Hagan lo que yo digo pero no lo que yo hago

| De profetas y de locos todos tenemos un poco, dicen. Pero unos tenemos más que otros. Otro dicho muy conocido es aquel de: hagan lo que yo digo, pero no lo que yo hago.

Dos biografías publicadas en inglés revelan las hondas discrepancias entre lo que Khalil Gibran predicaba, su apego a la vida fácil y su total falta de escrúpulos.

barilarius@yahoo.com

Ambos se aplican intensamente al caso del profeta del nombre capicúa, Gibran Khalil Gibran.

Aún antes de haber publicado su best seller, El Profeta, de 1923, el joven inmigrante libanés le había vendido a la prensa de Estados Unidos una jugosa biografía apócrifa.

Supuestamente, venía de una familia noble, su padre poseía un gran palacio donde criaba tigres y la familia de su madre era la más rica de El Líbano.

En verdad, el progenitor de Khalil Gibran era un recaudador de impuestos para el Imperio Otomano que terminó en la cárcel por desfalco, como un Bengoa cualquiera.

Harta del marido botarate, la mamá de Khalil se los llevó a él y a sus hermanas en un barco para la lejana Boston. Allí ella vendía prendas de ropa, puerta por puerta, con un cajón a la espalda: el famoso cajón de turco.

Las hermanitas de Khalil fueron puestas a trabajar como costureras. Mientras Khalil Gibran, como el varoncito consentido de la familia, iba a la escuela y no laburaba.

Hacia 1896 nuestro amiguito se consiguió otro sponsor en la persona de un crítico de arte al que le gustaba fumar sus cigarrillos en largas boquillas de marfil, usar turbante y retratar desnudos a mozalbetes de aspecto exótico. Este excéntrico sujeto se llamaba Fred Holland Day.

De "príncipe oriental" nuestro efebo pronto fue ascendido por su mecenas a "místico" y "joven profeta".

La madre de Khalil, preocupada por las malas compañías de su vástago, decide fletarlo para Beirut de una y meterlo pupilo en un colegio de la secta maronita, a ver si se le bajaban los humos.

Pero para 1902 el jovenzuelo andaba otra vez curtiendo la noche bostoniana con el bacán que lo acamalaba, como la chica del tango.

Tras la muerte de su madre y dos de sus hermanas, Khalil paso a dejarse mantener por la hermana sobreviviente, una pobre costurerita que nunca dio el mal paso.

La carrera de artista la empezó en 1904, no como escritor sino como pintor, en una exposición que le arregló su devoto Pigmalion, el Señor Holland Day.

Por esa misma época nuestro irresistible caballerete empezó a escribir y a publicar, con ayuda de diferentes señores y también damas de cierta edad que tampoco le podían decir que no.

Una de ellas, Mary Haskell, directora de una escuela para señoritas, pasó a ser su principal fuente de suministros, así como correctora de los textos que Khalil escribía en árabe o en un inglés bastante indigente, digamos.

La dama tuvo el gesto de mandarlo a París por un año con gastos pagos y le siguió bancando lujos a su vuelta, aún cuando, usando subterfugios varios, Khalil se negó a casarse con ella.

En estas biografías se narran penosos y frustrados intentos de la acaudalada solterona humillándose de todas formas para que el veleidoso Khalil la aceptara.

En 1923 Khalil publicó El Profeta, el único de sus diecisiete libros que alcanzó el éxito. Pero qué éxito.

Despreciado por la crítica de ayer, de hoy y de siempre, lleva millones y millones de ejemplares vendidos. Y ha servido de inspiración tanto para pósters como para casamientos, para bodas modernas, tanto como para consultorios de homeópatas y quiroprácticos.

Contando la historia de un supuesto profeta de tiempos muy antiguos, Gibran hace una poesía de lo obvio, utilizando fuentes cristianas, árabes y drusas, éstas menos conocidas en occidente.

En los últimos años le salió su único serio competidor, el brasileño Paulo Coelho con su alquimista. Aunque a Coelho hay que reconocerle otra sinceridad respecto a las pasadas tribulaciones y depresiones de su vida privada.

En cuanto a Khalil Gibran, sería profeta, pero está claro no mascaba vidrio.

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