Ignacio Quartino, en Buenos Aires
Antes de instalarme definitivamente en Buenos Aires pensé, estoy seguro, lo que piensan muchos de los uruguayos veinteañeros y de clase media: sentirse realizado con una familia y un trabajo que le permita plantearse nuevos desafíos profesionales.
Cuando alguien plantea la posibilidad de cruzar a Buenos Aires a seguir con su vida por esos lados, los comentarios de los allegados son bastante similares, en el sentido de que los objetivos que uno se plantea para esta vida serán mucho más fáciles de lograr en una ciudad como ésta.
No es que esos buenos deseos vinieran de gente que conociera la vida en Buenos Aires porque, como todos, en general nunca pasaron en esta capital más de una semana. Los uruguayos solemos aprovechar un fin semana largo del año para ver un espectáculo en la calle Corrientes (si es una revista, mucho mejor), asistir a un recital, ver un Boca-River, salir de compras por Santa Fe o los outlets de Avenida Córdoba, recorrer los shoppings de El Abasto, Pacífico y, si hay tiempo, el sábado por la tarde dar una vuelta en Plaza Serrano, tomar una cervecita en Palermo Hollywood y cerrar la jornada en el Palacio De la Papa Frita.
Con ese itinerario, los uruguayos nos sentimos realizados con esta ciudad. Yo, particularmente, la idealizaba y la consideraba un lugar de mil oportunidades, donde casi todo es posible (eso de "país generoso, si los hay", a veces es cierto) y que, a diferencia de cualquier ciudad de Uruguay, acá todo es mejor porque hay más variedad, una presunción jamás comprobada -al menos hasta antes de radicarme- en esa rutinaria visita anual de los uruguayos.
A dos años y medio de convivir con esta ciudad me di cuenta que, efectivamente, Buenos Aires es una ciudad imponente, una ciudad del mundo y que el Palacio de la Papa Frita es una minúscula muestra de lo que tiene para ofrecer. Por más que duela si los poderosos países del Norte le hacen un guiño a esta región del Sur, seguramente lo dirijan de Buenos Aires y no a Montevideo. Esto, como uruguayos, no tendría que generarnos envidia sino un eterno agradecimiento por estar a 200 kilómetros y un río para ver un show de The Police, Madonna, U2 o los Stones. O para presenciar el fascinante mundo del Cirque Du Soleil en vivo. O para ver muestras como Bodies The exhibition. O para contemplar un Frida original en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, cuyo diseño está inspirado en el MoMa de Nueva York. Y la lista de programas puede ser más extensa todavía, porque si el bolsillo no permite pagar entradas, una caminata por la nueva zona de Puerto Madero también es una ventana al mundo, porque su desarrollo urbanístico poco tiene que envidiarle a una ciudad de primer mundo, donde todo parece The Truman Show, donde no existe la pobreza ni la delincuencia, en una ciudad que -justamente- irradia violencia.
Ni que hablar una recorrida por la Avenida Alvear de Recoleta, zona exclusiva si las hay, y en donde vale la pena caminar detenidamente para contemplar faroles o mansiones gigantes que retrotraen al visitante a la Belle Epoque y que permiten afirmar que todo tiempo pasado fue mejor.
De todas formas, a los argentinos, independientemente de su condición social, les sobra orgullo como para mirar el pasado con melancolía. La mayoría (o al menos aquellos que hacen colapsar la ciudad en una jornada laborable) reflejan esa necesidad de salir adelante cuando uno ve que en las hora pico, los autos circulan por los cinco carrilles de Avenida del Libertador hacia el Micro Centro a 90 kilómetros por hora, en clara demostración de que los porteños son especialistas en llevarse el mundo por delante.
Una de las bromas de peor gusto que se le puede hacer a un uruguayo que desconoce Buenos Aires, es decirle que los autos andan rápido pero que respetan los cruces peatonales. No haga caso. Acá no se respetan los semáforos ni de día.
Ese comportamiento que el argentino tiene al volante, lo tiene también en el trabajo y en la vida cotidiana: quiere ser el mejor de todos y llegar primero que nadie.
