MARCELA MORETTI, en Salto
Son las siete de la tarde y ya oscureció en Quintana, Salto. En la casa de Raquel hay mucho silencio y poca luz. El único farol a gas ilumina el living. En un rincón, la heladera está conectada a una garrafa; al otro lado de la habitación, el celular ocupa un lugar estratégico en un estante, apoyado sobre un adorno, para que no pierda la señal. En la cocina, Lucía, su nuera, prepara un mate a la luz de una vela. No es lo que parece. No se agravó la crisis energética ni hay cortes programados de UTE. En Quintana, nunca hay luz.
La mayoría se arregla con velas y faroles a gas o queroseno. Los que tienen un molino o paneles solares dependen de la naturaleza para cargar la batería que alimenta a los electrodomésticos. Otros, pocos, tienen un motor a combustible para ganarle a la ausencia de electricidad.
En las noches despejadas, la luna y las estrellas hacen su espectáculo y los lugareños "mateamos bajo la claridad", cuenta Raquel. Pero ahora, afuera hace frío y llueve. De a ratos la tormenta eléctrica rompe con el silencio y abre grietas en la oscuridad. En esos segundos se puede adivinar la silueta del paisaje que muestra la ventana, algunos árboles y nada más. De una viga del alero de la entrada cuelga un corte de carne roja, la heladera no siempre puede estar prendida.
Así se vive en este pueblo rural chato de 200 habitantes, entre calles vacías de pedregullo y pasto. Raquel vive en una de las antiguas casas de ladrillos de barro que se desparraman alrededor del complejo de viviendas inaugurado por el Movimiento para la Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural (Mevir), en diciembre de 2005.
En un país con los mejores índices de acceso a electricidad y agua potable de la región, los habitantes de Quintana todavía no saben lo que es apretar un interruptor y que se haga la luz. Y sólo desde hace siete meses conocen los beneficios de abrir la canilla y tener agua potable. Los niños esperan con curiosidad la llegada de las computadoras del Plan Ceibal -que entrega una laptop a cada escolar-, pero a veces salen a cazar la comida del día. Y el portugués se mezcla con el español, a impulso de las antenas parabólicas que transmiten canales brasileños.
En este lugar al este de Salto -que por su ubicación tiene más lazos con Tacuarembó- los niños van a la escuela, las mujeres son amas de casa, los jóvenes se van y los hombres casi nunca están en casa porque trabajan en el campo. Todos se sienten aislados y no están muy acostumbrados a las visitas. Les cuesta largarse a hablar. Cuando lo hacen, dicen que las viviendas de Mevir y el agua potable le dieron vida y cierto sentido de unidad al pueblo. Ahora tienen otra causa común: lograr que llegue la luz. Todos los lugareños piden lo mismo: "ayudános", "hacé una fuercita para que llegue la luz".
Hay que esperar un poco más. Luis Silvera, el director de Prodenor -un programa de desarrollo social para las zonas rurales más pobres del norte, financiado por la Comisión Europea y el Ministerio de Vivienda y ejecutado por Mevir- dice que está previsto que las obras para conectar a Quintana comiencen antes de fin de año.
Mientras espera por la luz, el anhelo de Quintana es parecerse un poco más a un pueblo vecino, que queda a unos 35 kilómetros. "Quizás algún día Quintana quede como Pueblo Fernández", dice Lucía con el mate pronto. Lucía nació y se crió en Pueblo Fernández. Tiene 17 años, un hijo de dos y está contenta porque en su pueblo natal ahora hay una radio comunitaria que se llega a escuchar en Quintana.
Pueblo Fernández tiene luz eléctrica gracias a un generador instalado por UTE hace ocho años. Ahí viven 326 habitantes -según un censo realizado por los alumnos de la escuela- que no paran de crear comisiones para hacer de todo. Las velas, los faroles a gas o queroseno, las heladeras conectadas a garrafas, todo eso desapareció. Y gracias a una antena instalada por Ancel, no es necesario hacer malabares con el celular. Las otras empresas no existen en la zona.
