ÁNGELES ESPINOSA, EL PAÍS DE MADRID
-Trabaja en la promoción del diálogo de civilizaciones. ¿Qué peso atribuye a las ideas religiosas en la configuración de esos sistemas de valores compartidos que llamamos civilizaciones o culturas?
-Las religiones son el elemento más importante que hay en cada cultura y en cada país, de ahí que la interacción entre ellas resulte fundamental para resolver los problemas. Por ejemplo, en la Fundación para el Diálogo de Civilizaciones que integro, nos reunimos con representantes del Vaticano, de la Catedral Nacional de Washington y de la Universidad Islámica de Al Azhar, para debatir el camino que hay que seguir. Naturalmente, otras religiones pueden ir incorporándose. Es muy importante ese diálogo interreligioso.
-Que los doctos de las religiones se pongan de acuerdo parece más sencillo que éstos lo hagan con los ateos. ¿No es mayor el abismo entre los religiosos militantes y quienes defienden la laicidad?
-Sin duda, pero el diálogo no se termina en los religiosos. Tenemos muchos problemas humanitarios en los que podemos llegar a un acuerdo (con los ateos), como por ejemplo la pobreza -el más importante de todos- o la grave crisis del medio ambiente. Debemos pensar en las cosas que tenemos en común como seres humanos y no dejar que nos separen las diferencias.
-En el trasfondo de esas diferencias están las relaciones entre religión y Estado. ¿Cuáles son las normas que deben regirlas?
-En la Edad Media no se planteaba. Hoy triunfa la idea de que debe separarse gobierno y religión. Se dice a menudo que la secularización acabó con las guerras de religión, pero ha habido otras, como la primera y la segunda guerra mundiales, o numerosos conflictos regionales, que no tienen nada que ver con la religión. No se puede afirmar que la separación de gobierno y religión pone fin a todos los problemas. Para que no haya guerra, el ser humano tiene que dejar atrás su egoísmo y no verse como el centro del mundo. La religión no se opone a la libertad, el desarrollo y la democracia. Ya no es como en la época medieval.
-En Irán la combinación de instituciones republicanas y religiosas produce algunos roces. ¿Llegarán a ser insostenibles?
-Las bases de la República Islámica son republicanas y el chiismo, la rama del islam que seguimos en Irán, permite la ijthad, la interpretación. Eso evita que ambas normas (islámicas y republicanas) se contradigan. En la práctica puede haber algún problema, pero se puede resolver y lograr que la sociedad respete las normas religiosas. El imán Khomeini dijo que en una sociedad islámica si las normas religiosas contradicen a la sociedad, deben cambiarse. Ése es uno de los objetivos principales de los reformistas. Así que no veo contradicción entre ambas.
-¿Considera que se ha desandado parte del camino que usted hizo en Irán?
-Debo precisar que el reformismo no empezó conmigo ni ha terminado conmigo. El reformismo iraní tiene un siglo de historia. Hace 100 años que los iraníes quieren tres cosas: libertad, independencia y desarrollo. La Revolución tuvo el mismo objetivo. Por ello va a continuar. Pero la sociedad tiene altibajos. A veces va más deprisa y a veces más despacio, aunque no deja de avanzar. Las comparaciones sobre el gobierno actual y el que yo presidí, se las dejo a la gente.
--¿Hay alguna diferencia práctica entre que ganen los reformistas o los conservadores?
-Nuestros objetivos no han cambiado. Nos oponemos a la intervención extranjera y creemos que hay que defender a la gente. Pedimos más libertad y la defendemos; queremos mejorar nuestras relaciones con otros países; mejorar nuestro nivel científico y tecnológico; obtener la inversión extranjera que exige el desarrollo económico; potenciar el sector privado... Confiamos en el país. El programa que los reformistas incluirá esos puntos. Y si llegan al poder, los pondrán en práctica. Ése es nuestro deseo. En cuanto a las comparaciones, se las dejo a otros.