Es una sociedad que tiene muy presente el sentido de competencia y eso genera una adrenalina que los hace ir por más convencidos que son capaces de lograr todos sus objetivos.
Por eso, si un porteño pone un café boutique y le va bien, en vez de especular con los buenos dividendos que dejó el negocio, al mes siguiente pone una sucursal y al siguiente otra, hasta armar una cadena en un par de años. ¿Qué pasa si viene la crisis y se hunden? Se deprimen, se enferman, lloran, cacerolean un rato, se levantan y empiezan de cero. Por eso se insiste tanto que Argentina pasa del éxtasis a la agonía en cuestión de segundos, porque tienen al menos un gen bipolar que los hace sentir los reyes del mundo un día y los peores al siguiente. Todo o nada. Los unos o los otros. River o Boca. El gobierno o el campo. Uruguay, lo sabemos, no es así.
Es muy cierto que en la idiosincrasia argentina prácticamente no existen los grises y los enfrentamientos que plantea Buenos Aires son cada vez más violentos y recurrentes.
Sin embargo, y pese a que uno termina contagiándose de la vorágine con la que vive el porteño, nunca escapa de mi cabeza, por ejemplo, la condición de uruguayo. Seguramente se deba a que, por asuntos profesionales y afectivos, estoy en contacto permanente con mi país y por hache o por be, en mi cabeza afloran comparaciones de todo tipo.
No deja de sorprenderme, por ejemplo, que pese a los odios internos que hay en esta ciudad, en los feriados nacionales afloren las banderas argentinas en balcones de edificios de todos los barrios y, todos los días del año, cuando el reloj marca la hora cero del nuevo día, en todas las emisoras radiales suenen distintas versiones del himno nacional. Un argentino que lleve viviendo dos años y medio en Uruguay no se va a conocer la letra de nuestro himno como yo sé la del argentino, que termina incorporándose a uno.
Una vez, una turista española que recorría las Cataratas del Iguazú del lado argentino y que al enterarse de mi condición de uruguayo, me hizo saber de inmediato su sorpresa por ver semejante despliegue de banderas argentinas por el Parque Nacional conocido por albergar la famosa Garganta del Diablo en la que flamea -para variar- una imponente bandera argentina.
Pero, pese a ese sentimiento de pertenencia y orgullo de ser argentino que abruma de la misma manera a un español que un uruguayo, este país jamás cerrará las puertas a los que quieren construir un destino aquí. Vengan de donde vengan.
En contrapartida, y sobre todo las figuras públicas extranjeras (uruguayos incluidos) que triunfan en esta tierra, se les exige el eterno agradecimiento a lo que lograron porque si son algo, fue por las oportunidades que les brindó este país.
Para los argentinos, Natalia Oreiro dejó de ser uruguaya y ya es rioplatense, Francescoli también. "La Vela Puerca es de Argentina y Uruguay", gritan los adolescentes que llenan el Luna Park cada vez que toca la banda. Y sin ir más lejos, en un programa de chimentos que se ve en la TV cable de Argentina, después de emitir una elogiada actuación de Mónica Farro, los panelistas ya no vacilaban en decir que el público empezó a considerarla una argentina más entre las famosas que participan en Bailando por un sueño. Y era dicho como un elogio.
El "Pobre Luis", un asador uruguayo nacido en Las Piedras, lleva más de la mitad de su vida en Buenos Aires y tiene un restorán con su nombre. En el circuito gourmet, es considerado un maestro porque fue el que impuso la pamplona rellena y, al parecer, en Argentina no hay nadie que la haga como él. Esa especialidad, le ha permitido participar de las Expo-gourmet más prestigiosas y, cada vez que lo presentan, tiene que aclarar que lo suyo es una especialidad uruguaya y que, aunque esté eternamente agradecido a ese país, él no se cansa de decir que es uruguayo. "Igual le van a seguir diciendo argentino o rioplatense, sino fuera buen asador sería uruguayo", suele decirme Luis, un tanto resignado. Eso sí, lo dice feliz de haber llegado a donde llegó en este país.