La encargada de la oficina de Prodenor en Pueblo Fernández, Zénith de Vargas, cuenta que el 30 de junio, cuando se inauguró el complejo de viviendas de Mevir, se instalaron mil focos de luz. Ahora, cuando salen de noche a la calle, "parece que es de día". Por eso la gente abandonó las linternas, que siguen siendo imprescindibles para caminar por Quintana, un pueblo que desaparece en la oscuridad de cada noche; esas en las que sueña con ser como Pueblo Fernández.
Sombras. Mientras comparten el mate, Raquel y Lucía muestran uno de tantos inventos para sustituir a la electricidad en Quintana. Es un balde con lo que ellas llaman "chuveiro" (la pieza agujereada por donde sale el agua) encastrado en la base que se carga con agua calentada en la cocina o el fuego. Con él se duchan. Por lo menos ahora abren la canilla y tienen agua. Hasta diciembre, tenían que caminar hasta una cachimba a cargar los baldes.
En el pueblo hay dos pozos que funcionan con motor, uno que llegó con las viviendas de Mevir y otro para las 40 familias que viven fuera del complejo. Esas familias tienen que pagar 24 cuotas mensuales de 100 pesos para financiar el pozo. "Estuvimos dos años luchando, convenciendo a la gente", cuenta Raquel, que integra la comisión de vecinos. Con esas tareas ocupa el tiempo que le sobra, que es bastante.
Durante la semana, Raquel, de 41 años, vive con Lucía y su nieto Javinton Michel, que tiene dos años. El esposo y los dos hijos no están. Se van a trabajar al campo los lunes y vuelven los sábados. Quedan los trofeos del esposo de Lucía, que es jinete, mezclados con floreros con flores de plástico, adornos varios y algunas fotos. Los hombres de la zona son productores, peones o salen a trabajar en la zafra de la esquila. No hay liceo y algunos menores de familias pobres o que no saben qué hacer con su vida en el pueblo se suman a esos trabajos de forma irregular. Un peón rural puede llegar a ganar 150 pesos por día, y un capataz 5.000 por mes.
A la escuela van 40 alumnos en total, sólo 13 niñas. Introvertidos, les da vergüenza responder preguntas y contar cosas sobre su vida cotidiana. Con frases escuetas dan a entender que les gusta el pueblo, jugar a la bolita, a la pelota y mirar películas en la escuela cuando llueve. La situación es tensa hasta que los niños quedan solos en la clase. Ahí estalla una carcajada liberadora.
Pero el maestro del pueblo, Pablo Hernández, no ríe. Le preocupa la relación de los niños con el portugués. "Me voy a sebañar", es una de las frases que le escucha decir a sus alumnos. Hernández es de Tacuarembó y cuando llegó a Quintana "no entendía por qué los niños hablaban así".
Luego entendió: la cercanía con Brasil, y su televisión, influyen mucho.
Pero además hay otras dificultades. "Acá hay un nivel de aprendizaje bajo. Una misma familia puede tener muchos hijos. Y como son hermanos, presentan dificultades similares en la escuela. El año pasado, un niño repitió porque le vimos posibilidades de mejorar. Pero no permitimos un repetidor crónico. Con lo mínimo los dejamos pasar de año", cuenta el maestro, que se refiere a sus alumnos como niños sanos con costumbres de campo. "Hacen actividades de niños rurales. Juntan leña y cazan, muchas veces para comer".
Al maestro también le alarma que sus alumnos tengan "problemas de comunicación importantes". "Como están aislados, no saben nada de computadoras, y la informática es fundamental en lo educativo". Hernández cree que el Plan Ceibal puede remediar esa situación. Él y el otro maestro del pueblo, Daniel Meneces, ya recibieron los equipos y los probaron con los niños, que "aprenden rápido, tienen facilidad y les gusta".
