JUEVES 20 de febrero de 2003- Año 85 -Nº 29288
Internet Año 7 - Nº 2398 | Montevideo - Uruguay
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La muerte de Carmen Avila permite revisar las etapas de una notable carrera
Adiós, Carmucha

El recuerdo de la actriz forma parte de la mejor memoria del teatro uruguayo del pasado

J.A.

Carmen Avila, nombre artístico bajo el cual se cobijó durante años Carmen Rodríguez Larreta, murió el sábado 15 de febrero en París como consecuencia de una crisis cardíaca que había sufrido semanas antes y que tuvo un largo epílogo, como si hubiera tratado de postergar la despedida. Nacida en Montevideo en abril de 1920, la actriz formó parte del elenco de Club de Teatro en los años de oro del movimiento independiente, donde también figuró su hermano Antonio Larreta. Cumplió allí una primera etapa de su carrera, dejando constancia de una encantadora personalidad que desplegaría hasta afianzar en poco tiempo una presencia escénica y un temperamento muy seductores. Lo notable de Carmucha en escena era su doble aptitud, porque no sólo tuvo una gracia natural y un elegante desenfado para la comedia, sino que agregó a ese privilegio un estilo dominante con el que revistió unos cuantos papeles dramáticos.

Nada de eso, empero, pareció ocupar un lugar decisivo en su vida, porque a cierta altura abandonó la actividad teatral sin que en apariencia significara para ella un grave pesar, sino más bien cierto alivio por la recuperación de su intimidad personal y su discreción, dos amparos que eran inseparables de su estampa. Pero antes de que llegara esa retirada definitiva, Carmucha tuvo —por suerte para su público— abundantes oportunidades de exhibir en escena su efigie, su intuición y su sensibilidad con actuaciones en el propio Club de Teatro (Doña Rosita la soltera, La fierecilla domada, Los hermanos Karamazov, Locos de verano, La casa de Bernarda Alba) y luego junto con Pacho Martínez Mieres como titular de un rubro que brindaría varios deleites a fines de los años 50 y comienzos de los 60: la Compañía Avila-Martínez Mieres, membrete de felicísimo recuerdo.

Allí Carmucha tuvo oportunidades memorables de enarbolar su sentido del humor (Presentación en sociedad) y hasta su risueña emoción (Lecho nupcial), alcanzando con La parisienne de Henri Becque uno de los trabajos más cautivadores de su carrera gracias a ese marivaudage de dobleces y adulterios donde —entre otras cosas— sabía llevar como nadie los trajes diseñados por Gumita Zorrilla. De vez en cuando era dirigida por Taco, lo cual volvió a ocurrir cuando ella y Pacho se incorporaron a la hueste del Teatro de la Ciudad de Montevideo para algunos espectáculos (La pulga en la oreja, Porfiar hasta morir) que ese grupo estrenó en el Uruguay y ofreció luego en giras internacionales. Fue con el TCM que Carmucha ofreció más tarde un canto de cisne llamado La presencia invisible (sobre Acreedores de Strindberg, dirigida por Larreta en el Circular, 1969) donde impuso la suma definitiva de su intensidad y su madurez en un papel que no se ha borrado de la memoria, como centro de un torneo con los dos hombres que la flanqueaban (Mario Branda, Luis Berriel).

Ahora todo eso forma parte de un pasado que la muerte de Carmucha ayuda a revivir como si refrescara viejas emociones en torno a montevideanos de veterana lealtad. Una noche, durante la temporada que cumplió La presencia invisible en aquel Montevideo todavía verde, este cronista subió al 116 para volver a su casa y en ese ómnibus iba Carmucha después de la función, acompañada por Taco y por Pacho. Todavía peinada y pintada como había salido a escena, habló muy complacida de la platea llena y los aplausos que habían resonado esa noche en el Circular. Era impresionante la expresividad (y la hermosura) que tenía su cara maquillada, aún a través del pasillo de Cutcsa: 34 años después, sigue vivo en el recuerdo el fulgor de aquel par de ojos verdes por encima del arco contagioso de su sonrisa.

Después Carmucha, con su hija Ana, con Taco y una parte de la familia, vivió durante años en Madrid, alejamiento sobrellevado con la misma gallardía que acompañó su vida entera y que la convertía, en su casa de la calle Mayor, en una anfitriona deliciosa. Había vuelto a Montevideo a fines de los 80, lo cual permitió que viejos amigos volvieran a verla con bienvenida frecuencia y a disfrutar de esa proximidad. Ahora se despidió finalmente, tan lejos de todos, pero con su hija, su yerno y sus dos nietos al lado, como Dios manda.



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AVILA. Con Pancho Martínez Mieres en "La Parisienne" de Henri Becque.