ADELA DUBRA
A 20 años de su muerte Wilson Ferreira tiene calle en Montevideo, en Melo, en Paysandú y en casi todo el interior. Tiene, entre otras cosas, un feo monumento en la explanada municipal, un sello y, desde el jueves una fundación que lleva su nombre. Se lo sigue citando, se lo disputan -los blancos no quieren que los frentistas se lo apropien- y tiene algo de mito. Su figura está rodeada de esa cosa trágica que tienen los líderes blancos.
Aún no se ha escrito una biografía no partidaria de uno de los políticos más importantes del siglo pasado. Ahora, cuando el sábado 15 se cumplen 20 años de su muerte, aparecen dos biografías escritas por dos allegados a Ferreira Aldunate: Una comunidad espiritual, de Carlos Luppi, que fuera militante en sus filas y colaborador en distintas etapas y Se llamaba Wilson. Exilio, regreso y muerte de Wilson Ferreira Aldunate, de Diego Achard, su hombre se confianza y secretario personal durante años. Ambos títulos son de editoriales internacionales, Sudamericana y Aguilar respectivamente.
La primera edición de Achard tiene un tiraje de dos mil ejemplares, una cifra considerable. Sudamericana no da cifras.
Este país ya no es el de las grandes libros biográficos. Luis Batlle, Líber Seregni, Rodney Arismendi, por nombrar sólo algunos, no tienen quién les escriba. La más completa biografía de José Batlle y Ordóñez la escribió un estadounidense. Tampoco hay una literatura autobiográfica; a nadie se le ocurre escribir sus memorias.
En los últimos años aparecieron libros que se definen como "retratos" o "conversaciones con" famosos, en una aproximación al género biográfico. Así han habido libros sobre Francisco Casal, Jorge Zabalza, Pablo Bengoechea, Daniel Viglietti, José Mujica y Pedro Figari. Planeta edita un libro sobre Eduardo Darnauchans.
El copiloto
Se llamaba Wilson tiene una historia conmovedora detrás. A Achard le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica que supo le iría avanzando hasta paralizarlo. Allí decidió escribir este libro. Tenía mucho material guardado y había sido testigo y protagonista (siempre desde un discreto segundo plano) de muchos de los hechos y además, Susana Sienra, la viuda de Ferreira, le dio apoyo y material. Junto un grupo de colaboradores terminó el libro con mucha dificultad. Hacia el final, podía trabajar solo dos horas por día y estuvo corrigiendo, valiéndose de un tubo de oxígeno, hasta el último día. Achard murió en mayo de 2007. "Me siento feliz de poder contribuir en algo a que no se extinga la llama de lo que representa Wilson", escribió en el prólogo.
Achard se centró en la etapa de la vida del líder blanco que va del 14 de abril de 1972 hasta su muerte, el 15 de marzo de 1988. Él y su equipo entrevistaron a decenas de personas y el resultado es un documento con una tesis propia fundamentada en unas 500 notas al pie. De Hugo Cores a Sanguinetti, desde el carnicero que se hizo amigo de Wilson en Playa del Aro hasta la canción que le tarareaba Wilson a Susana, está todo.
"El lector debe saber que, treinta años después de conocer a Wilson, este libro ha sido escrito, todavía, bajo el impacto de esa operación intelectual mediante la que él enseñaba nacionalidad cada día", escribió Achard quien empezó a tratarlo en octubre del 77 y lo acompañó en sus periplos por el exterior.
¿Por qué y cómo seducía de una manera tan potente Wilson Ferreira? Dicen que era irresistible, que si agarraba alguien, lo convencía y le sacaba el voto. Lo dijo Enrique Estrázulas: "Si Wilson nos agarra de a uno a los orientales, gana por tres millones a cero...". Se lo dijo César di Candia a su señora después de haber estado con él: "Estuve casi una hora hablando con Wilson. Si me quedo diez minutos más, termino votándolo".
Se llamaba Wilson es una enumeración de hechos, con fragmentos de discursos, con cartas y entretelones que en su momento salieron en la prensa. Están los "blancos baratos", el golpe, el período en Buenos Aires y los asesinatos de Gutiérrez Ruiz y Michelini. Después, el exilio en Europa, donde, con Amnistía Internacional, Wilson se convirtió en un luchador por los derechos humanos y denunció lo que pasaba en Uruguay.