Se supone que las laptops de los niños están por llegar, pero todavía no se sabe cómo se van a cargar las baterías, ya que los equipos sólo tienen una autonomía cercana a las dos horas. La alternativa son las tres baterías de la escuela. Con carga completa, duran cerca de tres días, siempre y cuando el sol ayude a cargar los paneles solares. O haya dinero para el combustible del motor.
Mientras los maestros se encargan de los niños, entre las 10 de la mañana y las tres de la tarde, Raquel y otras locatarias, Carmen, Gabriela y Lourdes, acompañan la recorrida de Qué Pasa por el pueblo. Hablan poco y cortado -como dice el maestro no sólo a los niños les cuesta comunicarse-, se quejan de los sueldos de los hombres, de la falta de oportunidades laborales para ellas y de las escasas expectativas para sus hijos.
Se ofuscan cuando calculan que gastan más en gas -unos mil pesos en tres garrafas por mes para cocina y heladera- que lo que pagarían por luz eléctrica. Son bastante pesimistas.
Han hecho cursos de costura, de cocina y de telar. Pero no ven oportunidades para aplicarlos. "¿Quién va a venir a comprarnos comida o ropa?", se preguntan. "No tenemos qué hacer", agrega Carmen. Creen que la opción más viable para el futuro sería una panadería, ya que el pueblo se abastece de una que lleva pan cada 15 días desde un pueblo cercano, Valentín. "Tenés que estar en el almacén tempranito cuando llega el camión, porque se arman colas y a veces te quedás sin nada", cuenta Gabriela. La demanda existe. Lo que falta, dicen, es el dinero para la inversión en los hornos.
Durante la recorrida por Quintana, se hacen notar seis antenas parabólicas, demasiado grandes al lado de las pequeñas casas. Sólo se ven canales de Brasil. Raquel y Carmen pasaron siete meses juntándose todas las noches para ver la telenovela Páginas de la vida. "La vimos antes de que se viera en Montevideo. De las nueve a las diez y media, veíamos la novela. Y después nos quedábamos hasta la medianoche, chusmeando", cuenta Carmen entre risas. Explica que la antena les salió 6.000 pesos, mientras que la única que se puede contratar con programación uruguaya les saldría 4.000 dólares.
Frente a una casa con parabólica y al lado de la escuela, está la comisaría. Joaquín Vargas, Fabio Pintos, Richard Marcelo Costa y William Quintan están de turno. Tienen paneles solares para acumular energía, pero se quejan de los problemas para estar comunicados, porque se suelen quedar sin línea de teléfono. Muchas veces tienen que prender el auto para recargar los celulares con la batería del vehículo.
Como en todo el pueblo, la heladera es a gas y tienen un invento similar al de Raquel para bañarse. En este caso es un tacho de pintura grande con una canilla en el borde. Los policías sueñan con poder prender un ventilador en el verano para soportar el calor y combatir a los mosquitos.
La comisaría parece tranquila, tal vez demasiado. Ese día no hubo ninguna denuncia. La rutina suele incluir recorridas por estancias en las que aparecen animales carneados para consumo. Carmen aprovecha y cuenta que a ella le carnearon un "guacho" (carnero) para comer. Esos son los problemas de seguridad de Quintana. Los policías también controlan los vehículos en las rutas para combatir el contrabando. Y deben autorizar y vigilar la seguridad de los bailes y de las carreras de caballo, que son el entretenimiento favorito del pueblo. Se apuesta por los jinetes -entre los que hay varios locales- y con lo recaudado se financian mejoras en la escuela o la comisaría. Otras veces, el patrullero tiene que atender una emergencia, como un parto.
