Sábado 01.12.2007, 20:02 hs. | Montevideo, Uruguay
 
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El asombro desbordó el teatro
El tango vive y florece en Montevideo. Malena Muyala, con su voz mediana y singular, plena de color, de sensibilidad, embrujó al público del teatro Solís. Sin estridencias entregó su recital y grabó en vivo su nuevo disco con su color particular: el color del encanto.

Por: ENRIQUE ESTRÁZULAS

Cuando un tema está cantando, "definitivamente" podemos pensar en cientos de creaciones de Carlos Gardel, en la magistral versión de Sur, por Edmundo Rivero, en Ignacio Corsini cantando La Pulpera de Santa Lucía, y algunos ejemplos más. El asombro nos abraza cuando oímos el tango Golondrinas, por Malena Muyala, sin la más mínima influencia de su creador, Gardel, que se hubiera admirado ante la vocalización y arreglos de la cantante uruguaya. Por esa hazaña -y por varias más- fue que el recital de la espigada maragata se transformó, poco a poco, en un espectáculo portentoso.

Malena Muyala es dueña de la corriente lírica del tango, de una voz singular, sobria y nítida, sin afectaciones, ni ordinarieses falsas o ramplonas. Es centro de un escenario sin músicos estridentes con puntos salientes (Aguerre) y de su propia escena, sus gestos, su andar, donde triunfa nuevamente la sobriedad. Ella canta tangos, candombes, milongas, etc., sublimiza a Homero Manzi, a Cadícamo, a Le Pera, a Homero Expósito, y es una compositora dotada de un latir poético (Viajera) que se ensambla con una voz que conoce cada vez mejor el valor de las palabras. Malena prueba que la voz humana no necesita demasiados bríos ni excesos de violencia. Los tangos -arrabaleros o líricos- dicen lo que dicen sin esfuerzos vanos. Y la voz de ella, que los canta y recrea, tiene una magia opalina.

Un extenso repertorio carente de errores permitió que en la noche del jueves 15 de noviembre se grabara un nuevo disco, aún sin nombre, aprovechando una acústica que lindó con la exactitud, con el punto justo, donde un núcleo de admirables músicos la acompañaron a la altura de un recital consagratorio. En un Teatro Solís desbordando, llamó la atención el hondo silencio que acompañó cada interpretación, los bravos y el fervor con que fueron celebrados los finales. Ese respeto, ese entusiasmo tan bien ajustado, parece decir que la cantante tiene un público tan selecto como popular, tan fervoroso como recatado. El tango, en esos niveles de calidades varias, sin duda lo merece.

En varios escenarios de Buenos Aires, quien esto escribe ha seguido a Malena Muyala, ha percibido su cuidadoso ascenso. A pocos años de esa comprobación, hoy la percibe en el primer plano de las cantantes rioplatenses. No podía ser de otra manera. Está en su sino, en su línea profesional, en su raro talento.

La iluminación hizo un trabajo tan sutil que eludió la notoriedad, como si buscara el ocre, un cierto crepúsculo, un color para el tango. Esa certidumbre se agrega a un espectáculo sin errores, compacto, para el recuerdo. Malena Muyala va llegando, sin prisa, a la cumbre. Su sensibilidad, su inteligencia, su voz singular, ayudan a que el tango mayor no decaiga. Ella es, por sí sola, una renovación, el titilar genuino de aquellas artistas que no imitan a nadie y crean, crecen, llegando a tocar los umbrales de la taumaturgia.

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