A los extranjeros se los considera argentinos hasta en los documentos. Quien obtenga el Documento Nacional de Identidad (DNI), lo que sería nuestra cédula, lo tiene todo. Sin esa libretita, por más que sea un ciudadano de un país que es miembro del Mercosur, prácticamente no se es nadie. Se hace difícil conseguir trabajo y hacer trámites de cualquier tipo. Quizás sea exagerado decir que es como la green card estadounidense, pero es casi un ser o no ser.
El vecinito de al lado. El uruguayo que viene a Buenos Aires en busca de las oportunidades que no encontró en su país -por eso de la variedad que tanto me sedujo- está convencido de que goza privilegios que quizás no tenga un chino que abra uno de los miles de minimercados repartidos por la ciudad y, cuando inicia trámites de radicación, encuentra las mismas trabas que un asiático, africano o europeo. Es decir, en Argentina a los uruguayos nos quieren y estiman pero, en los papeles, no hacemos otra cosa que engrosar la lista de los extranjeros que vinieron a vivir a la "Patria".
Por suerte, la vida en Buenos Aires no pasa de escritorio en escritorio y las costumbres uruguayas coinciden con las de los porteños que nos consideran sus hermanos menores. Desde que llegué, percibo que esta actitud no es por arrogancia ni por pedantería. Al contrario, nos ven más chicos y sienten que nosotros somos incapaces de hacerles daño. Esa actitud es cada vez más común en diferentes ámbitos.
Como periodista, tuve la oportunidad de cubrir varios acontecimientos para El País en Argentina y, en más de una oportunidad, tuve que consultarle a un empresario exitoso o miembro de la autóctona farándula argentina qué pensaba de Uruguay. En el 90% de los casos, recibí la respuesta previsible y convencional. Es decir, el saludo al paisito vecino, que conoce Punta del Este y que tiene muchos conocidos allá. Nada más. Ni más ni menos.
Cuando tuve que hacerme cargo de la cobertura de un partido de fútbol que enfrentaba un equipo argentino con un uruguayo, no recuerdo haber escuchado un grito hostil de la hinchada argentina contra el rival por su condición de uruguayo.
En el caso de una competencia deportiva, hay plena conciencia del argentino que su obligación es ganarnos porque son más y porque cada vez son más superiores (los resultados hasta el momento no indican lo contrario). Y si, pierden, el mérito no será mérito nuestro, seguramente consideren que fue por errores de ellos.
Debe ser porque ellos piensan más en ellos mismos y, nosotros, tenemos como costumbre ver más lo que hace el vecino de al lado.u
argentinos
Los uruguayos que se van
Para 2005 uno de cada 10 uruguayos vivía en Argentina, lo que constituía un total de 300.000 personas. La cifra, gracias a la crisis de 2002, se fue engrosando con varios uruguayos de clase media alta y alta que decidieron cruzar el charco. Pero no son tantos los argentinos que quieren venir a Uruguay. Según el estudio que entonces hizo Equipos Mori, apenas uno de cada 100 argentinos pensaban en mudarse a Uruguay.
ANTES
Hermenegildo Sábat nació en Montevideo en 1933, pero vive allá hace 40 años. Es el mejor caricaturista de su generación. Publica en Clarín.
Desde 1971 China Zorrilla, uruguaya de nacimiento, vive en Argentina. Allí armó una carrera como prestigiosa actriz de teatro, cine y televisión.
Acá era una estrella de radio y televisión, pero Víctor Hugo Morales conquistó a los argentinos con su relato de fútbol sensible y sus citas cultas.
Berugo Carámbula llegó a la Argentina en los `60, como parte de la troupe de Telecataplum. Allí tuvo una carrera extensa como actor y conductor.
AHORA
Claudia Fernández consiguió convertirse en pocos años en una estrella de la farándula porteña. Actualmente es vedette del teatro Maipo.
El salto para Abigail Pereira llegó de la mano de Marcelo Tinelli. Es un travesti licenciado en enfermería famoso por participar en Bailando por un sueño.
Mónica Farro fue la segunda vedette exportada a la Argentina. Fue Miss Playboy TV por Uruguay y trabajó junto al productor teatral Gerardo Sofovich.
Eunice Castro, modelo, llegó a la co-conducción de Bien despiertos. Pero el estrellato lo alcanzó en Argentina con Bailando por un sueño.