"La luz cambiaría todo. Lo que reclamamos son derechos humanos", dice en la comisaría Joaquín Vargas, y todos asienten. "Hoy apagás la heladera y se echa a perder la carne, la verdura, lo más básico. Podría haber un generador, como en Pueblo Fernández". Luego, enumera todo lo que llegaría con la electricidad: televisión para ver informativos, un calefón para bañarse en invierno (hoy calientan el agua a leña), ventilador en el verano, computadora para el trabajo. Para él, sería "entrar en el siglo XXI".
La situación es de "decadencia total", agrega Quintan, que nació en el pueblo, se fue y volvió. "Hay poca gente que quiere progresar, diría que un 10%. Al 90% le da lo mismo". Cuenta que su padre le sigue diciendo que "lo seguro es lo de antes" y se niega a innovar en su chacra.
"Titulá que somos los olvidados en el medio de la nada", resume Costa sin rodeos, y todos se ríen. El policía cuenta que los fines de semana, cuando vuelve a su casa en Salto, la vida vuelve a la normalidad. Pero los días en Quintana le modificaron algunas costumbres. "Acá aprendí cosas que nunca pensé que aprendería. Pero tengo problemas de convivencia en mi casa por las nuevas costumbres. Hago puchero en el fuego y mi hija me dice que para qué hago eso, que ensucio todo. Pero la garrafa me dura más. Y ando atrás de las gurisas apagando las luces".
Se acerca la noche y uno de los pocos lugares con la luz prendida es un almacén sin nombre, propiedad de Florindo Pintos. Su hijo Javier, que nació, se crió y formó su familia en Quintana, atiende el mostrador acompañado por los balidos de un corderito. Es un almacén bastante grande y venido a menos, con una balanza antigua sobre la barra. En el pueblo hay cinco comercios parecidos. Javier está seguro de que la luz está a punto de llegar y que va a ser una comodidad. Habla poco y desconfía de las preguntas.
A pocas cuadras hay otro almacén, mucho más pequeño, iluminado por un farol a queroseno y atendido por Johnny, un niño que horas antes estaba en la escuela. Johnny quiere ser jugador de fútbol y escucha los partidos por la radio. Su padre es Montero, un gaucho con sombrero, bombacha, chaleco y pañuelo en el cuello. Al saludar extiende la mano y dice "a sus órdenes".
Montero vende víveres y combustible en el almacén, que se llama como el pueblo. En su local, la nafta sube de los 33 pesos por litro que cuesta en las estaciones de servicio, a 42. "Todo es más caro por el flete", explica. Él, su familia y todo el pueblo pagan el costo de vivir aislados. Los proveedores que van hasta Quintana cobran la travesía por los caminos irregulares de piedra, y los locatarios que viajan a otros lugares para abastecer sus negocios tienen que cubrir los costos.
Montero está casado con la enfermera del pueblo, que tuvo que viajar. Por eso la policlínica estuvo cerrada todo el día. Hasta allí llega un médico una vez cada 15 días. Ese es el sistema de salud. Y la ambulancia, que es el móvil policial.
Además de la escuela, los almacenes, la policlínica y una iglesia evangelista en construcción, en Quintana hay una agencia de ómnibus que los lunes y viernes los conecta con Tacuarembó. A Salto se puede viajar los lunes, miércoles y viernes. Si se dispone de transporte propio, se puede ir hasta Chimango -un almacén que está en la entrada del camino que lleva al pueblo- y tomar el ómnibus ahí. En ese caso, el viaje hasta Tacuarembó cuesta 80 pesos. En la agencia local, en cambio, hay que pagar 300.
Luces. Llegar a Pueblo Fernández puede ser aún más complicado que el viaje a Quintana. "Esto está perdido en el medio de la nada. Es como una olla formada por dos enormes repechos en los caminos de entrada y salida", describe el maestro, Nelson Palermo.