Los datos como que no era de tomar mate hasta que llegó a Londres ("como afirmación nacional", dijo) se juntan con sus conferencias y gestiones como la que hizo ante el Comité Fraser en Washington y que desembocó en que se prohibiera la venta de armas a Uruguay.
El libro recrea cómo circulaban los casetes grabados que mandaba Wilson, el primer número que apareció de La Democracia, la actividad en las coordinadoras, los desencuentros entre Wilson y Carlos Julio y el acto del Obelisco.
Achard no vacila en decir que, además de las Fuerzas Armadas, los colorados tuvieron como táctica en 1984 dejar fuera de la competencia electoral a Wilson. "Se solidarizaban y lo proclamaban inocente, tentándolo a regresar, para más adelante acusarlo de no atreverse a hacerlo", afirma. Deja clara su posición: en esa elección, el único candidato con posibilidades de ganar que estaba proscripto era Wilson.
A su vez, cuenta que el general Liber Seregni sentía simpatía por las posiciones del Partido Colorado y rechazo por las del Partido Nacional; después de la cárcel, Seregni y Wilson se distanciaron.
La salida de Wilson de la cárcel es otro de los episodios que Achard se luce al contar. Camino a Montevideo, muchos salían a la carretera con banderas, y los que estaban más lejos, prendían fogones como forma de participar. Así lo recuerda Miguel Cecilio: "Los fogoncitos eran una cosa bestial, los tipos, la emoción de la gente, locamente compenetrada con la llegada de un tipo al que habían maltratado de la manera como lo habían maltratado y que había mantenido una estampa. Fue muy, muy emocionante. A los dos lados de la carretera había un fogón cada 30 metros, una cosa de locura. No he visto después fotos de eso y no creo que se haya filmado. Realmente debe ser de las cosas populares más impactantes que me tocó ver en la vida". Así dice Guillermo García Costa: "Después no importa; aunque hubiera sido presidente, esa fue su hora más gloriosa".
El libro adhiere a la tesis de muchos blancos, que creen que la Ley de Caducidad le costó la vida a Wilson; recoge los tironeos que sintió Ferreira y cuánto sufrió al apoyarla. Mantuvo su posición y sintió que no debía aflojar a lo que le pedían por la calle: "Los dirigentes dirigen. Y someten su actividad al juicio de sus conciudadanos. No deben dejarse dirigir por ellos. Esta es la belleza y el riesgo de nuestra difícil profesión".
Reponiéndose de los tropiezos políticos, aparece, de a ratos, el hombre de entrecasa. Quienes lo conocieron, dicen que pasar una velada con Wilson era una experiencia difícil de olvidar, en parte por la vitalidad que tenía. Le encantaba jugar a lo que fuere. Coleccionaba manitos de bronce, sellos. Le gustaba cocinar, trabajar la madera y arreglaba todo lo que se rompiera. También lo fascinaban las librerías y oler los libros. Era bastante malhablado y, como tenía dominio de la escena, sabía en qué momento quedaba bien golpear la mesa.
En el libro, la figura de Susana Sienra aparece como una persona fundamental en la vida del caudillo. Detalles, algunas frases de una carta, dibujan el amor que se tuvieron, que habrá conocido dificultades, teniendo el ego que tenía el hombre de la casa.
La enfermedad de Wilson está descripta paso a paso. Sus apariciones en la televisión impresionaban: ese hombre que no había tenido suerte ninguna, que había arañado la presidencia, se había exiliado, fue preso al volver a su país y, cuando parecía que por fin iba a ser su hora, un cáncer de pulmón.
Achard cuenta cómo fue el proceso: al principio la fiebre y el cansancio, el chequeo, la noticia, cómo se lo dijeron a él, y cómo reaccionó. Preguntó si era operable. Le dijeron que no. Después, la quimioterapia, perder el pelo, el impulso de seguir trabajando y el deseo de irse al campo, donde encontraba paz. En la madrugada del 15 de marzo, la familia dormía sobre colchones y otros en almohadones en el piso del living del apartamento. Así lo ha recordado Juan Raúl: "Pasadas las seis y media de la mañana, nos despierta mi madre y nos pide que vayamos con ella. Y bueno...en presencia de mamá, mis hermanos y Diego, murió papá a las siete menos diez. A los poquitos minutos de estar todos callados y juntos, rezamos un Padre Nuestro y un Ave María".
