "La vuelta al hogar" de Harold Pinter, en la que ya lucía la plenitud de sus medios expresivos, al frente de los cuales figuraba una voz resonante que podía llenar el espacio como una clarinada.
Dotado de la afectación, del aplomo y de la presencia dominante de los divos, Halty se perfilaba desde sus comienzos como una primera figura, rango que ocupó en una etapa intermedia de su carrera, cuando transitó por varias comedias en el Notariado ("La importancia de llamarse Ernesto", "Vidas privadas"), cuando integró la Compañía de China Zorrilla ("El tobogán", "Plaza Suite", "Grito"), cuando fue llamado por Omar Grasso para incorporarse a la hueste de Teatro Circular como actor invitado en dos puestas espectaculares ("Rey Lear", "Divinas palabras"), cuando funcionó como eje de un drama recreado de modo ejemplar ("Diario de un loco", dirigida por Héctor Vidal), cuando integró el reparto de una obra intrépida ("Los amigos", con dirección de Antonio Larreta) y sobre todo cuando se apropió durante cuatro temporadas de formidable éxito de la figura de Roberto delas Carreras en "Boulevard Sarandí" (con dirección de Mario Morgan).
A esa altura comenzó a cosechar elogios internacionales, distinciones y premios que se reiterarían en los años siguientes: obtuvo varias veces el Florencio de los críticos, desde "El caso Oppenheimer" y "Lear" hasta "El vestidor", "Todo desnudo será castigado" y "El último yanqui", ya en su etapa como presencia de primera línea en la Comedia Nacional. Al elenco oficial había ingresado en 1981 y allí entregó la madurez de su oficio y su instinto en "Mefisto", "Los gigantes de la montaña", "Amadeus" y una reposición de "La nona" de Roberto Cossa donde tenía a su cargo en el papel central un festín de histrionismo.
Durante varias décadas integró giras por otros países (Argentina, España) en que pudo ensanchar el ámbito de un reconocimiento que ahora en su ciudad natal lo acompaña desde el campo del periodismo, desde la platea y desde el círculo de sus compañeros de trabajo, para rodear la despedida que le corresponde a una presencia mayor, un talento fuera de serie del teatro nacional.