Pero hay luz. Y está la Junta Local de Mataojo, que abarca también a Quintana y otros pueblos. Hay un médico 15 días al mes y una enfermera permanente, una subcomisaría, la escuela, oficinas del Correo, OSE, UTE y Prodenor, cabina de Antel, una iglesia católica y otra evangélica, una mujer que vende pan puerta a puerta, un taller mecánico, una boutique, la sucursal de una veterinaria de Salto y servicios de ómnibus para Salto y Masoller los lunes, miércoles y viernes.
Pueblo Fernández es más colorido, más cuidado y tiene más vida que Quintana. Hay bastante movimiento de autos y muchas motos para desafiar a los caminos. Todos se definen como parte de un pueblo unido e inquieto, y les encanta hablar de sus proyectos.
Pero las similitudes con la población vecina también abundan. Los jóvenes no tienen opciones y se tienen que ir cuando llegan a la edad liceal. Los hombres están más tiempo trabajando que en sus casas. Los que se quedan, pasan buena parte de sus días frente a la televisión.
Aquí, las antenas parabólicas se multiplican y casi todas las casas tienen una. Los varones de sexto de escuela prefieren los remates de ganado o las carreras de caballos criollos. Otra telenovela brasileña, Belleza pura, es el programa de televisión favorito de las niñas de esa edad, que no saben nada de Patito feo. Argentina está lejos y la pantalla chica es territorio brasileño.
Para los niños de Pueblo Fernández, la Policía es la "Seguranca" y tienen perros color "preto", cuenta el maestro Palermo. "Hablan `carimbao`, que es uno de los DPU (Dialectos Portugueses del Uruguay), una especie de portuñol. El problema es que esos rasgos de la oralidad aparecen en la parte escrita. Yo les digo que cuando vayan al liceo en Salto, van a pasar papelones".
Para el maestro el portugués está avanzando en la zona. Dice que un día, viajando en el ómnibus descubrió que la gente que sube en varios pueblos habla igual. "Acá, hasta el policía mira la novela brasilera". Pero María Teresa Devicenzi, la directora de la escuela, da otra visión. "Cada vez se habla más español en esta zona. Antes se hablaba portugués. Cuando no había tele, ya se hablaba portugués. Pero la televisión sirvió para purificar el portugués. Ahora, los niños son casi bilingües", comenta.
A media cuadra de la escuela funciona un almacén con pinta de bar. Son cerca de las tres de la tarde y varios hombres toman whisky cortado con un refresco o cerveza, y juegan al truco en portuñol. Las apuestas son por 50 pesos. "Pa mi tem", dice uno. "Entao vem", le responde el compañero. "Aquí falar más en brasileiro que en uruguaio", dice otro que habla del "carimabo" como una costumbre. Entonados por el alcohol, se divierten y aprovechan que los distintos puentes están cortados y no pueden ir a trabajar.
Enfrente al almacén, en el complejo de Mevir, varios obreros trabajan, sin alcohol a la vista, para terminar las obras: una oficina de OSE, un alojamiento para visitantes y el local definitivo de la radio Aventura FM, que por ahora funciona en el salón comunal. El maestro Palermo es uno de los responsables de la emisora comunitaria. "La radio empezó por el aburrimiento que me agarraba. Acá parece que al día le sobran horas".
La radio es una de esas iniciativas que marcan la identidad de Pueblo Fernández. Los que trabajan son cuatro o cinco pero tienen el apoyo de todo el pueblo. "El otro día un paisano re mamado terminó tocando el bandoneón de madrugada en la radio", cuenta Zénith de Vargas, secretaria del programa Prodenor, algo molesta por el papelón. Y el maestro está en un "tire y afloje" con un pastor de la congregación Asamblea de Dios, que rompió las reglas de español estricto y empezó a hablar en portuñol por la radio.
