Chau, Gordo

| Tuvieron que pasar muchas décadas y tuvo que registrarse una revolución en las comunicaciones para que alguien pudiera desafiar el reinado de Enrico Caruso.

Despedir a Pavarotti es como despedir a un amigo de toda la vida al que se le perdona todo. La voz más famosa de la historia ha sido como un telón de fondo para los últimos 40 años.

Lo suyo fueron esa voz enorme, aceitada y metálica a la vez, ese talento melódico increíble para pasar por toda una ópera como si fueran canciones populares. Y, más que todo, esa alegría total por el simple hecho de estar cantando.

Pavarotti no fue un músico ilustrado, sino un talento nato. Sus conocimientos musicales fueron limitados, nunca leyó música del todo bien, su pronunciación, cantando en francés o alemán, siempre fue terrible.

Si uno quiere oír a un cantante súper inteligente e ilustrado, es mejor acudir a Placido Domingo, un músico completo y un sabio de la música. O al alemán Dietrich Fischer Diskau.

Pavarotti fue puro goce y puro instinto, y con ese don que mitad trajo de la cuna, mitad desarrollo gracias a su padre, también cantante, y el apoyo de buenos maestros, nos regaló al menos unos 25 años de carrera gloriosa.

Hoy nadie duda de que Pavarotti es el tenor más escuchado de la historia.

Papeles como el Rodolfo en la Boheme, de Puccini, que lo catapultó al estrellato; el Edgardo en Lucia, de Lamermoor, Cavaradossi en Tosca; el Duque en Rigoletto; Ricardo en Un Ballo in Maschera, o Radames en Aída, fueron otros tantos picos de su carrera.

Por suerte, ahí tenemos los cedés y los devedés para seguir reiterando el milagro.

Pavarotti fue un individuo de enormes apetitos, en general, no sólo amigo de la buena mesa, sino un hedonista, en general.

Ese espíritu a lo Gargantúa quizás sea inseparable de su forma de encarar el canto, también hedonista y nada intelectual, y de sus eternos problemas con el peso.

La obesidad siempre lo condicionó como actor, además de acarrearle problemas a su salud.

Sin embargo, su rusticidad escénica nunca le impidió una espléndida comunicación con el público, que en el fondo, cuando va a la ópera, está más interesado en una buena garganta que en un ganador del Oscar.

La fama pavarottiana en el mundo de la lírica se produjo después de su Boheme en Nueva York. Pero la fama universal de que ha disfrutado después, como nunca ningún otro intérprete proveniente de la música llamada culta o clásica, llego más tarde. Y fue el fruto de un cuidadoso marketing, que lo paseó por estadios y canales de televisión. Hasta llegar el fenómeno de los tres tenores.

Debo decir, al pasar, que con toda mi debilidad por Pavarotti y toda mi admiración por Plácido, los tres tenores siempre me han parecido una concesión comercial. Algo que ayudó mucho a los bolsillos de los tres caballeros, pero que no creo que haya ayudado para la difusión de la buena música.

En los últimos años la carrera de Pavarotti estuvo llena de esos emprendimientos con fines meramente económicos.

El tamaño de los lugares en que cantaba iba en proporción inversa a la disminución de su menguante voz. Lo que pudimos, lamentablemente, comprobar en su deplorable show del Estadio Centenario. Un día triste para mí, cuando, la primera vez que este artista que admiraba se presenta en mi país, y lo tengo que censurar desde la sección crítica de El PaÍs.

La verdad sea dicha, este fino purasangre musical no se destacó por ser un profesional demasiado cumplidor. Entre sus récords figura el haber sido despedido de la prestigiosa Lyric Opera de Chicago, en la cúspide de su carrera. El motivo: haber cancelado 26 de sus últimas 41 presentaciones.

Demasiado hasta para este Maradona de las tablas.

Y sin embargo se le perdona, se le quiere y se le llora. Es que lo que al final nos queda, y va a pasar a la historia, es su voz milagrosa, su leonino instinto musical y su alegría de hacer música.

Chau. Gordo. te vamos a extrañar.

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