La aventura del cine

| Un género que, desde sus inicios, ha tenido una intensión clara y firme: entretener.

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Sobre todo, hay dos rasgos que perfilan al género. En primer lugar, el cine de aventuras realza el componente heroico de personajes y/o sucesos. Como complemento, entretenimiento asegurado para el público. Esas son las bases invulnerables al paso del tiempo.

ORÍGEN. Los europeos fueron los primeros aventureros del género. Allá por 1902, Viaje a la luna del francés George Mélies pasaría a ser un antecedente fundamental. Cinco años después filmaría 20.000 leguas de viaje submarino, que se convertiría en el primer largometraje de cine de aventuras de la historia bajo la versión británica, a cargo de Stuart Paton, en 1916. Del lado alemán también surgirían los primeros intentos aventureros, con títulos como La tumba india (Joe May, 1921), y las escaladas montañesas de la cineasta Leni Riefenstahl como actriz, bajo la dirección de Arnold Franck.

Por esa época surge en Norteamérica el fenómeno Douglas Fairbanks, quien produjo e interpretó varias películas. Trabajó en clásicos como La marca del Zorro y Robin Hood, erigiéndose en el estereotipo del héroe americano y en cazador masivo de simpatías.

Estados Unidos sería otro de los focos aventureros: engendró a la figura de Fairbanks y creó el subgénero de "la capa y la espada" con películas como Los tres mosqueteros, El prisionero de Zenda y Scaramouche.

A GRANDES RASGOS. Búsqueda de tesoros, excursiones misteriosas, rescates intrépidos... Por ahí giran las riesgosas aventuras en las que se embarcan los héroes (valerosos y/o sobrenaturales), representantes de valores o de objetivos individuales que los impulsan de forma ciega a extinguir todos los obstáculos que irán surgiendo. Del otro lado está el villano y su séquito. Y aparece la heroína, el idilio romántico y el final feliz.

Mundos exóticos, lejanos o irreales constituyen otra característica del género. Esos escenarios fuera de lo cotidiano -selvas, mares, islas, desiertos, galaxias- sirvieron de válvula de escape durante la década del `30 -por ejemplo- en que la crisis del 1929 frustraba la imaginación y la esperanza; pero siempre guardadas en el celuloide, que ofrecía al ícono de Errol Flyn con películas como El capitán Blood; empresas coloniales, náufragos y navegantes, piratas, espadachines, hechiceros, exploradores, espías...

Como fuentes, el cine de aventuras bebe de la literatura (Julio Verne, Mark Twain, Robert Louis Stevenson, Jack London, Emilio Salgari, Connan Doyle, etc.), de la mitología, relatos bíblicos y más propio de la actualidad, los cómics. Tanto en papel como en película, las aventuras contienen un elemento incierto o misterioso, situaciones peligrosas y su resolución (el denominado cliffhanger), que explican el ritmo, la cadencia del género. Porque algo que lo define por sobre todo es la "acción": batallas, luchas mano a mano, persecuciones, que suponen su principal alimento. Tal es así que el cine de acción y el de aventuras suelen englobarse en un macrogénero. La ambientación, el vestuario y los efectos especiales son las otras columnas que, sumadas a la acción, prevalecen sobre el guión. Por su parte, el tratamiento dramático o realista de las situaciones giran en torno al eje primordial: el entretenimiento.

Por otra parte, ese "viaje" que experimenta el protagonista actúa como transformador, conviertiéndose en héroe o revalidando sus fuerzas. Se da, en definitiva, una renovación vital del personaje, ya sea por el logro de la misión, la conquista del amor...

OTROS RUMBOS. Claro que con la posmodernidad, las convenciones del cine de aventura comenzarán a desdibujarse o, quizá, volverse más ricas. Porque los personajes ya poseen su cuota de cinismo, una ambigüedad más marcada, anhelos más relacionados con la vanidad... En fin, los estereotipos parecen quebrarse (como el personaje de Daniel Craig en la última entrega de James Bond) y asisten numerosas películas en clave de parodia, como la saga de Piratas del Caribe y la ironía genial encarnada en Johnny Depp.

El "nuevo cine de aventuras" tendrá figuras claves como Steven Spielberg o George Lucas, quienes revitalizaron (y masificaron) al género. Ofrecieron un gran despliegue de efectos especiales pero sin renunciar a esa óptica ingenua; sin renunciar a brindar pura emoción y entretenimiento, bien propios de su época clásica.

Hay una línea esencial que se extiende hasta nuestros días. Las películas de aventuras sellan un fuerte pacto de ficción con el espectador, dispuesto a aceptar lo irreal, inverosímil. Porque encuentra disfrute, la identificación ficticia con héroes, la vivencia virtual de esas aventuras.

Aventuras fílmicas emblemáticas

El listado podría ser gigantesco. A destacar:

La extensa saga de Tarzán y Simbad el marino, King Kong (Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack, 1933), La isla del tesoro (Victor Fleming, 1934), El conde de Montecristo (Rowland V. Lee, 1934), Gunga Din (George Stevens, 1939), Moby Dick (John Huston, 1950), La vuelta al mundo en 80 días (Michael Anderson, 1956), Hatari! (Howard Hawks, 1961), La aventura del Poseidón (Ronald Neame, 1972), Conan el destructor (Richard Fleischer, 1984), las entregas de Indiana Jones y Jurassic Park (Steven Spielberg), la saga de La Guerra de las Galaxias (George Lucas), 1492: La conquista del paraíso (Ridley Scott, 1992), Troya (Wolfgang Petersen, 2005), la trilogia de El Señor de los Anillos (Peter Jackson)...

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