Así y todo, la radio, como en su momento la llegada de los servicios públicos básicos, une y motiva a los locatarios. Cuando llegó el agua, por ejemplo, la calidad de vida mejoró y los baños entraron a las casas. Antes se construían afuera. Con la luz, se sumaron nuevas comodidades: ventiladores, calefones, heladeras. Y con la antena de Ancel, la señal permanente del celular e internet, aunque por ahora sólo haya una única computadora. Aquí también hay escolares ansiosos esperando el Plan Ceibal.
"Antes envidiábamos a Sarandí de Arapey que es acá cerca y tuvo luz, agua, teléfono y todo antes. Pero ya no", afirma Zénith. "Este pueblo está mejorando porque la gente se mueve, pelea, reclama". También tiene una gran ventaja, la Junta Local de Mataojo, donde, entre otras cosas, se pueden realizar todos los trámites municipales sin tener que ir a Salto.
"Acá están los ediles, se puede pelear más por las cosas", reconoce Zénith.
Uno de los miembros de la Junta, el edil nacionalista Baltasar Blanco, coincide en que la gente de Pueblo Fernández es muy unida y dice que todos los que llegan al lugar "se admiran de lo que ven". En cambio, afirma que "en Quintana no camina nada". "Yo digo que después de la luz viene todo lo demás. Es increíble, pero es así".
El pueblo que desaparece de noche espera. Quizás el que viene sea el año de Quintana. u
Entre los postergados
El 98% de los hogares uruguayos tienen cobertura de UTE. El 2% restante representa aproximadamente a 24 mil hogares, como los de Quintana.
En cuanto al acceso a agua potable, OSE registra índices ligeramente menores. Entre 93% y 95% es la cobertura de la empresa estatal a nivel nacional, mientras que la cifra trepa hasta el 98% en los hogares urbanos.
Datos del norte rural
n Quintana no es el único pueblo rural del Uruguay que no tiene luz. Junto con Pueblo Fernández son apenas dos caras de una realidad compleja en la que está trabajando el Proyecto de desarrollo social de las zonas rurales más pobres del norte del Uruguay (Prodenor), con objetivos de corto plazo (mejorar el hábitat), mediano plazo (aumento de los ingresos familiares por capacitación y crédito) y largo plazo (fortalecimiento de instituciones, organizaciones y comisiones locales).
El proyecto -financiado por la Comisión Europea y el Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, y ejecutado por Mevir- trabaja en 18 zonas de Cerro Largo, y el área este de Salto y Artigas.
Para empezar a trabajar y tener con qué comparar al final, Prodenor realizó un trabajo de investigación en diciembre de 2005 que expone la realidad de seis pequeñas comunidades: Quintana y Fernández (Salto), Catalán y Colonia Rivera (Artigas) y Centurión y Barceló (Cerro Largo).
En los resultados, Pueblo Fernández y Quintana fueron identificadas como las localidades con menos ingreso per cápita declarado. En todas las localidades, el desempleo era cercano al 15% y el femenino (40%) y juvenil significativamente superior al total. Además, los trabajadores ocupados en empleos zafrales, changas o a término alcanzaban entre 45% y 62% del total de trabajos.
El estudio constató capacidades institucionales mayores en Pueblo Fernández que en Quintana, comunidad a la que calificó de más débil organizativa y productivamente. En Fernández se detectó, además, la mejor combinación de materiales en la construcción de viviendas y la existencia de más hogares con baño con descarga automática. También allí, cerca del 50% de los hogares contaba con un espacio apropiado para cocinar.
En cambio, en Quintana se constató el mayor porcentaje de hogares con problemas de hacinamiento (23%) y que cerca del 80% de la población no tiene baño con descarga automática. En el pueblo que espera la llegada de la luz se registró uno de los mayores porcentajes de adultos sin ningún tipo de instrucción y la menor proporción de ocupados en el total de la población, donde apenas una de cada tres personas se encontraba ocupada. El estudio dejó claro que en 2005 el pueblo tenía una de las peores situaciones respecto al acceso a bienes y servicios básicos. Y no hubo muchos cambios.
