Kuropa & compañía

| Un club de amigos formado gracias al zapping, una banda para un cantautor y un viaje de seis años que llega al primer disco.

Por: Sebastián Auyanet

Había un programa en TV Ciudad llamado Ahora TV en el cual vos tenías tres minutos por reloj para hacer lo que quisieras. Ahí yo me animo, voy y canto una canción (Yo no pido). Y ahí Facundo (sí, el chico de la foto es Facundo Ponce de León) y Andrés (Guidali) están justo estudiando en su casa y haciendo zapping y justo dan con ese programa. Entonces me contactan y ahí formamos un trío con dos percusiones y una voz con guitarra", cuenta Diego Kuropatwa en una pizzería del Centro. "Al tiempito que empezamos a ensayar, Andrés tiró el nombre. `Mirá, las canciones las hacés vos, tenés un apellido raro, por qué no nos ponemos kuropaisía?` Y así quedó". Claro que esto fue hace ya seis años, pero Diego se dio cuenta de su vocación de hacer letras a los veintiuno. Hace ya once años. "Mis dos mejores amigos del liceo empezaron a tocar guitarra cuando tenía 17 años y yo arranqué, pero ahí me di cuenta de lo que iba a representar la guitarra en mi vida". Diego habla de temas que necesitaba sacarse de arriba desde esos primeros conciertos en el pub Nat Capiloncho, de temas propios mezclados con covers de Café Tacuba y de catarsis. Justamente eso es lo que más se palpa en Y qué dirán, trabajo debut del ahora quinteto que llama la atención por presentarse en formato banda una vez que el trasfondo personalista de las canciones del disco se deja ver. "Es que en muchos casos la banda es un marco de contención y de apoyo para Diego, muchas cosas como el propio disco salieron del respaldo que toda la banda puso y por eso todo el laburo se encara entre todos", explicará luego Juan Andrés Mondino, acompañante de honor y amigo reconvertido en miembro estable y definitivo al momento de entrar al estudio para aportar punteos de guitarra.

Pero hay que volver a la catarsis de la que Diego habla, porque es el epicentro creativo que mueve al resto de la banda. La música de Kuropa y Cía. suena a canciones de autor muy influidas por la pluma de Silvio Rodríguez (Diego reconoce ser fanático del cubano, pero también del Tropicalismo brasileño y de algunos discos de Drexler y Jose Afonso), con altos grados de intimidad y un sello propio que crece tema a tema, con el agregado de una banda que acompaña sin grandes instrumentaciones ni solos puntuales. Casi minimalista. Por las letras pasan reclamos de hijo, desamores y hasta los pasillos de la casa de un abuelo que no caen en los vicios de la literalidad ni los lugares comunes. El alto grado de introspección hace que las canciones se hagan creíbles por sí solas sin tampoco precisar de metáforas demasiado complicadas. Aquí, lo que Kuropa cuenta tiene el peso específico de los sentimientos que dejan de inquietar una vez plasmados fuera de la cabeza. "Había una necesidad de sacar estas cosas que escribí hace siete u ocho años y que reflejaban una época de mi vida. Ahora que están en un disco ya estoy trabajando muchas otras, imaginate después de todo el tiempo que pasó todo lo que tengo escrito. ¿Un momento para escribir? Siempre ando con una libretita a mano, pero creo que la noche, después del laburo y el estudio, es el mejor momento para armar un tema, escribiendo y con la guitarra a mano". Luego Juan Manuel aclarará que las canciones son "todas autosuficientes". Es decir, que cada miembro de la banda tiene claro que el rol de cuerdas y percusiones está enteramente orientado a vestir las melodías crudas que llegan en forma de acordes y punteos de guitarra española.

Y que dirán es también, como la mayoría de los discos en formato cantautor clásico, un trabajo marcado por matices melancólicos que, salvo algún caso puntual como el de la canción que da nombre al disco, está bien lejos de un ánimo bolichero. "Toda la banda es así, bastante tranqui, y en la mezcla de temas se buscó que el disco tenga ese ánimo. Es un ánimo que levanta muy poco", explica Juan Manuel. Sin embargo, ni él ni Kuropa creen que el disco sea demasiado montevideano. "Quizá el ser montevideano implica una cierta melancolía y ahí hay una influencia indirecta, pero acá ni siquiera hay imágenes de la ciudad", agrega Diego.

Otra de las particularidades de Kuropatwa es su empleo. "Yo... trabajo en Ayuí", dice, con una risa tímida, largando prenda. "Resulta que cuando tuvimos el disco fuimos viendo sello a sello qué posibilidades teníamos y por decisión de la banda se optó por trabajar con Bizarro, algo a lo que la gente de Ayuí no puso trabas, con lo cual les estoy muy agradecido. Lo cierto es que nosotros paseamos el disco por todos lados y fue Bizarro quien nos hizo el ofrecimiento para trabajar. De todas formas, tengo claro que sólo en Uruguay se pueden dar este tipo de cosas. En Ayuí trabajo con gente increíble como Ruben (Olivera), que me ha enseñado mucho sobre música, más que nada a abrir la cabeza y no fanatizarme con artistas, y prescindir de otras cosas. Estoy ahí desde hace cinco años, en la disquería y haciendo trabajo administrativo. Es raro que un artista que grabó con Bizarro venda discos de Ayuí pero por suerte no hay problema (risas)".

Seguramente aquél público fiel que conoció a la banda en aquel boliche del Centro se encuentre con mucha evolución para el concierto del próximo 10 de octubre en la Sala Teatro MovieCenter. "Teníamos que llevar las cosas a otro nivel pero se conserva la esencia. Ahora todo suena mejor. Antes Diego no quería ni oír un bajo en las canciones, ahora que tenemos bajo ya no puede ponerse a tocar si no lo tenemos", dice Juan Manuel, también entre risas. "Para todos los que hicimos el camino de la banda este va a ser un momento único"

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