Dicen que a Wilson lo que más le importaba -más que ser presidente- era el Partido. En ese sentido, el libro recoge el momento en que el líder, enterado de su enfermedad, invita a su casa a varios líderes, entre los que estaban Dardo Ortiz y Luis Alberto Lacalle. Allí les dejó una exigencia: "Nos dijo: `Quiero decirles que estoy jodido, muy jodido. Que me voy a morir. La única concesión que hizo a la emoción de decir eso -porque hay que decirlo ¿eh?- fue desviar la mirada hacia la ventana y pudimos, de perfil, ver que tenía los ojos húmedos. Pero luego se recompuso y con tono admonitorio nos dijo: "Cuando yo no esté, no se peleen".
El militante
Dicen que los blancos saben contar historias. En la rueda de mate, con un whiskicito en la mano, en sus discursos o en una reunión siempre tienen una anécdota, una frase. Ese duende aparece en los muchos testimonios que se incluyen en la que se anuncia como la primera biografía "integral" de Ferreira Aldunate, Una comunidad espiritual de Carlos Luppi. El autor, contador público, colaborador de diversos órganos de prensa y militante wilsonista, tiene la ambición de presentar un libro de 536 páginas de detalles e información. Hay desgrabaciones radiales, de programas de televisión como Prioridad, discursos, anécdotas, grabaciones telefónicas, sesiones parlamentarias, contenidos de casetes grabados, editoriales escritos por Ferreira.
Quizá su mayor mérito es el retrato del Wilson joven, del que se ha escrito menos. El autor entrevistó al hermano del líder nacionalista, Juan, con quien eran "inseparables e incorregibles". Está su niñez en Melo, lo que hace que en Cerro Largo se diga con orgullo: "Nosotros derrotamos a Rivera, engendramos a Aparicio y le enseñamos a caminar a Wilson". A ese niño le dejó una fuerte impresión ver la estampa, los días de votación, de los paisanos con su golilla blanca, cabezada de plata y oro, formados en escuadrones, como cuando iban a la guerra. El haber ido a la escuela pública fue otra de las cocardas que siempre llevó con orgullo.
Después, está su venida a Montevideo, donde la familia se instaló en una casa en Río Branco entre Soriano y Canelones. Allí vivió el golpe de Terra, que propició que comenzara a militar. Ya en Preparatorios, tenía una mesa en el Tupí; cuando entró a Facultad de Derecho, se destacaba en los exámenes y tenía tiempo para leer, jugar al truco en el Sportman o el Saroldi.
El día del golpe participó en pequeños actos de sabotaje, como quitar los trolleys de los tranvías para provocar el caos y después se encargó de distribuir ejemplares de diarios clandestinos. Esto le provocó algún arresto: "Fue entonces que, con unos pantalones largos que tuvo que pedir prestados para parecer mayor, pronunció su primer discurso político en el Ateneo, ante una cantidad de personalidades entre las que estaba Emilio Frugoni", recordó su hija Silvia en el libro de Di Candia El viento nuestro de cada día.
Después, Luppi retrata con detalle la gestión de Ferreira al frente de la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico (CIDE), como ministro de Ganadería y su proyecto de reforma agraria. El autor incluye el discurso de Wilson ante la Exposición del Prado en 1963 -donde lo silbaron- y un comentario del doctor José Gimeno Sanz: "Su clase -a la que él había abandonado- le juraba enemistad para siempre. Allí estaban los dueños de la tierra del Uruguay, que impidieron su elección como presidente en 1971 y en 1984".
El libro recoge las palabras del entonces ministro José Mujica al inaugurar la Estación Experimental Las Brujas, dependiente del INIA, que desde setiembre de 2006 se llama Wilson Ferreira Aldunate: "Un homenaje a un hombre que se fue, pero que permanece. Wilson no nos precisa a nosotros, nostros precisamos la partitura inconclusa de lo mejor de sus luchas".
En su detalladísima cronología, Luppi incluye hechos que crean contexto, como el estreno de la película El Padrino u otros datos temporales y de situación. Pero en esa minuciosidad se cuelan acontecimientos demasiado personales, como incluir en la cronología que en 1985 La Democracia publicó un reportaje que el propio Luppi le hizo a Borges.
En todo caso, ambos libros completan, la historia de vida de un político trascendente en la segunda mitad del siglo pasado, cuya obra sigue siendo rescatada por su partido. Lo hacen desde distintas miradas, la del íntimo y la del militante, ambas se complementan.
El de Luppi tiene mucho sobre el Wilson joven, el más desconocido
Achard fue testigo de su papel en salida de la dictadura