UTE cada vez más cerca
El proyecto de obra para construir la línea Paso Cementerio - Quintana ya fue financiado por la Dirección de Proyectos de Desarrollo de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto y aprobado por UTE, según informó el director de Prodenor, Luis Silvera. "Ya ordenamos la compra de materiales para la obra que complementan los cinco materiales que aporta UTE, por un total de 35.000 euros más impuestos", agregó. Resta todavía licitar la mano de obra y realizar la compra de otros materiales para llegar a concretar la conexión antes de fin de año.
La plaga del jabalí
En la zona de Pueblo Fernández y Quintana los suelos son duros, de basalto, y la producción más extendida es la cría de oveja. Pero los productores tienen un enemigo enorme y abundante, el jabalí. "Se comen las ovejas. Cuando se autorizó la caza, porque se trata de una plaga, sirvió para demostrar que acá esto es un problema", dijo la directora de la escuela de Pueblo Fernández, María Teresa Devicenzi. "Los productores están dejando de criar ovejas por esto y si sigue así se van a terminar las empresas de esquila".
El comercio y la escuela
En Fernández los niños de la escuela hablan con exactitud de los distintos aniversarios de la localidad y conocen bastante bien la historia del fundador del pueblo, un comerciante que se instaló allí hace 200 años. La sensación es distinta en Quintana. Los pobladores hacen cuentas para decir que el pueblo nació hace más de 100 años, algunos llegan a decir 165 años, no está muy claro. Y sobre el nombre, todos terminan diciendo lo mismo: "Creo que es el apellido del primer maestro que llegó".
Oscuro y aislado
Son las 19.30 y la idea es llegar a Fernández en una hora. Hay que recorrer 35 kilómetros por un camino rural que dicen que "está bastante bien". El punto de partida es Quintana. Llegar hasta aquí desde Montevideo fue sencillo: ruta 5 en los accesos hasta Tacuarembó y allí la ondulante y solitaria ruta 31 hasta el kilómetro 160, donde aparece un almacén llamado Vaimaca Perú, conocido como "El chimango". Allí se abre un camino rural. Hay que pasar por el diminuto pueblo Pepe Núñez y llegar hasta "las cuatro bocas", una lleva a Quintana. Con la lluvia se formaban zanjas de agua entre subidas y bajadas. Los 36 kilómetros parecen más, el tiempo pasa despacio. El celular ya no tenía señal y así siguió.
"Avisen que llegaron bien si tienen señal", dice ahora una vecina de Quintana en la despedida. El auto se esconde en la oscuridad y aparece con la luz de la linterna de Raquel. Es sencillo seguir las indicaciones para ir a Fernández. La lluvia es fuerte y las zanjas desbordadas se repiten. Parece que la próxima es la última pero el auto supera obstáculos. El auto se apaga en el agua y la opción es sumergirnos y empujar para sacarlo del enorme charco e intentar con el arranque. Está muerto. Igual que la línea de los tres celulares que hay a mano. La laptop y la conexión inalámbrica tampoco funcionan. Afuera está oscuro. Prendemos las luces del auto lo menos que podemos para cuidar la batería y con la luz intentamos caminar para captar la señal de Ancel, la única disponible. Nada. Seguir el camino a pie en la oscuridad no parece la mejor opción, no sabemos si hay algo antes de Fernández, hace mucho frío y llueve. Nos queda pasar la noche en el auto, quizás alguien se percate de que no llegamos a Fernández y se largue al rescate. En 11 horas no pasó nadie.
Con la luz del día vemos una casa a lo lejos. Es el establecimiento Vira Vira de Zanja del tigre. En la puerta nos reciben cinco perros y la señal del celular, empiezan a caer los mensajes de la noche de aislamiento. En Fernández no lo pueden creer: "¡dos chicas solas toda la noche en la ruta!" y mandan a un mecánico.